Rabia

Sexo en Luro

Un pueblo, un motel y mucha furia

Llevaba menos de un año viviendo con Gastón y con su novia, en Villa Luro. Me había cogido a todas las amigas de ella. Ninguna estaba buena.

Había vuelto de Latinoamérica hacía dos meses y no pude soportar la idea de vivir con mi familia. Gastón y Mariela me dieron asilo enseguida, y de paso podían dividir el alquiler por una cabeza más. Ella era la única de los tres que tenía trabajo. Nosotros nos la pasábamos fumando porro y comiendo alfajores Guaymayén cuando caía la noche. Yo cobraba un fondo de desempleo por haber trabajado en la endemoniada fábrica de gaseosas de San Isidro antes de irme de viaje. Había iniciado el trámite antes de partir y (raro en mí) tuve la brillante idea financiera de preguntar a la persona que me tomó el papelerío si era posible dejar el trámite en suspensión para poder comenzar a cobrarlo cuando regresara. “Nunca me pidieron eso… Voy a preguntar”, dijo la empleada del estado y al rato volvió con una respuesta positiva. “Usted es un caso raro, querido”, dijo la señora, “generalmente los que vienen acá están desesperados por conseguir algo de dinero”. “Es que mi padre agoniza en el Paraguay, ¿sabe?; y acá no tengo a nadie para que cobre el seguro”, dije y puse la cara más menuda que tenía. “Pobre… Lo lamento mucho”. “Gracias”. Salí de la oficina y me fui a tomar mates a la peluquería de mi viejo, con mi viejo. Le había ganado una pulseada al estado y eso no era poco.

Cuestión que mi único ingreso era el seguro de desempleo, que no alcanzaba para nada pero que me dejaba pagar mi parte del alquiler y también me permitía quedarme con un pequeño resto para los gastos de los primeros quince días (esos eran los días en los que comíamos caliente). Me había mudado en Noviembre; comenzaba el verano y no se precisaba demasiada comida. Pero con tanto calor sí se precisaba bastante cerveza; al menos la precisaba yo. Gastón no era de beber mucho. Había quedado medio cagado con el alcoholismo de su papá y le esquivaba al chupe. A lo que no le esquivaba era al porro. Eso le gustaba.

Mariela trabajaba en una estación de servicio en Avenida Constituyentes y General Paz. Meta manguera y manguera. Así lo conoció a Gastón. Él era compañero de ella y le metía manguera en la oficina de vidrios espejados que daba a la playa de carga de combustible, mientras miraban a la gente parada al lado de su auto… Muy estimulante, para ser sincero. Le metía manguera media hora después de que el novio de Mariela la dejara en la puerta de su trabajo. ¿Quién sabe (bueno, pueden saberlo ellos)?, quizá hasta le metió manguera mientras el novio de Mariela cargaba nafta súper y esperaba al lado de su auto. Los caminos del morbo son tan inciertos… Pero como las personas no cambian, un día Gastón pagó con su propio corazón las actitudes de esa niña…

Seis meses de manguera en la oficina y ella dejó al novio. Gastón se fue para Europa y volvió a los tres meses. Coincidió con mi llegada la suya y al poco tiempo fue que estábamos viviendo los tres en la casa que Mariela alquilaba con un amigo maricón, que se rajó cuando se vio doblegado en toda la geografía de su propio hogar por los deseos de la señora de la casa, los deseos de su nuevo novio y los deseos del desamparado viajero del amigo del nuevo novio de la señora de la casa. ¿Se entiende? “Rajamos al marica y pasamos un año de puta madre en su casa… ¡Así de claro!” Unas noches antes de que me mude, cuando todavía vivía este tipo ahí, dormí en su cama ya que él no estaba, y al otro día armó un terrible quilombo (me contaron después) porque encontró sus preciadas sábanas desarregladas. Fue un alivio, me confesó después Mariela, que ese loco dejara la casa.

Cada día era una fiesta. Sobraban las risas, las cervezas y las reuniones.

