Cuentos para leer borracho

(Otro) viaje al centro de la tierra

Cerveza, Lisboa y cuevas que respiran

“¡Ojalá te gusten las cuevas, papá!”, me dijo David por mail una semana antes de viajar hasta su casa de las sierras, 130 kms. al norte de Lisboa, “porque organicé un paseo hermoso para darte la bienvenida. ¡No sabés lo fantástico que es ahí abajo! Uno siente que escucha respirar a la tierra misma. Antes de ayer estuve ahí. ¡Es genial!” “¿Escuchar respirar a la tierra?… ¡Qué raro!”, pensé.

Terminé de leer el correo, apagué el cigarrillo y me fui a dormir. Para el viaje faltaban unos días, todavía no estaba acabada mi rutina: Santino, mi hijo, iba a la escuela temprano, había que ayudarlo a vestirse, hacerle el desayuno, procurar que cepillara sus dientes y todo lo demás. Pero me acosté esa noche con un repiqueteo tardío de lo que podía llegar a significar esa aventura a la que El portugués me invitaba desde no sé bien qué cantidad de kilómetros después del Océano Atlántico: “Vamos a escuchar la tierra respirar”, había dicho.

“Perfecto”, me dije, “alguien tiene que respirar en este mundo. Con tanto smog, freón, monóxido, Dengue, Zika, Play Stations… Estas cosas invitan a creer que respirar hoy día es mucho más difícil que en los años veinte”.

Pasaron volando los días que me separaban del primer vuelo de los cuatro que hice para llegar hasta su casa. Así, sin pensar mucho en lo que me estaba por suceder, llegó la noche en que me encontré llenando una mochila con algo de ropa y con muchos libros. Una vez listo el equipaje, me tiré a dormir como un lagarto.

Tres días después aterricé en Lisboa.

David me esperaba con Berill, su ex mujer, a la salida de la puerta de desembarque. Se los veía radiantes. Felices. Yo también estaba feliz de volver a pisar Lisboa después de casi tres años. Pero en el último avión me había tomado unas seis latas de cerveza, y mientras esperaba ese avión en el aeropuerto de Frankfurt me había tomado cuatro botellas de cerveza alemana, que era mucho más espesa que la del avión. Así que me bajé en Lisboa bastante borracho. Después de saludarnos nos metimos en el auto de Berill y nos fuimos para un bar, el Botequim. Se nos unieron Benjamín y Diogo unos minutos después, todos amigos de David, de la calle: David junta a la gente que quiere de la calle. De la calle me había juntado también a mí unos cuatro o cinco años atrás, en Buenos Aires. A los amigos los junta de la calle y a las mujeres del cabaret. Es como un tatuaje que lleva en el alma, o algo así. Después de un par de cervezas más empezó, primero, a fallarme la letra erre, por momentos se me mezclaba con la ge, haciendo que los amigos de David me miraran con gesto de tratar de entender qué estaba queriendo yo decir. Eso me hizo recapacitar un poco y entonces decidí salir a fumar un cigarrillo a la calle. Una vez fuera del bar empezaron a fallarme las piernas. Me apoyé contra un auto para estabilizarme pero me iba de lado, como un saché de leche puesto de punta sobre la mesa.

“Esto no va bien”, pensé.

En eso salió David.

“¡Ey, Ariel!, ¿por qué estás bailando?”, me preguntó apenas me vio.

“Ojalá estuviera bailando. No puedo mantenerme en pie”.

“Bueno, vamos para casa de Berill entonces”.

“Pogr favogr”, dije.

Saludamos a todos adentro del bar y subimos al auto.

Sin la presión de comunicar con personas que apenas conocía, mi mente se relajó. Entonces comencé a mirar la ciudad a través del vidrio de la ventanilla, la misma ciudad que había abandonado tres años atrás, casi, sabiendo en aquel momento que a mi regreso me esperaba la reprensión de mi familia por no haber estado en el preciso momento en que mi padre se moría. Entonces Lisboa ya no me pareció esa vieja ciudad teñida de llanto que yo había conocido. Lisboa olía a libertad, a sumo cristal libertino. Lejos de aquella paranoia con que abandoné esa ciudad la primera vez, sumí la vista en las callejuelas y me dejé llevar como si hubiese fumado un porro de veinte centímetros de largo.

“¡Aaah, Lisboa! ¡Qué bueno volver a verte!… ¡Ojalá nadie se muera esta vez…!”, pensé y apoyé la ñata contra el vidrio de la ventanilla.

Dormí junto a la ex mujer de David: El Portugués es la única persona que yo conozco capaz de hacer ese tipo de regalos.

Entrada la mañana, el sol se metió en la casa y nos sacó a todos de la cama. Tomamos un café bien cargado, preparamos las mochilas y salimos rumbo a la casa de la sierra, donde David había pasado el invierno encerrado, dibujando a lo loco y lejos del ruido de la ciudad. Nos esperaba ahí un puñado de días de tranquilidad y naturaleza. Era martes cuando partimos hacia la sierra. La idea era volver el domingo a Lisboa. Y el gran día era el sábado, ya que estaba organizado el hermoso paseo para escuchar respirar a la tierra.

“Che, más allá del sentido poético, ¿en serio creés que la tierra respira?”, le pregunté a David.

“Como una loba en celos, Ariel. Como una loba en celos”.

“Habrá que verlo, entonces”.

La noche anterior a que la tierra respire para nosotros se había organizado una pequeña fiesta en la casa de la sierra: mucho vino, de todos los colores, mucha cerveza y bastante comida. Después de cenar empezó la música y todos nos pusimos a bailar. Yo no recuerdo otra noche en la que haya bailado tanto y con tanta gana. Con almas provenientes de distintos y variados países los ritmos cambiaban a lo loco, haciendo que nadie se cansara, y el volumen del equipo subía cada vez más con cada canción. Bailamos salsa, Manu Chao, flamenco, tango, rock, Los Redondos, electrónica y cada cosa que apareciera a sonar en los parlantes. Hasta bailamos la canción del Wicky wicky. Dentro de lo sana que fue la fiesta resultó bastante aturdidora. Yo nunca había tomado tanto vino sin caerme al suelo. Uno a uno, rayando las cinco de la mañana, nos fuimos retirando de la pista de baile que se había improvisado frente al hogar, que todavía ardía a pura leña, y nos metimos en la cama.

El problema comenzó cuando me despertaron a las 9 de la mañana con el pretexto de que se nos hacía tarde para ir a la cueva.

“¡Dale, Ariel!”, me dijo David, parado al lado de mi cama, “Pedro nos pasa a buscar en media hora”.

“¿Quién es Pedro?” “El arqueólogo que conoce la cueva como la palma de su mano. Él va a ser nuestro guía”.

“Decíle que no voy”.

“Dale, che, tenemos que ir”.

“Estoy de vacaciones”.

