La ética del pitbull

Una historia con final feliz

Cuando la comedia exige moraleja

Cinco años atrás partía yo de Buenos Aires con 120 kilos de libros escritos por mí y metidos en cuatro cajas grandes de cartón, dos carros para llevar esas cajas, una mochila chica con una computadora para seguir escribiendo donde sea, una mochila grande donde no cabía un sólo sueño sino un buen puñado de ropa y dos objetivos que debía llevar conmigo a todas partes hasta verlos cumplirse de la forma que sea: vivir de mi escritura de una buena vez para poder aterrizar luego en Bariloche y estar finalmente con mi hijo. A todo eso se sumaba la cuestión que solamente tenía dinero para seis meses de cuota alimentaria, es decir: seis meses debía tomarme resolver mi subsistencia a partir de mis libros y así llegar a Bariloche con algo de comida para ofrecerle a mi hijo. ¡Qué odisea! Sólo pensar ahora cómo resultó el camino hasta hoy y todo lo que debí hacer para lograrlo me genera tal cansancio que la única forma de calmarlo es tirándome a dormir una siesta. Pero cuando uno tiene un objetivo…

Las cosas no fueron fáciles. Al combo que describí antes se debe sumar también una pareja a cuestas cuyas pretensiones individuales eran bien distintas a las mías. La impresión que tengo es que pusimos dos caballos a tirar del mismo carro, pero atamos uno en una punta y otro en la contraria. Al grito de ¡arre!, los caballos tiraron cada uno en dirección contraria hasta que el carro se desmembró. Toda promesa de amor hecha antes del viaje voló por los aires y entonces se abrió camino para cada uno de nosotros una sola posibilidad: continuar el camino sin el otro. “Las cosas se organizan solas”, mi frase de cabecera desde más de una década atrás. Ya sin mi pareja comiendo de mí y de mis recursos, me puse de cara a los verdaderos objetivos: llegar vendiendo mi trabajo hasta encontrarme y abrazar a mi hijo sabiendo que podía ofrecerle algo más que promesas vacuas y un mundo regido por la discordia que deja detrás de sí algo que pudo ser amor del bueno. Cambié amor por realidad; cambié amor por necesidad; cambié amor por el sencillo asunto de saberme a la altura de las circunstancias: si no era capaz de acompañar a mi hijo en su crecimiento, mucho menos sería capaz de escribir algún texto con verdadera autoridad. El problema de tomarse un oficio con seriedad es que uno comienza a vivir en función de éste y de sus probables profundidades que se deben sí o sí alcanzar. Si miro hacia atrás de mi vida entiendo que muchas veces tomé decisiones que me irían a convertir en mejor escritor; así las cosas, muchos seres queridos fueron víctimas de mis decisiones. El consuelo es que mi trabajo escrito y editado tiene la consistencia que quiero; y la carga de esas decisiones, que puede entenderse como culpa, la conozco yo y sólo yo.

Hice de todo.

Caminé parques, bares, playas y cualquier otro sitio público con mis libros bajo el sobaco intentando convencer a la gente de que aquello que tenía para ofrecerles iría realmente a servirles de algo. Me miraba de costado la mayoría y alguna persona que otra se apiadaba y me compraba un libro. El romanticismo de vender mis libros a pie comenzaba a estrolarse contra la desproporción que mandaba la subsistencia. Algunas ventas lograba concretar, pero al hacer números la realidad marcaba que me estaba comiendo el dinero que significaba el costo de volver a hacer libros para que la rueda continúe girando sin alterar el stock con el que partí de Buenos Aires. Vendía un libro mientras la vida avisaba que debía vender ocho para conseguir los objetivos. Desconsolado, al volver de mi día de trabajo, me compraba una caja de vino y me ponía a la máquina de escribir para tratar de orientarme de alguna manera dentro de esa jungla que se había vuelto mi vida. Pero algo no estaba ocurriendo y eso era importante, muy importante: en ningún momento, incluso en los días que más fracasaba en las ventas, sentía yo que haber abandonado un trabajo estable pudo llegar a ser un error. ¡Eso era algo! ¡Había que confiar! Pensaba: “si con este procedimiento no lo estoy logrando, cambio el procedimiento, sí, pero no la decisión”. Entonces me calmaba y lograba disfrutar un poco el vino malo que me había comprado. La escritura de aquellos días, sabía bien antes de sentarme a la máquina, no iría a estar a la altura de ninguna edición. Pero mantenerme moviendo los dedos y punzando la cabeza a que vaya más allá de mí me hacía sentir vivo y en lucha aún. Entonces no dejaba de escribir cada noche y de soñar con el día en que finalmente me sintiera conforme y abastecido de mi escritura para sobrevivir.

La vida es larga. La vida es un asunto largo como una serpiente. Se arrastra, mueve y duda como ella. Serpentea por ratos. Parece que baila al trasladarse pero en realidad intenta encontrar comida para seguir. Así me sentía yo: yendo de un costado hacia otro sin conseguir nada concreto, aunque abrazando con fervor la esperanza de que en cualquier momento habría de aparecer aquel tesoro que fuera a salvarme y a convertir mis objetivos futuros e impalpables en realidades que se dejaran acariciar y estrujar apasionadamente un rato después de las caricias. El futuro llegaría algún día, eso lo sabía bien; sólo quedaba ser fuerte hasta el punto de resistir esa transición y atravesarla manteniendo un resto de vida sin gastar que me dejara respirar al terminar el camino. Después del tremendo esfuerzo, debe quedar vida para descansar. En eso me concentraba, en la vida que iría a quedarme para sosegar terrible esfuerzo dentro del que me encontraba nadando sin Norte. “Esto no es más que una actitud deportiva”, pensaba. Lograr un objetivo es igual a dar una vuelta más a una pista de atletismo una vez que estamos cansados. Si ayer hice uno, hoy debo hacer dos. El objetivo sólo consta de sorprenderse a uno mismo. No hago lo que hago para los demás, lo hago por mí; soy mi peor enemigo. Entonces sólo queda una conclusión: se debe amar al enemigo.


Hoy mi vida es otra. Vivo en Bariloche, vivo de mis libros y vivo mirando a mi hijo crecer.


“Cuando llegaste a Bariloche vendías tus libros en los colectivos… Ahora tenés un puesto de libros tuyos, un taller con impresoras y pudiste pagarme el ´pase´ para que yo pueda esquiar todo el invierno. ¡Increíble, pá!”, me dice mi hijo, cinco años después de que yo partiera de Buenos Aires con ese equipaje tan pesado, incómodo e incierto.


Si esta historia no tiene final feliz, entonces ustedes no comprenden nada acerca de la felicidad.