La primera amiga de la dueña de casa que conocí se llamaba Míriam: una mujer bonita a lo lejos pero lejos de ser bonita… Una cabellera llena de rulos y morocha, buen lomo, pero tenía un par de gafas que la tiraban al suelo. Cuando uno la miraba de cerca también veía otras cosas que la tiraban al suelo, pero no importaban mucho. Yo no salía de la casa y aprovechaba esas visitas para intentar coger un poco. Míriam estaba en un estado crónico de depresión. Me contó todo el rollo pero ya no me acuerdo nada de lo que me dijo. Mientras lo soltaba, yo pensaba en sacarle las tetas del corpiño y chupárselas de a una. Más me calentaba cuando en el medio del cuento que la deprimía se le escapaba una lágrima. ¡Eso me calentaba más que nada! Verla sollozar me ponía la verga gorda. Cuanto más se deprimía más hermosa y cogible era. El asunto que la tiraba abajo creo que venía por algo de su padre… ¡¿qué importa ahora?! En cuanto soltaba la primera lágrima yo me acercaba y la abrazaba fuerte. Solía ella dejar caer algún gemido y en seguida le desabrochaba la camisa. Asomaban unas tetas increíbles… Mientras le desabrochaba el corpiño siempre aumentaba la intensidad del llanto. ¡Lo hacía a propósito! Cuando me di cuenta de eso, me volví loco. A partir de ahí la hacía llorar aunque arrastrara el mejor humor que había podido conseguir en años. Mi único objetivo era hacerla morder el polvo para poder sacarle ese corpiño que era imposible de desanudar si estaba de buen ánimo. Con los encuentros me volví un antiterapeuta… Es decir: hacerla empeorar era mi objetivo primario. Trataba de mantenerla debajo de la superficie. Le hacía las peores preguntas que una persona deprimida puede llegar a escuchar… y cuando la veía largar la primera lagrimita sentía que la pija me golpeaba el pantalón pidiendo salir a la intemperie. Mordisquearle las tetas a una mujer que llora, sabiendo que realmente está disfrutando entregar los pezones en ese preciso momento, es lo más extraño y excitante que me ha pasado. En las primeras sesiones que tuvimos cogimos crudamente; mientras lloraba me cabalgaba. Era un juego perfecto que jugábamos los dos. Llegué a dudar si era cierto que estaba deprimida y bajo terapia o si sólo armaba toda esa puesta en escena para que echemos esos polvos re locos que echábamos. Con el tiempo la relación era chupármela. Ya no cogíamos cada vez que lloraba. Yo me limitaba a sacar la verga dura cuando asomaba una lágrima y ella me la mordía con cierto remordimiento; con esa actitud simbolizaba que me la iba a chupar con bronca, con mucha bronca; pero cuando se la comía entera y me agarraba de los cachetes del culo para metérsela hasta el fondo de la boca yo dejaba de creerle que realmente estuviera pasando por un mal momento… y eso me calentaba todavía más. La agarraba de los espesos rulos y se la enterraba entera en la boca hasta que comenzaba con arcadas. Recién ahí ella sonreía un poco. Tosía con la mano sobre la boca, como una mujer educada, sonreía y me atraía hacia ella clavándome las uñas en los cachetes del culo. Míriam… Un día llegó llorando. Nunca había pasado eso. Llegaba siempre bien y después se ponía a llorar en mi habitación. Pero ese día entró en nuestra casa desconsolada. Apenas dejé que saludara a Gastón y a Mariela; la agarré de la mano y la conduje hacia mi cuarto: “no hay problema”, pensé, “si querés que arranquemos cogiendo yo te hago el aguante, mi amor”. Subí la escalera con una erección que me reventaba el pantalón. No podía más. Lo único que quería era metérsela en la boca de golpe. Ni bien entramos en mi habitación me bajé el cierre del pantalón y le apunté al medio de la cara. La corrió con una cachetada y comenzó a llorar en serio, desconsolada. Decidí tener paciencia y guardé el asunto donde estaba. No por eso dejé de sentir los cabezazos bajo la bragueta; parecía decirme: “hacé que esta loca deje de llorar de una buena vez y metéme adentro de su boca…” Se sentó en una silla y trató de explicarme algo. No entendí nada; por instinto la agarré de los pelos y la besé de prepo, enterrándole la lengua. Eso la calmó un poco. Ahora podía hablar mejor. Con el llanto y la excitación, Míriam retomaba el curso de su cordura. El asunto era que su psiquiatra no le había permitido dejar de tomar las pastillas que le había enchufado hacía ya siete meses. No dejaba de llorar mientras me lo contaba. “¿Sabés qué me dijo?”, me preguntó. Yo me acaricié la punta de la pija y le respondí: “No, no tengo ni la menor idea de qué es lo que te dijo ese hijo de puta”. “Me dijo que una persona que no ve bien no puede dejar de usar anteojos porque su vida no volvería a ser igual de buena que antes… y que por el mismo motivo yo no puedo dejar de tomar las pastillas… ¿podés creerlo?” “No… la verdad que no. ¿Qué le dijiste?” Me miró quebrada, con esas lágrimas que…: “le dije que ya no soporto más las pastillas, que me tienen todo el día como boluda, que no me siento yo misma… que no puedo manejar mi personalidad…” “Te quiero coger, Míriam”, y le acaricié las tetas por arriba de la camisa. “Yo también”. Me bajó el cierre del pantalón y mi pija saltó como un payaso con un resorte en el culo que está atrapado adentro de una caja de sorpresa… ¡Pumba! ¡Tomá! Se sorprendió de que estuviera tan parada sin haberla tocado un poco primero. Yo no me sorprendí. Estaba tan caliente que hubiese podido darle un latigazo a la ventana con la verga y romper el vidrio de un golpe. “Me muero…”, dijo, y se la metió despacio, suavemente, en la boca. “Yo también, Míriam… Yo también…” Míriam nos visitaba todos los lunes. Salía de su sesión con el psiquiatra y nos caía en casa. Llegaba blanda como un flan. Permeable. Mentalmente dilatada…