“Dale, levantáte”.

“Puta madre… Ahí voy… ¡Ahí voy!” “Ya preparé café”.

Salí de la cama a los tumbos, chocándome las paredes de la habitación, pensando en que cuando el paseo terminara volvería a la cama a dormir como un león.

“Una hora de caminata por las cuevas y listo, Ariel”, pensé y eso me ayudó a llegar hasta el baño. “Una hora de oscuridad y este temita de la cueva y de la tierra respirando queda atrás, se vuelve memoria. Animáte, pelotudo: estás de viaje. Cuando uno está de viaje hace cosas raras: come estupideces, cree hermosas mujeres que jamás tocaría en su país natal, habla con gente poco interesante de cualquier cosa y visita cuevas, es decir: espacios huecos que quedaron entre las gigantes rocas que se organizaron de tal o cual forma, ya sea por terremotos, caída de meteoros, erosión por flujo de agua o lo que fuese, y eso es lo que vuelve locos a los arqueólogos. Vos no te preguntes por qué los arqueólogos van a a las cuevas, vos sólo pensá en que vas a entrar, vas a escuchar a la tierra respirar y después vas a salir de ahí para ir a tomar una buena cerveza fría en el Café Natalia; concentráte en eso, gil: en la cerveza fría que te vas a tomar en el café. Vos pensá en cerveza, de las cosas profundas que se encarguen los arqueólogos. Vos sos una persona simple, para no decir tarada, así que pensá en cerveza y en salir vivo de la cueva. Además, no te sugestiones tanto, porque David no organizó el paseo para que todos terminen muertos. A simple vista, El Portugués no parece un asesino serial, más bien parece un pajero de la primera hora, con esas ganas instantáneas de meter el pito adentro de cualquier agujero; es un enamorado de la vida, no te va a llevar ahí para que te mueras. Así que paráte sobre las patas de atrás y hacéle caso”.

Después del café ya me sentía mejor. Los ojos se abrieron y la luz de la sierra me abrasó. De a poco, el resto de las personas que había estado en la fiesta y que durmió en la casona fue apareciendo. Benjamín salió de la cocina con mate y me acerqué a él al instante. Hablamos un rato y en eso llegó Pedro, el guía, la persona a la que confiaríamos nuestras vidas durante la expedición. Pedro había estado en la fiesta la noche anterior, pero yo no había cruzado palabras con él. Cada vez que lo miraba el tipo parecía estar pensando en cosas demasiado profundas mientras contenplaba el fuego del hogar, así que no me animé a molestarlo. Me gusta tener cerca personas que piensan más allá de lo que yo puedo llegar a pensar, me hacen creer que en algún momento, cuando se distraigan, podré robarles algo de todo eso que cavilaron, robarles al menos una de todas esas conclusiones a las que arribaron mientras yo hacía cosas terrenales: mirarle el culo a las mujeres que andan cerca mío, beber, fumar y estupideces importantes semejantes.

Con Pedro en la casa, ultimamos la salida. Nadie sabía bien qué ropa ponerse. Claro, casi ninguno de los energúmenos que nos habíamos juntado en la casa de la sierra con el objetivo de visitar las cuevas había estado nunca en una, así que aparecíamos vestidos como para un paseo común, un paseo por la sierra o algo así. Fuimos subiendo a los vehículos: algunos autos y el Jeep de Pedro. A mí tocó este último, en la parte de atrás exactamente. Había tres cajones plásticos llenos de artículos para exploración: cascos con luz a batería, trajes impermeables y cuerdas con amarres. En ese momento no me preocupé. Pero cuando frenamos en el Café Natalia para comprar varias docenas de baterías por si se acababan las de los cascos entonces sí, empecé a temblar. Me acerqué a David.

“Che, ¿cuánto tiempo vamos a estar adentro de la cueva? Están comprando pilas como si nos fuésemos a quedar a vivir en las tinieblas. ¿Vos estás seguro de que vamos a salir? Cada uno compró cuatro pilas chicas. Somos diez. Cuarenta pilas chicas. ¡¿Cuánto vamos a estar ahí adentro?!” “No te preocupes, Ariel, entramos, miramos un poco las cuevas y después salimos. Las pilas son por si acaso”.

“¿Por si acaso qué? ¿Qué puede llegar a pasar, acaso?” “Uno nunca sabe. A veces hay problemas. Y ahí adentro la oscuridad es total”.

“Quedémonos afuera, entonces. Afuera de las cuevas los problemas son menos, ¿no? ¿Para qué vamos a ir a buscar problemas?, si llegan solos. En estos momentos es cuando uno tiene la obligación de comportarse inteligentemente. ¿Dónde nos vamos a meter?” “Ariel, no seas cagón. Tomá, estas pilas son para vos”, me dijo David y me puso cuatro pilas chicas en la mano.

Me quedé temblando y mirando las baterías.

“Esto no está bien… ¡Esto no está bien!”, me dije.

Miré a mi alrededor: todos reían y charlaban con las baterías en las manos.

“¿En qué momento me rodeé de todos estos enfermos?”, pensé, “¡Con lo lindo que es Lisboa! ¡Y con todas esas mujeres que andan por ahí, caminando y emborrachándose en los bares! ¡¿Qué carajos hacemos acá, a punto de meternos en las fauces de la tierra para escucharla respirar?! ¡Si yo también respiro! ¡Escúchenme respirar un rato a mí y volvamos a la casa! ¡Escúchen, imbéciles! ¡Escúchen cómo respiro! ¡Que la tierra se vaya a la puta madre que la parió! ¡Volvamos a la casa! Sobró vino, comida, cerveza, tabaco… ¡¿Para qué carajos nos vamos a meter ahí abajo?! ¿Con qué objetivo? Volvamos a la casa y pongamos un documental en Internet que trate acerca de cuevas”.

“Vamos, Ariel. Súbete al Jeep”.

“Súbete al Jeep, súbete al Jeep… ¡Como si fuera tan fácil!… ¡Yo soy claustrofóbico, che! Meterme a mí en las cuevas es un error. ¡Un error gravísimo! ¡Se van a arrepentir!… ¡Pero qué carajos me importan ellos!, ¡el que se va a arrepentir soy yo! ¡Yo!”, pensé y me quedé quiete, apoyado contra la pared de afuera del Café Natalia.

“Súbete al Jeep, cagón”, instó David.

“Subirme al Jeep…”, me dije, “¡Éste es el primer paso hacia la muerte, Ariel! Todavía estás a tiempo de decir que no, de decir que nos vas, de avisarles que sos un verdadero cobarde, que toda esa imagen de fortaleza que demostrás es falsa, que te perdonen por ser un verdadero cagón, ¡eso tenés que decirle a esta gente! Una vez que se hayan reído todos volvés a la casa y te tomás el vino y te comés la comida que sobraron. No vayas, Ariel. ¡No vayas!…”, me insistí mientras me acercaba al Jeep.

“¿Y, Ariel? ¿Venís? ¡No vas a decirme que tenés miedo, ¿no?!”, me preguntó Benjamín.

Lo miré con recelo, achinando los ojos de bronca.

“¡Maldito orgullo de mierda!”, resoplé para mí y me metí en el Jeep, entre los cajones llenos de cascos, cuerdas y trajes especiales para bajar a las cuevas. “¡El orgullo va a matarte un día, Ariel”, terminé por convencerme.

Los vehículos, en caravana, se metieron en la ruta y encararon el camino que nos llevaría a nuestra muerte. Pedro, el guía, manejaba el Jeep y charlaba con su mujer, que estaba sentada de acompañante. Se lo veía tranquilo.

“La cueva es como el avión, Ariel,” me dije, “nadie se mete en uno para matarse. Esta gente sabe lo que hace”.

“Sí, claro que sabe. Pero los problemas ocurren. Los terremotos existen y los desmoronamientos también, la gente se cae y se rompe las piernas, y todo esto es más fácil de sobrellevar cuando uno está sobre la superficie de la tierra. Porque entonces uno puede correr, esquivar las rocas que vienen hacia nosotros, socorrer, subirse al auto y manejar rápido hacia un hospital. Pero ahí abajo es distinto, cualquier imprevisto cobra atmósfera catastrófica. Cualquier cosa de éstas que suceda cuando uno está ahí abajo es seria. ¡Es la muerte misma! ¡Lo importante es no bajar! Lo importante es quedarse afuera, debajo del cielo, donde uno sabe qué tiene que hacer en el caso de que ocurra alguna catástrofe”, me dije.

“Ariel, no creo que estos pensamientos te convengan ahora”, había más de tres voces adentro mío.

La caravana, con el Jeep en primera posición, giró hacia la derecha y abandonó la ruta. Tomamos un camino de tierra rudimentario, que hacía saltar el vehículo y golpearme el culo contra el chasis.

“¡Uy, mirá!,” dijo la mujer de Pedro, “¡esas plantas son de orégano!” “¡Qué raras las mujeres!,” pensé, “no sé cómo hacen, pero se las rebuscan para ver orégano minutos antes de morirse”.

“Una hora de caminata por las cuevas y todo esto se termina…”, me consolaba.

Pedro frenó el Jeep contra unos arbustos, sobre una explanada. El resto de los autos estacionó unos metros más abajo. De a poco nos fuimos reuniendo. Al lado del Jeep estacionó una camioneta y de adentro salieron dos o tres señoras, de sesenta años lo menos, un adolescente y un señor flaco y alto, de unos sesenta y pico de años. Pedro saludó a esa gente que no conocíamos. Aparentemente, ellos también venían con nosotros a la expedición.

“¿Señoras de sesenta años?… ¡Perfecto! Esto significa que el paseo va a ser liviano. Ahora sí que no podés echarte atrás, maricón”, seguí diciéndome.

Una vez reunidos, Pedro repartió los cascos a batería y algunos trajes enterizos. Él se calzó un par de botas de caucho sólido y grueso que me obligó a mirar mi calzado.

“¿Zapatillas, pelotudo, te pusiste? ¿Vas a entrar en las cuevas con zapatillas? ¡Mirálo a Pedro! ¡Fijáte qué se puso él en los pies! ¡Vas a entrar en zapatillas! ¡Encima de todo están viejas! Las usaste todo el año en Buenos Aires. Ya ni dibujo en las suelas tienen. Te vas a matar de un golpe con eso”, me reprendí.

”¡¿Y qué querés?!,” me contesté, “¡Si otras no tengo! Era zapatillas u ojotas… ¡No había muchas opciones!” “¡Vos no aprendés más! ¡No puedo entender cómo carajos llegaste hasta Lisboa siendo tan pobre!” “Me regaló el pasaje mi hermana porque cumplí cuarenta años”.

“Cierto… Tenés que hacerle un monumento a esa mujer”.

“Primero resolvamos el temita de la cueva. Te juro que en cuanto vuelva a Buenos Aires se lo hago con mis propias manos”.

“Bueno, ponéte el casco, pelotudo. Cada vez queda menos tiempo para entrar a escuchar la tierra respirar”.

Me metí el casco en la cabeza. Berill me pasó un par de medias extra que había traído.

“¿Ni medias trajiste?… ¡Vos sos un desastre!” “¡Dejáme de joder, che! ¡Cómo carajos puedo saber qué se necesita para entrar en una cueva!… ¡Me vas a volver loco! ¡Dejá de criticarme!”, le dije a mi otro yo.

“¡Te pasás de maricón, vos!” “¡Claro que sí! ¡Yo soy un maricón! Pero ya estoy acá. Ahora necesito que me ayudes”.

“Mirá a las viejas ésas qué contentas están por entrar en la cueva. El único que está asustado sos vos. ¡Estás dejando muy mal parada a la Argentina!” “¡Qué carajos me importa a mí la Argentina en este momento!” “Bueno, ¿están listos?”, preguntó Pedro al grupo.

La gente asintió.

“Si alguien quiere hacer pis o caca el momento es ahora”.

Cuatro o cinco de nosotros encaramos hacia unos arbustos e hicimos lo propio.

“Bueno, ya estamos listos, ¿no? El camino es por acá”, dijo Pedro y todos lo seguimos.

Entonces caminamos sierra arriba. Se escuchaban las pisadas de todas las personas que íbamos hacia le muerte. Cada tanto sonaba alguna carcajada y yo me estremecía.

“¡Malditos maníacos!”, pensaba.

Llegamos a la entrada a la cueva. Cuatro paredes de ladrillos huecos de metro y medio de largo por dos de alto, con una puerta de chapa oxidada cerrada con un candado que Pedro abrió con una llave que sacó del bolsillo. Una vez abierta, lo único que se podía ver era una superficie de cemento con un agujero cuadrado de setenta centímetros por lado. Me quedé congelado. Setenta centímetros por lado era una medida que me dejaba a mí a diez o veinte centímetros de la pared.

“David, esto no es una buena idea”, le dije al Portugués.

“Calláte, Ariel, que Pedro nos está por hablar”.

“¡Hijo de una gran puta!”, le solté a David y miré a Pedro.

“Bueno,” empezó a decir Pedro, “hoy vamos a entrar en una cueva amplia, con buen caudal de oxígeno y bastante abierta. Vamos a descender primero ochenta metros hasta llegar a la primera galería. Es importante que todo el tiempo estén sentados sobre el suelo, que no despeguen la cola del piso, así evitamos accidentes. Una vez acabadas las dos escaleras de metal, van a encontrar una cuerda sujetada a las paredes rocosas. Cuando lleguen ahí, agarren con firmeza la cuerda y ya no la suelten: ésa es la guía, su única seguridad”.