Ivana sí que era fea. Como un cuco. Pero con tantas visitas que nos hacía durante la semana uno iba hablando y hablando y hablando y hablando tanto con ella… que al final la primera impresión había quedado tan atrás que si te agarraba medio rengueando con el sexo empezabas a mirarla de otra forma; y toda su fealdad estética dejaba de importar, apareciendo de golpe una mujer como cualquier otra. Igual, ella tenía algo que la trababa y eso se le notaba siempre. Era chiquitita, metida para adentro, parecía que se iba comprimiendo con los días; como si quisiera desaparecer del mundo definitivamente. Una noche vino a comer ella y el amigo de Mariela que me había cedido su habitación. Había otras personas, otros amigos de la dueña de casa. Gastón había amasado unas pizzas y nos sentamos a comer después de tomar unos vinos bárbaros que alguien había traído. Ya estábamos todos medios picaditos, y nadie perdonaba a nadie a la hora de hablar. La charla devino, irremediablemente, en sexo, y los fogonazos comenzaron a cruzar la mesa de borde a borde sin importar la confianza que pudiera haber entre los comensales. Como sucede siempre, inconscientemente, alguien demuestra más flaquezas que los demás y en esos estados semialcohólicos los dardos siempre se apuntan hacia esa persona: sólo porque termina siendo más gracioso que apuntarlos hacia otra. No se premedita, sale así; le conviene a la reunión, podría decirse. Cuestión que, rápidamente, todos apuntamos nuestros dardos hacia Ivana. Ivana, antes de que empecemos a hacerla leña, ya se había puesto roja, y nosotros la íbamos envenenando más y más. Cuando el sexo se juntó con el tema padres, la cara de Ivana se transformó. Ella hablaba como si nuestros padres nunca hubiesen cogido; es decir, hablaba como si todos fuésemos fantasmas y no el fruto de un polvo redondo, un polvo que acaba con el semen enfundado por la hembra, etc., etc., etc… Todos la miramos sorprendidos por lo mojigata que se estaba mostrando. Se puede entender que no sea una persona demasiado abierta a la hora de coger, pero lo que no puede comprenderse es que alguien desmienta el sexo como si fuese una teoría a comprobar. Las carcajadas fueron todas para ellas. El vino y la cerveza no se llevan muy bien cuando están juntas… Ya estábamos todos detonados, rojos de risa y los chistes en contra de Ivana se potenciaban unos con otros como si todo hubiese sido programado durante la tarde, antes de la cena. -¡Pará!, vos nos querés decir que no aceptás que tus viejos cogían… Bueno, que cogen, en realidad, porque todavía están vivos -disparó el primero, un amigo de Mariela. -¡Basta! -dijo Ivana y se cruzó de brazos; se cruzó de brazos porque no sabía qué hacer con ellos; se notaba que quería pegarle a alguien. -¿Basta qué? Es pelotudo lo que estás planteando.

Los que no hablaban estaban a las carcajadas. Nadie podía con su alma. Unos se atragantaban. Otros tenían arcadas y se tapaban las manos con la boca para no vomitar a la persona que tenían al lado. Maxi, el amigo maricón de Mariela, el que me había cedido su cuarto no con mucha gana, era el que más la martillaba. La traía a las cachetadas. Ivana fue levantando temperatura hasta que los ojos se le inyectaron. Por lo que parecía, Ivana no aceptaba o no podía aceptar (eso parecía ser lo más razonable) que su padre taladrara a su madre. Era impensable para ella tolerar la realidad de que sus padres cogían, de que sus padres gozaban el uno con el otro, si también lo hacían el uno sin el otro ya no es cuestión de esta descripción…, que la madre abría las piernas sonriendo y que su padre se la metía sonriendo. Todo es una cuestión de sonrisas… parece. Hablar, a esa altura, de que ella pudiera imaginar a su madre chupándole la pija al padre era como vivir en la estratósfera… -Pero, boluda -dijo Maxi, y con eso dio el broche de oro-, ¿vos te pensás que tu mamá nunca se tragó los pibes de tu viejo?

Ivana estaba mordiendo una porción de pizza cuando la foto de su madre tragándose la leche del padre se le clavó en el centro la mente. Se paró de golpe, resoplando como un caballo, y le revoleó la porción de pizza a Maxi. Y como el desorden tiene esas cosas de desorganización, fue Gastón, que hasta acá no había soltado ni una sola palabra en contra de Ivana, el que recibió la pizza en el medio del pecho. Gastón vestía una remera blanca impecable. Gastón había amasado esa misma tarde la pizza. Espero que se entienda… -¡Pero la re concha de tu madre!… ¡Pendeja de mieeerdaaa!

Me tiré al suelo a reírme, por las dudas siguiera volando comida. Gastón manoteó el repasador y salió hacia la cocina limpiándose la remera. Se escuchaban muy claras las puteadas que le dedicaba mientras se alejaba de la mesa.

Esa noche terminó con todo el mundo borracho y no pasó mucho más.

Ivana volvió algunas semanas después. Al tiempo, venía casi todos los días.

La gorda Andrea vino una sola vez al departamento. Sabiéndose fea, ponía toda la fuerza en la locuacidad. Aumentaba el tono de la voz creyendo que aumentaba su personalidad. No había comentarios en el mundo tan pelotudos y falsarios como los que ella soltaba. Era un armatoste de un metro noventa. Metía miedo de entrada. Llegó hablando, mientras estuvo con nosotros no dejó nunca de hablar y mientras se iba de nuestra casa se la podía escuchar alejarse a lo largo del pasillo saludando a todos los vecinos como si fuese la Duquesa del Partido de San Martín. La gorda tenía personalidad, no había dudas. Seguro la había forjado mientras todos esos quilos de peso que ostentaba la fueron dejando afuera del deseo general; más bien se le notaba esa flaqueza (sin que esto suene a chiste).