“¡Vámonos de acá, Portugués! ¡No me hagas esto, querido! ¡Te lo pido por favor!” “Tranquilo, Ariel. Pedro sabe lo que hace”.

“¡Hijo de puta Pedro!” “¡Che!… Habla bajo que puede escucharte”.

“¡Ojalá me escuche!… ¡Me echa a la mierda y se acabó el problema!” “¡Vamos, Ariel! Para el oído, que lo que está diciendo es importante”.

“Está hablando en portugués, la mitad de las cosas no las entiendo”.

“¿Entendiste lo de la zona de derrumbes?” “¡¡¡Chau, me voy!!!” David me agarró del brazo: “¡Espera, espera! ¡Era una broma, che! No existe la zona de derrumbes”.

“¡La puta que te parió!” “Tranquilo, Ariel”.

“Primero va a bajar uno de nosotros, uno de los que conoce las cuevas, y después descienden los visitantes primerizos,” dijo Pedro, “¿quién se anima primero?” Las tres viejas de sesenta años levantaron las manos.

“¡¡¡Yo, yo, yo!!!”, dijeron.

¡Me quería morir! ¡Viejas de mierda! Bueno, que se mueran primero ellas, total ya tienen la vida casi hecha. Nosotros los jóvenes vamos después. Y yo voy a lo último, cuando confirme que todos bajaron y siguen vivos. Me retiré un par de metros hacia un costado y dejé que fueran bajando las viejas y los demás. Pero todo llega tarde o temprano. Entonces llegó el momento en que la mujer de Pedro me miró y me dijo: “Ariel, es tu turno”.

“Mirá, preciosa, no creo que sea buena idea. El hueco ése en el piso es demasiado estrecho. Yo soy claustrofóbico: tengo miedo de quedarme atascado entre las paredes”.

“Ariel, tranquilo, confía en mí: el hueco mide un metro y medio de largo, y es el lugar más estrecho por el que vas a pasar”.

“Apenas nos conocemos, ¿por qué me mentís?”, le pregunté.

“Ariel, no te miento. Sólo tienes que bajar por ese hueco un metro y medio y enseguida todo se abre. Después de eso vas a poder estar parado. ¡En serio!” “¿Osea que debo festejar estar de pie nuevamente? ¡¿Qué carajos es esto?!”, pensé.

La miré fijo. Entonces, medio convencido porque era mujer y porque además era hermosa, cometí el error de hacer caso a su pedido y de creer en la descripción que me había ofrecido. Respiré profundo, bien profundo, y me metí en el cuarto de ladrillos. Me acerqué al hueco temblando. Puse un pie sobre el primer escalón de hierro. El corazón me retumbaba adentro del pecho.

“¡Vamos, Ariel!,” me dijo la mujer de Pedro, “confía en mí”.

“Todos los problemas que los hombres tienen comienzan cuando aceptan las peticiones de las mujeres hermosas”, me dije y entonces me sumergí en el hueco, a paso rápido, para no darme tiempo a pensar en qué era lo que estaba haciendo.

“¡Muy bien, Ariel! ¡Muy bien!”, escuché que me decía la mujer de Pedro mientras yo bajaba con paso acelerado.

Después del metro y medio de bienvenida a la cueva me encontré con el resto del grupo. Estaban sentados sobre las piedras. Me miraban y sonreían. Me senté junto a ellos y enseguida sentí que el culo se me mojaba. Resulta que ahí abajo el agua circula mucho en temporadas de lluvia, y como nunca da el sol nada se seca, así que las rocas estaban cubiertas de una capa de arcilla mojada de cinco centímetros de espesor, o más. A los pocos metros mis zapatillas ya daban asco por la cantidad de barro que habían juntado alrededor de las suelas.

“¿Viste que no era tan difícil, Ariel?”, me dijo Diogo.

“Tenés razón. No era tan difícil. ¡Ahora salgamos ya mismo de acá!”, dije y empecé a dar la vuelta.

“¡Espera, Ariel! ¡Espera! Que esto recién empieza. ¿O creías que sólo era bajar la escalera?” “Claro que sí… ¡¿Hay más?!” “Mucho más. ¡Mira a tu alrededor! ¡Todas estas rocas!…” “Diogo, son sólo rocas. Y desde arriba también las puedo ver. ¡La sierra misma está llena de rocas! ¿Para qué meternos acá? ¿Para ver piedras?” “¡Vamos, Ariel! ¡No te desanimes tan rápido!” De pronto sentí un ruido detrás mío y cuando miré me encontré con la mujer de Pedro. Cierta desesperación se desprendía de mis ojos.

“Ya has dado el primer paso, Ariel, ¡muy bien! Ahora sólo debes caminar y disfrutar el paisaje”.

“¿Qué paisaje? Si apenas puedo ver dos metros adelante mío”.

“Mira todas estas rocas. Todas estas estalagmitas y estalactitas… ¡Es una preciosura, no?!” Fruncí los labios. ¡Me sentía enfurecido! Todos insistían con las rocas. ¡Como si nunca hubiesen visto una piedra grande! Parecía que la mujer de Pedro me estaba cargando, que se reía de mí. No le respondí de mala manera para no tener problemas con Pedro. Nadie sabía bien qué podría llegar a pasar ahí abajo, en las cuevas, y tenerlo a Pedro de mi lado era muy importante en el caso de que él debiera decidir quién iría a vivir y quién no.

“Ariel,” me dije, “¡lo último que te puede pasar es tener problemas con la mujer del guía! ¡No seas imbécil! Mejor tenéla de amiga. Y acercáte a Pedro despacio, que te reconozca y sienta lentamente como amigo. Llegado el caso de que todos estemos en peligro de muerte, será él quien elija a los sobrevivientes. Y si sos su amigo… bueno… si sos su amigo es más probable que sobrevivas a esta estupidez de ver rocas debajo la tierra”.

Bajé los ochenta metros pensando en cómo agradar al guía.

“Hola, Pedro,” me acerqué con mi mejor cara de simpático, apenas llegamos a la galería, “¡qué linda es tu mujer!” Pedro me miró fijo y serio, muy serio.

“¡No, pelotudo! ¡No le hables así de su mujer! ¡Va a pensar que te querés enrollar con ella!… ¡Él es el guía! ¡Es Dios!… Es la persona que dice quién vive y quién muere”, me dije.

“¡Qué linda es la cueva!… ¿No?”, me corregí.

“Sí, muy linda”, dijo Pedro y abrió un paquete de cigarrillos.

Cuando miré el paquete de tabaco me chorreó la baba. Si necesitaba algo en ese momento era fumar.

Me acerqué a David.

“Che, pedíle a Pedro que me convide un cigarrillo”.

“Acá no se puede fumar, Ariel”.

“Pero él está fumando”.

“Pero él es el guía. Puede hacer lo que quiere”.