Como en esa casa no había una moneda casi a lo largo de todo el mes, siempre había para comer (cuando había) pizza. Antes del día quince, quizá había algo de pollo: Plumas. “¡Che, fijáte si el plumas ya está cocido!”, solía ser la pregunta de Gastón. “No, todavía le falta.” La noche que vino Andrea, a la pizza la hizo Mariela, la mujer de Gastón. Nos comimos todo antes de quedarnos llenos y empezamos a chupar. “¡Uy, no saben…!”, disparó Andrea.

Como nadie contestó, no le quedó más que seguir. “Me anoté en el casting de “Gran Hermano”.” “Mirá vos…”, se me ocurrió contestar mientras ya sospechaba que no la iban a elegir ni en cien años luz. “¡Sí, no sabés…! Le caí re bien a la mina que me entrevistó. Enseguida nos pusimos a charlar de todo. Pegamos onda de entrada, ¿sabés?” “¡No, no sé, la reputa que te parió! Ni quiero saber, ¿sabés?, ¡la re concha de tu puta madre!”, imaginé que le decía. “Bueno, sí, todo fue bárbaro en la entrevista. Me dijo, por lo que ella veía en mí, que era seguro que quedaría en el programa. ¡Estoy re feliz! “Así que vas a estar en la televisión…”, dijo Gastón y apagó la televisión que había en la casa con el control remoto, sin moverse de la mesa. Andrea no lo notó. “¡¿Viste, vos?! Es tan rara la vida… ¡Lástima que mi amor no me pueda ver! Se fue a España a buscar trabajo. Me llama todos los días y no lo puede creer. Me desea suerte.” “¡Olvidáte, te está re cagando! Le importa un carajo lo que te pase. Y seguro vos ya los estás re cagando con alguien también”, le solté, para alienar la sobremesa.

Dio el resultado que esperaba: enseguida mi comentario, la gorda se puso a parlotear de lo fiel que era ella, de lo segura que estaba de que nunca iba a cogerse a nadie más que a él, de que lo estaba esperando, porque ahora que estaba a punto de participar en un programa de televisión no iba a poder viajar a reencontrarse con él, como habían quedado en Ezeiza, en el aeropuerto, mientras se despedían y se prometían amor eterno, etc., etc., etc. “¡Cómo te gusta mentir, loca!”, le dije. “¡Ay, andáte a la mierda! Vos no me conocés para nada… Yo soy re fiel cuando estoy en pareja.” “Puede ser… ¿Qué sé yo?” De sobremesa, vino a redondear la noche una botella de gaseosa vacía que tenía clavado un porro en un agujero que alguien le había hecho cerca del culo y que le había puesto whisky con la excusa de que fuese un poco más fuerte. La botella recorría la mesa. Todos metimos la boca, cada uno a su turno, para montar el dragón.

Como es de imaginar, el botellón nos mutiló lentamente. Cada uno de nosotros fue abandonando, sin notarlo, su personaje, y reflejos propios de la verdadera personalidad fueron aflorando. Resumen: el serio no paró nunca de reírse, el cogedor no encaró a ninguna mina, la recatada le pasaba la punta de la pierna sobre la poronga al que tenía enfrente, debajo de la mesa, quien creía en Dios mostró actitudes diabólicas y maliciosas, quien no creía en Dios tuvo arranques parlamentarios de metafísica, las portadoras de traumas sexuales chorreaban y corrían al baño, los dueños de casa descuidábamos nuestro hogar, lo entregábamos, entre risas, a la destrucción. El porro y el alcohol son para mí una mezcla fatal: o me duermo donde me los meto o termino haciendo alguna pelotudez de la que me veo acusado al día siguiente con el primer comentario del día: “¡¿cómo pudiste haber hecho eso…!?” No puedo evitarlo; y no recuerdo nunca cómo no pude evitarlo, que es lo peor… Conociendo mis límites y estando en el living de mi propia casa, deduje, entre el porro con güisqui y el tonel de cervezas que nos habíamos tomado durante la cena, que lo mejor era retirarme sabiamente a mi alcoba, donde podía romper o vomitar todo sin generar un papelón que alimentara a todos esos cuervos impostores que habíamos invitado a cenar.

Pero, como me dije a mí mismo hoy por la tarde, uno siempre regresa al lugar donde logró coger. Si cogió bien o mal es otro tema; si lo reciben o no a uno también es otro tema… pero lo principal es que uno regresa al tajo o al bastón a por más o a terminar lo que pudo ser más… Uno regresa para tratar de coger nuevamente o para terminar de hacerlo de una buena vez, aunque nos pongamos en contra de nuestros demonios personales. Tan así de real es esta teoría que, no más quince minutos después de retirarme de la mesa para hacer todas las estupideces que hago cuando mezclo alcohol y marihuana en mi habitación, oí que la escalera era subida por un par de pies que parecían preguntarle a los escalones si era correcto estar ascendiéndolos. ¿Y quién era la que acabaría golpeando suavemente la puerta de mi dormitorio, y al no escuchar respuesta alguna abrirla?

Sí, la señorita Ivana (no habíamos cogido la noche en que ella terminó sentada en posición fetal; tan comprimida corporalmente, ni hablar de lo vaginal de su compresión, con tanta compresión labial inferior que no hubo forma de que alguno de mis diez dedos de las manos pudiesen hurgarle el agujerito tan domesticado por su mente). Volvió sola a por su revancha; y, sabiendo que la gorda Andrea me había puesto entre ceja y ceja, no pudo con su genio y postergó terrores por concreciones, es decir: Ivana, por reflejo, cedió en sus traumas con tal de poder obtener una victoria femenina. El resultado fue que después de que Ivana pusiese un pie en mi cuarto, apareció Andrea como un tanque cargado de balas, torpedos y soldados y la redujo a cenizas con sólo mirarla, entonces Ivana La Fea dio marcha atrás a sus intenciones dejándome en solitario con Andrea La Esférica. Así. Como en la selva. Lo poco que escuché de la batalla oral que se trepanaron esas dos mujeres a sus respectivos cerebros fueron algunos aullidos. Cuando giré el pescuezo y logré divisar en las tinieblas de mi cuarto a la vencedora, vi a Andrea saboreándose los labios mientras me dedicaba una sonrisa carnívora. La loca se arrodilló al lado de mi cama (se arrodilló y quedó a buena altura porque mi colchón estaba sobre la alfombra; yo no tenía cama) y me dijo: “Ariel, tengo sueño. ¿Dónde puedo dormir?”, todavía puedo escuchar el ronroneo ficticio con que condimentó esa pregunta. “Acá, en mi cama”, dije. Me moví contra la pared y dejé libre mi colchón de una plaza. “¡Ay, no!… ¿Vos qué creés…?” “A esta altura ya no creo en nada, ¿sabés?”, dije y rodé como un canelón sobre un plato hasta caer sobre la alfombra, ofreciéndole toda mi cama a ella para que no se sintiera ofendida. “Bueno… ahora sí… así es otra cosa”, balbució. Se sacó algunas prendas del cuerpo. Cuando pude ver el resultado de su ropa de cama, vi a una mujer gigante que vestía un bombachón blanco, como short, una camiseta blanca también, y dos tetas como montañas que no podía sostener quietas la fuerza del corpiño ni la anatomicidad de la remera. Vi, y no me lo esperaba, una terrible hembra a la que le había tocado en el sorteo genético una robustez descomunal. No era un cuerpo fofo, nada más lejos; sino uno atlético. Era un cuerpo que, de haberlo decidido, me podría haber cagado a trompadas para quedarse con mi cama. Era una clase de cuerpo que aumentaba de volumen en proporciones iguales. Más panza pero más culo, más gambas pero más tetas, más brazos pero más torso, y así. Cuanto más comenzaba a haber de algo, más estaba por aparecer de lo otro, y de haber disminuciones, deduje, el desmedro corporal sería equitativo y proatlético. En fin, era un terrible lomo de mujer pero con medio kilo más de peso por músculo y por ganglio. ¡Una hermosa vaca lechera boxeadora! Se metió en mi cama y se tapó hasta el cuello. Yo estaba enroscado en una sábana sobre la alfombra que vestía mi habitación y lo único que quería era que Andrea no comenzara a saltarme encima como quien juega a la cuerda. En breve, escuché algunos resoplidos de su parte, unos ruidos de su boca que demostraban falsa incomodidad. Molestias ficticias. Quejumbres. “¡Qué pasa, Andrea! ¿Qué tenés ahora?”, quejé. “Pasa que no estoy acostumbrada a dormir con ropa”, picaneó. “¡Sacátela!, entonces”, lo que me había dicho fue como una orden para que la poronga se me empezara a poner gorda. “Dos gordas y yo, en mi habitación”, fue algo que se me ocurrió. “Bueno”, y escuché el sonido que suena la ropa cuando raspa la piel adentro de una cama. Esperé como un buen señor a que terminara de empelotarse. Cuando terminó ese gran gesto de provocación y de invitación, volví a rodar como un canelón, esta vez hacia mi cama, y apenas sentí que llegaba al colchón pegué un brinco bastante raro y terminé donde quería terminar: encima de ella, encima y de frente. Me sumergí… Respiré, primero, bien profundo y luego me sumergí. ¡Esas eran tetas, señores! ¡Cabezas de enanos, melones guachos buscando padre, Everests aburridos por falta de aventureros que los visiten, etc., etc., etc.! Cacé una teta con cada mano, mientras le morfaba la boca. Al otro día, supe que en realidad ella me estaba morfando a mí. Le morfaba la boca con buena gana, pero en la cabeza, en el cerebro, lo que verdaderamente me atormentaba era le necesidad de bajar a beber esos pezones de esas tetas gigantes. Cuando digo gigantes, digo la verdad. Eran tres personas: Andrea, su Teta Izquierda y su Teta Derecha. Tres personas. Lamenté tener sólo una boca… Hablando de boca: al dejar de chupar de su boca y poner la cabeza más abajo, lo que me abrazó fue una indecisión descomunal. Me sentí tan indefenso frente a ese par de tetas kilométrico que, teniendo una de ellas en cada mano, me dio por poner la cara en el hueco y empezar a golpearme las sienes con ellas. No sabía qué hacer con tanto. Me sentía un muerto de hambre frente a un guiso inconmensurable: no sabía por donde arrancar… Así que arranqué por un reflejo que me vino de golpe; un impulso. Apoyé la palma de las manos sobre los cantos externos de las tetas de Andrea y, enterrando el rostro entre las dos montañas, hice fuerza con los brazos y me azoté las sienes con esas dos buenas pirámides de carne. Lejos del reflejo de chupar, reflejo que tiene cualquier hombre al acercarse a dos hermosos senos, lo que me sucedió, por verme superado, por saber que aunque chupara seis años el asunto no cambiaría nada, fue tener un reflejo revelador: golpearme la cabeza con las Tetas de Andrea hasta dejarme aturdido… hasta dejarme el bocho como un tambor. ¡Wooouuuuuuuuuuuuuu! ¡Qué pedazo de tetas…! ¡Qué piñatas! Seguí, al rato, buen rato después, hacia abajo. Apenas me dejó. ¡Claro! Había, yo, probado la miel y necesitaba conocer el panal: es cuestión de naturaleza… ¡Pero no! No hubo panal. Apenas me chupó la pija, la muy hija de puta. Lo único que quería, Andrea, era que yo se la metiera lo más rápido posible. Tanta necesidad tenía de abrazarme, que me llamó la atención. No hice demasiado caso (como no lo hago nunca) a mi instinto, pero supe que no era lo mejor para mí ponerme en mi contra a una mujer de cien kilos musculosos. Así que me dediqué a buscar los preservativos a oscuras. En cuanto advirtió lo que yo estaba haciendo se puso a gritar como una marrana: “¡Nooo! ¡Nooo! ¡Que no hace falta!” Al escuchar lo que dijo, más velocidad metí a la búsqueda. “¡No hace falta… yo soy sana!”, bramó. “¡Dale, buscá, nunca hizo tanta falta como ahora ponerse un forro!”, me repetía a mí mismo mientras intentaba largar alguna frase que resultara tranquilizadora para ella… ¡No encontré ninguna! La marrana de Andrea parecía tener siete u ocho oídos para escuchar lo que yo pensaba. “¡Cuanto más diga ella que no quiere forro, vos, Ariel, más forros ponéte…!”, me decía. Encontré uno en un cajón. Me sentí tan feliz… Jamás había sido yo tan serio a la hora de cuidarme. Se lo adjudiqué a la psicología inversa: a mucho de algo, siempre más de lo otro. Cada vez que Andrea me decía que la coja, que dejara de buscar el forro, que no hacía falta, que ella era la mujer más fiel de la historia de las parejas que se disocian en continentes opuestos, yo, cada vez que la oía jactarse de su monogamia (recordar que yo no era su novio, exactamente) más forros quería meterme encima de la verga: uno, dos, tres… cincuenta… ¡cien!… ¡los que me dejaran tranquilo!