“¡Dale, pelotudo! Pedíle un cigarrillo”.

“Dejáme ver…” David volvió con un cigarrillo y me senté a fumarlo sobre una montaña de arcilla mojada, es decir: barro. Aunque me mojaba todavía más el culo, pité el cigarrillo como si fuese el último.

Me sentía tranquilo, lo que me había dicho la mujer de Pedro parecía ser verdad: desde que había atravesado el ingreso mediante la escalera de metal pude estar parado siempre. Mi temor de llegar a algún hueco demasiado estrecho que me produjera temor y paranoia parecía no ser posible, así que lentamente me fui relajando y entregando a ese absurdo paseo que habían organizado para mí. David había organizado un paseo de bienvenida dada mi llegada a Lisboa y yo estaba ahí, inmerso en las entrañas de la tierra; aunque al principio algo intranquilo, bastante contento de conocer esa parte del globo terráqueo.

“Relajáte y disfrutá, gil!”, me dijo Benjamín y traté de hacerle caso.

Dos horas después, ¡cómo no!, las galerías continuaban. Apareció entonces algo así como el lecho de un río, con charcos cada tanto. Escuché la voz de Armando que explicaba a una persona que tenía cerca que en temporadas de lluvia todo ahí abajo se inundaba, dejando, al retirarse la inundación, algo de agua atrapada en los cuencos que se dibujaban en las rocas, y que gracias a las filtraciones y a la gran humedad que reinaba en el lugar el agua de todas formas lograba fluir poco a poco cueva abajo, purificándose, entonces se podía beber. Debido a los nervios, yo traía una sed impresionante. Apenas escuché la explicación de Armando, apoyé la boca contra un charco y sorbí como un caballo.

“Aprovechá este trago,” me dije, “quizá sea el último de tu vida. Tomá todo lo que puedas”.

Seguimos cuesta abajo, montaña adentro. Poco a poco, todo a nuestro alrededor iba cobrando cada vez más brillo debido al pulimento que genera el agua en algunas superficies cuando fluye. De pronto estábamos adentro de una cueva que parecía estar enteramente construida con mármol de Carrara, marrón claro por ratos y oscuro en otros. Pasarle los dedos a esa superficie fue una de las cosas más suaves que yo he hecho alguna vez. Era como acariciar una bola de billar recién hecha. Entonces me di cuenta de que estaba realmente disfrutando el paseo y de que los temores habían quedado atrás. Inflé el pecho, como hacen los valientes, y caminé estoico, junto al grupo, claro, sin sentir que hubiera diferencias entre las otras personas y yo. Eso me hizo bien. Encontrarme de pronto haciendo chistes cien metros debajo de la superficie de la tierra me tomó por sorpresa. Nunca había creído yo que pudiese hacer eso alguna vez. La sensación de claustrofobia había desaparecido por completo y ya me sentía yo como si fuese un arqueólogo de buena experiencia.

Algunas veces el grupo detenía la marcha y Pedro explicaba algún aspecto geológico del paseo. Siempre hablaba en portugués. En una de esas ocasiones fue que se me acercó Ana, la mujer de Benjamín, y me ayudó a entender algunas de todas las cosas que Pedro explicaba. Resultó que ella también era arqueóloga, y que trabajó bastante en esa cueva que nosotros caminábamos. Me tradujo al español algunas de las consignas que Pedro decía y cada tanto soltaba para mí palabras de aliento y de tranquilidad. Me quedé cerca de ella el resto del paseo. Sentía que caminaba junto a un ángel que no iba a permitir que me suceda nada malo.

En una de las tantas paradas que hicimos para descansar, Armando, que me había visto pedirle un cigarrillo anteriormente a Pedro, se acercó a mí con la bolsa de tabaco en la mano.

“Venga, Ariel, vamos a fumar un cigarrillo”, me dijo.

“¿En serio?” “¡Claro, hombre! Cuando sale el sol sale para todos”.

Sus palabras me emocionaron en serio. Me contuve.

“Gracias”.

“Te veo más tranquilo ahora. Al comienzo lo pasaste bastante mal, ¿verdad?” “¡No te imaginás!” “Uno se acostumbra a estar acá abajo. Del mismo modo que uno se acostumbra a todo, ¿sabes? No hay nada que temer”.

“¿Y los derrumbes?… Eso es algo, ¿no?” “Bueno, eso puede pasar también afuera, Ariel”.

“Pero afuera puedo correr, Armando. Si llega a pasar eso acá abajo y salgo corriendo me pierdo del grupo. ¡¿Entonces qué hago?!” “Lo normal, lo de siempre: tratas de encontrar la salida de la cueva. Como cada vez que te pasa algo en la vida, Ariel. Uno tiene un problema, entonces lo estudia atentamente y después intenta resolverlo lo mejor que puede según los recursos y herramientas que tiene a mano”.

“No sos una persona que suela ponerse nerviosa, ¿no?” “A veces sí, pero cuando uno se la pasa bastante tiempo acá abajo termina entendiendo que es más seguro que estar ahí afuera, entre los hombres”.

No supe responderle. Todo hacía pensar que Armando tenía razón. Pero yo prefería estar afuera. Llevaba la vida resolviendo problemas de superficie; reconocerme en las cavernas, aunque estuviésemos lejos de los hombres, como dijo Armando, no era algo que me tranquilizara. Llegado el caso de tener problemas serios adentro de las cuevas yo sabía que iría a entrar en pánico, saldría corriendo, me perdería del grupo y moriría a los pocos días. Nada de eso que pensaba le dije a Armando. Era un pensamiento demasiado cobarde para compartirlo con alguien tan sereno.

Terminamos de fumar el cigarrillo. El grupo, a la orden de Pedro, se puso en movimiento nuevamente. El paseo siguió hacia abajo. Cada vez nos adentrábamos más y más en las cavernas. Llevábamos horas ahí y en lugar de ir hacia arriba, hacia la salida, seguíamos descendiendo. Recordé las palabras de David cuando todavía estábamos en la casa y alguien insinuó que el paseo no duraría más de dos horas: ”¡¿Dos horas?! ¡No, no, no!… Van a ser seis o siete por lo menos”.

Recordaba bien sus palabras porque fue la primera vez sentí miedo de hacer el paseo.

“¡No, David! No van a ser más de dos o tres horas”, contradijo alguien.

“Piensen lo que quieran, pero les aviso que no van a ser menos de siete”, y cambió el tema de conversación.

“¿Siete horas? ¿En serio siete horas?”, pregunté a David en voz baja y me senté a su lado.

“Mira, Ariel, no es exactamente un paseo turístico el que vamos a hacer. Vamos a meternos en un lugar de estudio. Los arqueólogos descubrieron mucha información ahí. Sin ir más lejos, mi padre mantuvo cerca de aquí una cueva abierta durante veinticinco años o más”.