Alcancé a ponerme un forro y encaré, dentro de la oscuridad, hacia Andrea. Era más bien una penumbra lo que nos abarcaba. Podíamos vernos sin especificar detalles. Cuando me acerqué, me tanteó la verga con una mano y enseguida escuché sus gritos: “¡No, no! ¡No, hijo de puta… no me metas eso!” “¿Eh?” “¡Sacáte el forro!”, y se pajeaba. “¡No me lo saco ni en pedo, pelotuda!…” “¡No, no, así no!”, gritaba. “Pero… ¡¡¡¿qué querés, yegua?!!!”, ya no la soportaba; era demasiado para un polvo. “¡Quiero que me cojas sin forro!… ¡Yo soy fiel!… ¡Yo soy fiel!”, gritaba. “Está muy bien, eso. Pero así, de la manera como lo pedís, yo no lo hago ni loco”, no me conocía tan tranquilo. Igual siguió con la serenata, la muy puta, la muy fiel, la próxima a ser famosa en la televisión…: “¡Sacáte el forro y ponemelá!” Nunca tuve yo mucha conducta a la hora de tener sexo, pero con esos gritos, con tanta alarma, me estaba convirtiendo en uno de esos personajes violentos y morbosos que, cuando se ven contradichos en sus convicciones, hacen, por reflejo defensivo, nada más que lo contrario de eso que les solicitan. La necesidad de necedad por parte de ella hacía que yo me cuidase el doble de lo que hacía verdaderamente falta: si Andrea pedía sin forro, yo me colgaba dos; si se le ocurría meter a un perro en la relación yo traía al primer gato que encontrase a mano… así siempre. Ella siguió gritando que no hacía falta que nos cuidáramos porque había sido tan fiel…, asunto que decía sostener y que sostendría, que prácticamente uno creía que penetrar a Andrea sin preservativo era como tomar una pastilla de penicilina, que en lugar de exponerse, lo que uno alcanzaría era curarse de todas las enfermedades. Cuando deduje que la única enfermedad era ella, Andrea, me arranqué el forro y se lo tiré en el medio de la cara: “¡acá lo tenés, la re concha de tu madre, al puto forro!… ¡Sacátelo vos, ahora, pedazo de hija de puta!” No cogimos esa noche con Andrea; ni la volví a ver, tampoco. Pero al otro día me dijo Gastón, preguntó, más bien: “¡¿Qué le hiciste a la amiga de mi mujer?, ¿la violaste, hijo de puta?!… ¡Se escuchaban los gritos: `¡No, Ariel, no!, ¡no me metas eso, hijo de puta!´ ¿Qué le hiciste, cabrón?, te lo digo en serio. Mariela está muy preocupada.” “No me quedó más remedio que violarla, ¡a la muy hija de puta!”, dije, y fui a la cocina a prepararme un café.

A todo esto, Míriam nunca dejaba de aparecer. Ya no lo hacía tan seguido sino que se presentaba a tomar mates una o dos veces, más una que dos, a la semana. El plan, más o menos, excepto por menstruaciones o que yo no estuviese en casa, era hacer la pantomima y después subir a mi habitación. Cada tanto se quedaba a dormir. Y esos días no eran los mejores. La mina se ponía un poco pesada a mis ojos y a mis oídos cuando terminábamos de coger; y si sabía que se quedaba era peor. Nos veníamos mutuamente bien para acabar, pero yo solía cansarme antes de ella que ella de mí. No me ha pasado muchas veces esto, debo decir; usualmente sucede al revés: se cansan ellas mientras yo las molesto.

Era un domingo por la tarde cuando sonó el teléfono de la casa. Atendí. “Hola, pedazo de puto”, escuché que decía mi amigo Pica; sonaba su voz bastante lejana.

Nos saludamos. Me contaba que estaba volviendo de Gualeguaychú, y que quería saber si yo sabía cocinar surubí, y que si sabía cocinarlo lo compraban en ese momento. Con Pica estaba Mauro, Matías y Foglia. Venían de pasar el fin de semana en Entre Ríos y no querían terminar el domingo cada uno en su casa. Le dije que sí, que sabía… Es más, me mostré como un experto en la cocción del surubí. “Sí, comprálo. Lo hago en el horno. ¡El horno no falla, papá!”, le dije sabiendo que en nuestra heladera no había más que manteca, uno o dos panes, algo de mermelada, nada de carne, nada de pollo, nada de pescado y nada de guita en nuestras billeteras. De hecho, era Míriam la que venía pagando las comidas desde el sábado al mediodía, cuando había llegado a visitarnos.

Bastante contento por saber que un pedazo de carne de pescado llegaría a la noche y gratis, puse música, hice que Míriam comprara unas botellas de vino y fuimos subiendo el volumen a lo largo de la tarde. Inventamos un polvo rápido antes de que anochezca y después bajamos y prendimos la televisión.

El ánimo de Míriam había decaído levemente después de coger, y yo sentí que empeoraba conforme avanzaba el acercamiento de la noche. No hice mucho caso. Seguir su ritmo de depresión era para volverse loco y para que el asunto no acabara nunca; parecía que apenas alguien advertía que ella no se sentía bien, comenzaba a sentirse peor para no soltar las miradas que la compadecían: una forma de decir presente con su habilidad (creo que eso lo hacemos todos, cada uno con la suya): la depresión.

Me perdí en una película cualquiera deseando que ella desapareciera. No la veía desde el sillón. Míriam había elegido una silla que estaba atrás, contra la pared, y cada tanto ella dejaba escapar un resoplo que intentaba comunicar algo; puede que imitara los sonidos de un lamento. Subí el volumen de la tele y decidí que lo mejor era convertirla en un mueble más, por lo menos hasta que se dignase a entrar en el mundo real y sentarse en el sillón conmigo, lugar al que la había invitado… lugar al que no hace falta que te inviten a la hora de mirar la puta televisión. Una locura… Lentamente, la película mala de domingo, la presencia de ella fuera del campo de mi visión y mis levantadas de sonido para no oír los resoplidos lastimeros que inventaba, hicieron que Míriam desapareciera de mis espectro de sensibilidad. A los veinte minutos era ella un jarrón, a los treinta, un foco, a los cuarenta, una tela de araña, a los cincuenta, una araña, a la hora, la araña se comía la mosca que ella pasó a representar.

Cerca de las siete de la tarde sonó el timbre de la casa y mis tripas se levantaron antes que yo del sillón para abrir la puerta y dejar que entrara el pescado y cuatro personas más. Poco me importaban las personas. Antes de abrir la puerta, fui directo al horno y lo prendí. Lo puse al máximo. ¡Quería comer! Si podía comer antes de saludar a alguien, mejor. Recorrí el pasillo, unos quince metros, hasta la puerta de calle. Al abrirla, apareció la sonrisa amplia de Pica, sosteniendo un pescado del tamaño de un nene de cuatro años. Quince kilos de carne, sostenía, embolsados, con las dos manos. “¡Qué hacés, cabrón!”, dijo Pica y se adelantó un paso sobre el pasillo. Entraron los demás. Estaban medio en pedo, se les notaba en los ojos. “¿Estás seguro que sabés cocinar este pescadito?”, preguntó Pica y me dio una cachetada de pescado de quince kilos. “La re puta que te parió… ¡Dale, pasen!… Dame un rato y vas a ver lo que te vas a comer…” Caminamos de regreso a la casa a lo largo del pasillo y abrí la puerta y entré. Después entró Pica, con una sonrisa grande, de oreja a oreja, queriendo mostrar al primero que se cruzara lo que traía entre manos. Cruzó el umbral de la puerta de la casa, caminó dos metros y lo primero que vio fue a Míriam: ella estaba sentada en la silla, tal como había estado toda la tarde mientras miramos televisión, y la impresión que daba era de querer desaparecer. Pica, con el pescado sobre los brazos y la energía que le es tan propia, vio a Míriam en el rincón y dijo: “¡Ariel, te dijimos que al pescado lo traíamos nosotros!… ¿Qué pasó?, ¿no confiaste y compraste uno vos?” Míriam, que sintió el peso del comentario caer sobre su columna y destrozarle la cuarta vértebra, primero metió la cara entre los hombros, como una tortuga, y cuando vio entrar a los demás se paró de golpe y salió escaleras arriba para desaparecer.