”¡¿Veinticinco años estuvo tu papá adentro de una cueva?!” “¡Muchos más! Veinticinco sólo en ésa. Mi papá se pasó la vida bajo tierra”.

”¡¿Qué le pasa a tu viejo?! ¡¿Lo violaron de chico?!” “Nada de eso. Es una cuestión de investigación. Veinticinco años le llevó estudiar esa cueva. Había mucha información allí”.

“¿Y qué descubrió? ¿De dónde venimos los seres humanos? ¿Es verdad que descendemos de seres de otros planetas?” “¡No, Ariel! ¡¿Qué estupidez es ésa?!” “Lo leí en una revista”.

“Nada que ver, che. ¡¿Cómo seres de otros planetas?!” “¡Yo qué sé! Yo soy un ignorante, David. Solamente a vos se te ocurre meterme ahí abajo”.

“¿Nunca escuchaste hablar de los Neanderthales?” “No, nunca. Sólo de los del Sporting de Lisboa”.

“Creo que me equivoqué con vos”.

“Mucha gente me dice eso”.

Seguimos cueva abajo. El grupo empezaba a mostrar síntomas de agotamiento físico: caminaba más lento que al principio, se sentaba cada vez que podía a descansar y el paisaje ya no era lo más hermoso que habían visto en toda su vida, como dijeron al principio. Entonces Pedro hizo que el grupo se detuviera para estirar un poco las piernas. Alguien sacó chocolates, barras dulces de cereal y botellas con agua. Todos compartieron el banquete. Yo me guardé la barra de cereal en el bolsillo, ni la toqué.

“Llegado el caso de que estemos en peligro de muerte y el alimento escasee,” me dije, “voy a cambiar esta barra de cereal por sexo”.

Compartí mi pensamiento a David.

“¿Tu no tienes un cuento donde un grupo de gente se encuentra atrapada en una cueva luego de una catástrofe mundial, y entonces se proponen repoblar el mundo?”, me preguntó David.

“Sí”.

“¿Ya te imaginaste qué sería de nosotros si nos pasara eso ahora?” “Sí, claro”.

“¿Y?, ¿qué harías?” “Trocar mi barra de cereal por sexo”.

“¿Y si te la pido yo?” “Con vos sólo sexo oral… ¡Jamás te penetraría!” “Gracias”.

“De nada, portugués. Che, gracias por el paseo”.

“¿Te gusta?” “No, la verdad que no. Pero te juro que apenas estemos fuera de este universo extraño, cuando todo esto sea parte de mi memoria, al primero que voy a agradecer y a abrazar es a vos”.

“¿Me das la mitad de tu barra de cereal?”, me preguntó David.

“¡Claro que sí!”, me empecé a bajar el cierre del pantalón…

“¡Calma, che! Sólo te estaba probando”.

“Ya sabés: si te agarra hambre sólo me lo tenés que hacer saber”, me subí el cierre.

“¡Hijo de puta!”, me dijo el portugués y después se alejó.

Terminado el pic-nic, Pedro reunió al grupo y habló: “Bueno, ya estamos a mitad del paseo. ¿Cómo lo están pasando?” La gente aulló de felicidad. Todos se manifestaron impecables, radiantes, con ganas de más.

“¿Qué hacemos, entonces? ¿Comenzamos el regreso o hacemos un poco más?” “¡Un poco más!, ¡un poco más!”, gritaron todos.

“¿Alguien quiere conocer algo hermoso?, ¿algo mucho más hermoso de lo que hemos visto hasta ahora?” La gente pareció volverse loca con las palabras de Pedro, y todos comenzaron a gritar y a vivar al guía.

“¡¡¡Queremos más!!! ¡¡¡Queremos más!!!” “¡Siempre más! ¡Siempre quieren más, estos tarados! ¡Como si afuera no hubiera suficiente placer!”, pensé.

“Nos queda por recorrer un lugar fantástico, ¡único!”, avisó Pedro y me pareció que alguien aplaudía.

Yo me sentía tan lejos de dar un aplauso que sentí náuseas. Sin darme cuenta, me encontré de golpe a mí mismo acariciándome el bolsillo: “Vos y yo vamos a hacer grandes cosas juntos…”, le susurré a mi barra de cereal.

“Pero antes quisiera que nos quedemos todos callados un rato. Me gustaría que tratemos de escuchar un río subterráneo que corre por aquí cerca”, dijo Pedro.

La gente comenzó a tomar asiento sobre el barro y lentamente cesó el murmullo.

“Apaguen los cascos, por favor”.

Uno a uno, las luces de los cascos desaparecieron y entonces nos quedamos todos a oscuras. Yo una vez había estado sentado en una sala de teatro negro, una sala de teatro para que gocen de igual modo los videntes y los no videntes, pero esta vez fue tal la oscuridad que sentí, a más de cien metros enterrado en las fauces de la tierra, que ni puedo compararlo con eso. Era tal la falta de luz que uno lograba saber que tenía cuerpo sólo porque lo estaba moviendo. Me pasé los dedos a milímetros de distancia de la cara: ¡nada! Ni la menor posibilidad de ver algo. Ése fue uno de los minutos más imaginativos que yo tuve alguna vez: sólo quedaba pensar, sólo pensar para saber que uno estaba vivo. Sentir que uno ha desaparecido es desesperante. Fue como estar de pronto dentro de un truco de magia. ¡Voilà! ¡Desaparecí!

Entonces tuve este pensamiento: “¿Y si dejaran de funcionar los cascos cuando intentemos encenderlos?” “Tenemos las cuarenta pilas que compramos en el Café Natalia, ¿te acordás? Cuatro pilas cada uno, diez personas…”, me respondí.

“¡No, no! No hablo de falta de batería,” me dije, “hablo de que todos los cascos dejen de funcionar. ¿Me entendés?… ¡Como si fuese un hechizo!” “Es poco probable, che. Pero supongo que todos nos tomaríamos de la mano y saldríamos en fila muy pero que muy despacio para que nadie quede atrás”.

Dos o tres minutos estuvimos en silencio intentando escuchar el río subterráneo. Realmente me esmeré en lograrlo. ¡Pero nada! Por ratos creía escuchar un arrullo como de paloma que asocié con agua fluyendo, pero bien sabía yo que era más producto de mis ansias por escucharlo que por estar escuchándolo en realidad. Me esforcé hasta casi hacer saltar mis tímpanos. ¡Nada! Sólo escuchaba el teléfono de una de las viejas de sesenta años que cada tanto hacía un ruido eléctrico mientras ella intentaba apagarlo. Entonces Pedro pidió que encendiéramos los cascos.

Funcionaron.

“Vengan por acá”, dijo Pedro y pisó firme marcando el camino.

Unos minutos después estábamos todos delante de un hueco enorme que crecía hacia abajo. Descendía, hasta lo que yo podía ver, no menos de cuatro metros en sentido vertical. Arturo, conocido de Pedro y de David, se mantuvo en la entrada. Pedro bajó. Entonces, uno a uno, fueron desapareciendo en el agujero. Yo quedé petrificado apenas entendí dónde nos estábamos metiendo.

“¡Yo sabía! Sabía que este paseo no podía ser tan tranquilo como hasta ahora”, pensé.

La bajada era realmente empinada, en caída libre. Las viejas se mandaron primero. ¡Eso me dejó mudo! Me dejó sin derecho a réplica.

“Si las viejas lo hacen, vos no podés echarte atrás”, me dijo Diogo y me dio un codazo suave para provocarme.

Mientras bajaban uno a uno, me mantuve parado al lado de la entrada del “precipicio” de cuatro metros preguntándome cómo carajos haría para bajar. Miraba la entrada de esa cueva, adentro de la gran cueva en la que ya estábamos, y sentía que lentamente la pavura me momificaba.

“¡Acá es donde todo empieza a complicarse!”, pensé, “¡Esto es culpa de las viejas de mierda ésas!: ¡¡¡Queremos más!!! ¡¡¡Queremos más!!!”, habían dicho.

Por culpa de ellas estábamos ahí: a punto de que nos tragara la tierra y yo ni siquiera la había escuchado respirar todavía, como me habían prometido. Anita, la mujer de Benjamín, me escoltaba bien de cerca porque ya había leído en mi rostro el temor absoluto que yo arrastraba.

“¡Calma, Ariel! Es sólo un poco más de lo que ya has hecho”.

La miré a los ojos para saber si era cierto, si creía realmente en lo que me decía.

“Bueno…”, dijo ella cuando entendió mi desesperación, “igual, lo que se dice igual, no es. Pero es bastante parecido, ¿no?” Entonces comencé a entrar en pánico.

“Anita, desde acá se ve que este hueco se achica mucho. ¡Yo no voy a soportarlo!… ¡Me conozco!” “Yo voy a estar a tu lado. No te preocupes”.

“Y te lo agradezco mucho, en serio, pero no me alcanza. Lo que yo necesito es salir de una puta vez de esta cueva, ¿entendés?” “Sí, entiendo, pero no podemos volver. No queda más camino que bajar y seguir con ellos”, Ana señaló al resto de las personas.

“¿Y por qué no se puede volver?” “Porque es más complicado. Ya toda la gente está adentro. Y llevan más de cinco minutos insistiendo en que los sigamos”.

Recién entonces caí en la cuenta de que todos nos esperaban.

“¿Adónde lleva esto, Ana?”, pregunté nervioso.

“¡A la salida!”, me dijo a secas y se metió en la pendiente para terminar la charla de una vez.

“¿Te fijaste?: empiezan a tratarte como a un chico. Corregí la actitud y bajá de una vez, pelotudo”, me dijo una de mis voces.

“¡No puedo creer que vaya a hacer esto!”, pensé.

Era tan empinada la bajada que yo esperaba que hubiese una cuerda de seguridad o algo para agarrarse. Pero no, no había nada. Tocaba hacerlo como un alpinista loco, encontrando pellizcos en la roca para meter los dedos y así poder sujetarse hasta encontrar un lugar donde apoyar el pie para no terminar desparramado en el suelo, cuatro metros abajo. Las manos me temblaban cada vez que hacía fuerza para pegarme a la pared. Más abajo estaba Pedro, que había guiado a cada uno de los integrantes del grupo mientras bajó, avisando dónde convenía poner la punta del pie antes de dar el próximo paso. Yo no podía verlo pero escuchaba su voz, y seguí sus órdenes como si en eso me fuera la vida. El tipo nunca se ponía nervioso ni movía las manos para ayudar. Sólo decía: “Una mano ahí y la otra allá,” ni siquiera señalaba, “ese pie ahí y el otro allá”.

”¡¿Ahí dónde, carajo?!”, rabiaba yo para mí, “¡Ahí, allá, ahí!… ¡Lo decís como si hubiese ahí un escalón tallado en oro o una grieta con manopla! ¡Ahí no hay nada!… ¡¡¡Nada!!!… ¡¿De dónde mierda tengo que agarrarme?!” “Bien, Ariel,” decía Pedro sin sacar las manos de los bolsillos, “ahora apoya el pie allá”.

“¡Este tipo me va a volver loco! Apenas estemos afuera de esta locura lo voy a cagar bien a trompadas”, me consolaba.

Mientras me agarraba de las rocas, desesperado, pensando en que de un momento a otro me iba a caer al suelo, me di cuenta de que ya estaba a mitad de camino. Eso me dio ánimo. Pedro seguía diciendo un pie ahí y la mano allá, pero yo me agarraba de donde podía. No creo haber acertado ninguno de los pasos que me recomendó. Logré bajar. Una vez abajo, satisfecho de haber superado esa prueba de escalamiento, me encontré con el comienzo de un tubo horrible de un metro y medio de diámetro. Todos me miraban desde adentro del túnel, en cuclillas, con cierto gesto de lástima.

“¿En serio tengo que entrar ahí, Ana?” “Sí. Pero no te preocupes, hay buen espacio y buen oxígeno”.

“¿Sabés dónde hay buen espacio y buen oxígeno también?” “¿Dónde, Ariel?” “Afuera de esta cueva de mierda, Ana, en la superficie de la tierra. ¡Y también en el Café Natalia!, que es donde yo debería estar ahora mientras ustedes hacen esta estupidez. Yo no tendría que haber venido. Lo hice porque al portugués lo quiero mucho y porque me dijo que este paseo lo organizó para mí”.

“Deberías agradecerle, entonces, porque no creo que tengas muchas más oportunidades de conocer un lugar como éste”.

“Eso seguro, Ana, porque ni en pedo voy a aceptarlas. Nunca más voy a meterme en una cueva”.

Una vez adentro del tubo, mi corazón se convirtió literalmente en un tambor. La sensación era de estar adentro de un agujero de un queso gruyere, con la diferencia de que este queso era de piedra. El color era similar a la carne de salmón rosado. El agua, con los años, le había inferido cierto brillo marmóreo. Las paredes del tubo por el que caminábamos agachados estaban llenas de otros agujeros más pequeños. Y había agua en cada lugar que apoyábamos los pies. Eso me disparó la terrible idea de que en cualquier momento el tubo podría inundarse instantáneamente con nosotros adentro.

“Listo,” pensé, “acá es donde voy a morir. El agua va subir lentamente. Primero va a mojarnos los pies y después nos va a tapar hasta sentir la amenaza de falta de oxígeno. Entonces, envueltos en la desesperación de escapar, vamos a atropellarnos unos a otros y ninguno va a salvarse excepto Pedro y su mujer, porque es seguro que ese hijo de puta a la primera que va a rescatar es a ella. ¡Se va a cagar en nosotros! Ellos seguro van a encontrar una manera de evadir el interior del tubo y de ganar una salida rápida. Porque si alguien conoce esta cueva como la palma de su mano ése es Pedro”.