Con el pescado y ellos, llegaron tres hermosas botellas de vino. Descorchamos una y la tomamos casi de un tirón. Yo encaré con el surubí hacia la cocina. ¡Quería meterle mano cuanto antes! Lo tiré en la pileta y abrí la canilla para pegarle una buena enjuagada. Venía sin tripas: “limpio”, como se dice. Agarré la cuchilla más grande de la casa y lo abrí hasta que quedó como una mariposa. Partí unas cebollas, unos morrones y algo de ajo. Sumergí en la pileta llena de agua al pescado-mariposa. Le pasé las manos para lavarlo por última vez y sentí que una gruesa capa de grasa se pegaba a mis dedos, a mis palmas… Sentí que una gran capa de aceite me impermeabilizaba las manos. Me resultó raro pero no hice mucho caso. ¡Estaba desesperado por comer! Metí el bicho, los morrones, las cebollas y el ajo en una fuente, puse sal e hice un gesto de capitán antes de empujar la asadera de metal y verla desaparecer dentro del horno: “Nos vemos en una hora”, le dije al surubí.

Volví al living, a servirme vino blanco. “Che”, comenté, “este pescado es más grasoso que la mierda…” “Sí, pelotudo. Por eso te preguntamos si lo sabías cocinar”. “Es un pescado. Le metés calor y se cocina… ¡No puede tener secretos!” Volví al horno una hora después. El pescado estaba sumergido en agua hirviendo y se notaba que estaba listo. Lo saqué y encaré hacia la mesa. Cuando lo vieron al fin, estaban todos más tranquilos. Serví buenas porciones para todos. Nadie esperó a nadie, cada uno clavó el tenedor en su plato y no se escuchó una sola palabra hasta cinco minutos después. La primera frase dijo: “¡Nooo… qué bueno que está el juguito!”, era Mauro, que mojaba un pedazo de pan en la salsa que se había formado en la fuente y se lo llevaba a la boca como si no hubiese comido en años.

Le siguió Matías, después Foglia, luego Pica y yo los coroné con el mismo gesto. Había pasado la prueba: no los había defraudado. Habían ganado confianza cuando probaron el pescado y al probar la salsa vieron que todo se corroboraba. Nos comimos todo: las verduras, la carne y la salsa.

Al rato nos despedimos. Cada uno fue a su casa. Los despedí casi con palmadas en el culo: quería ir a dormir. No estaba acostumbrado a comer tanto y me había dado una modorra ejemplar, una modorra como no había tenido en mucho tiempo. Adjudiqué todo el asunto del cansancio a comer tanto y fui derecho a mi habitación a dormir. Me había olvidado de Míriam por completo, y la recordé cuando la encontré durmiendo en mi cama. Dormida como estaba, la empujé un poco contra un costado del colchón, y apenas vi que se generaba un hueco suficiente, me tiré. La cabeza me daba vueltas: no era el vino, no hubo tanta cantidad como para generar eso. Me dormí enseguida. Al otro día estaba como nuevo. El fósforo del pescado se me había impregnado en cada célula de mi cuerpo y me sentía realmente renovado. Intacto de organismo y espíritu: un ser nuevo y sin hambre.

Cerca de las once de la mañana sonó el teléfono. Lo levanté: “¡Hijo de puta!”, escuché a Pica. “¿Qué pasa?” “¡Nos intoxicaste a todos, anoche!” “¡Andá a la mierda…!” “Pelotudo, no puedo dejar de vomitar”.

A las doce llamó Matías: “¿Qué le pusiste al pescado, hijo de puta?” “Nada… cebolla… morrón… boludeces…” A la una de la tarde escuché por el teléfono que Mauro decía: “¡Che, la puta que te parió! Empecé a vomitar a las dos de la mañana y todavía no paro”. “¿Y…?” “¡Andáte a la concha de tu madre!”, dijo y colgó.

A las dos esperaba, claro, que me llamase Foglia, pero el teléfono no sonó. A las tres tampoco. A las cuatro de la tarde, sí; el aparato vibró. “¡Che, la reconcha de tu hermana, ¿cómo no pusiste una rejilla para que el pescado soltara la grasa?! ¡Me dice mi vieja que sos un animal! ¡Que solamente a un pelotudo se le ocurre cocinar un surubí, el pescado más grasoso de la tierra, en una fuente sin agujeros! ¡Nos comimos toda la grasa, pelotudo!” “¿Y yo qué sabía, Foglia?” “¡Eso tenías que haber dicho!… ¡Que no sabías un carajo de cómo cocinar un surubí!…” “Tenía hambre…” “¡La reputa que te parió!”, después cortó la comunicación.

Míriam seguía en casa. Había pedido a su jefe faltar y él se lo permitió. Me preguntó: “¿Qué dijo, Foglia?… ¿También lo intoxicaste?” “Un poco”.

Me dormí sobre su hombro, en el sillón, pensando en Mauro, que mojaba el pancito en la laguna de grasa que había adentro de la fuente diciendo: “¡qué rica que te salió la salsita, papá!”