“Tengo que acercarme a Pedro,” pensé en el acto, “así cuando el tubo empiece a llenarse de agua y él decida salvar a su mujer yo voy a estar tan cerca que podré seguirlos y escapar detrás de ellos. El resto morirá ahogado. Pero a mí qué me importa, si apenas los conozco”, la desesperación comenzaba a volverse egoísmo puro.

Entonces caí en la cuenta de que el hombre más importante del mundo para mí, en ese momento, era Pedro. Incluso sentí, en la desesperación de que mi imaginación se volviese realidad, un poco de amor hacia él. Y hasta me lo imaginé abandonando a su mujer y escapándose de la cueva conmigo, arropándome entre sus brazos robustos, mientras intentábamos dar con la salida.

De golpe me persiguió una idea, un interrogante: ¿qué sería de nosotros si a Pedro le agarrara de un momento a otro un infarto y quedara tendido en el suelo sin vida?

¡Eso me desesperó!

“Pase lo que pase, al primero que hay que proteger es a Pedro. Él es la única persona a la que no puede pasarle nada grave. ¡Hay que cuidarlo!”, me dije.

Comencé a alejarme de Ana. Pasé al resto del grupo y en pocos minutos me puse a la cabecera, justo detrás de Pedro.

“¡Ah, mi hombre!… ¡Mi salvador!”, pensé apenas lo vi, “¡Tan fuerte, musculoso y orientado!” “¿Te diste cuenta de que con un poco de miedo adentro de las tripas ya no te importa volverte maricón?… ¡Vos sos un desastre!”, me criticó mi voz interior.

“Lo importante ahora es salvarme cuando suba el agua. Pedro es el único que conoce la salida, y ahora que veo bien a su mujer… bueno, ya no la encuentro tan hermosa. La posibilidad de que él me elija a mí y no a ella ya no está tan lejana…” me defendí, “incluso es probable que Pedro esté sintiendo algo de hambre…” Me acerqué a él.

“Hola, Pedro”, le dije con ternura exagerada mientras me pegaba a su lado.

Pedro me miró recio y contrariado. No pronunció palabra.

Entonces no aguanté más. Acaricié la barra de cereal en el bolsillo de mi pantalón con dedicación y me animé: “Pedro… de casualidad… ¿no sentís en este momento un poco de hambre?… ¡Mirá que ya no queda alimento, eh!”, dije con suavidad, sonriendo y guiñando un ojo.

“¡¡¡Ariel, ¿qué te pasa?!!!”, me gritó David de pronto, estaba justo detrás mío y había escuchado todo, “¡¡¡No se te ocurra proponerle eso a Pedro!!!… ¡¡¡¿Cuál es tu problema, che?!!!” “¡Dejáme tranquilo, carajo! ¡Estoy desesperado!… ¡¡¡Desesperado!!!” “¡Pero qué mierda pasa con vos!… ¡¿Te volviste loco?!” “¡Este paseo me está volviendo loco!… ¡¿No entendés que está por subir el agua y que nos vamos a morir?!” ”¡¿Pero de qué agua hablas?! ¡Si acá no hay nada!” “¡Va a subir, David! ¡El agua va a subir! ¡Siempre sube el agua! Ellos lo dijeron temprano: acá las cuevas se inundan”.

“Sí, claro. ¡Pero en temporada de lluvias! ¡Ahora estamos en verano, che!” “¡No importa! El riesgo existe igual”.

“¡No lo puedo creer!” “Vos me metiste acá. Esto es culpa tuya”.

“Te pido por favor que te quedes tranquilo, Ariel. En un rato ya salimos. ¿Puede ser?” “No creo”.

“Hacé el favor y dame la barra de cereal”, ordenó y extendió el brazo.

“¡No!” “¡Vamos, Ariel!… ¡Esa cosa te está volviendo loco!… ¡Dámela!” “¡¡¡Nunca!!! La barra de cereal es mi garantía de supervivencia. Ya lo dijo Darwin: la tierra tiene una fuerza interior que atrae los objetos hacia ella y por eso la llamó gravedad”.

“Ariel, el que dijo eso fue Newton. Y no lo dijo así. Estás confundiendo las cosas, che. ¡Entrégame la barra de cereal, por favor!” No aguanté la presión y me acerqué rápido a la mujer de Diogo, Iris, que estaba a sólo un metro de nosotros: “¿Y vos, Iris?, ¿no sentís un poco de hambre?…”, le guiñé un ojo, “¡Mirá que yo tengo comida, eh!… Cualquier cosa me avisás, ¿sí?” “Pero si recién comimos, Ariel”.

“Sí, sí… Pero ya sabés, si te agarra hambre…” “¿Qué pasa, Ariel?”, me interrumpió Diogo de pronto.

“Eeeh… Nada, nada. Me pareció que Iris tenía hambre”.

“No te preocupes por ella”.

“Sí, claro. Disculpá…”, respondí nervioso, “¿Y vos, Diogo?… ¿No tenés hambre, de casualidad?” “¡Basta, Ariel! ¡Entréganos la barra ahora!”, dijo el portugués y entre él y Diogo me arrinconaron.

“¡No, no! ¡Paren, che! ¡La barra no!” A la fuerza me sacaron la barra de cereal, rompieron el envoltorio y se la comieron de un bocado cada uno.

“¡Hijos de puta!”, pensé, “ahora sí estoy perdido”.

“Ariel,” me dijo el portugués después de tragar, “basta de estupideces. Ahora sólo caminas, ¿sí? Salimos de este tubo y enseguida encaramos la salida. La gente ya te está mirando raro. Me estás haciendo quedar muy mal. La mayoría acá son profesionales. Son casi todos arqueólogos. Entendé, che”.

Le mandé a la concha de su hermana y me alejé. Mi única salvación ahora era Susana, la mujer de Armando. Ella había repartido las barras de cereal y los chocolates. Me arrimé a ella despacio, como un lobo hambriento.

“Hola”, le dije.

“Hola, Ari. ¿Cómo la vas llevando?” “¡Como el orto, Susana!” “Pero ¿qué pasa? Si es todo tan lindo acá”.

“Susana, yo soy claustrofóbico. Para mí todo lo lindo está afuera de esta cueva”.

“Aguanta un poco, Ariel. No debe faltar mucho. Llevamos bastantes horas acá y hay gente mayor. Yo creo que ya estamos por salir”.

“Ojalá. Escucháme, ya que estamos, ¿no te quedó en la mochila alguna barra de cereal?” “No, ninguna. Mira, recién la di la última a Ana, la mujer de Benjamín. Quizá le quede algo a ella”.

“Pero si nos llega a pasar algo, ¿ya no tenemos más comida?” “Ya no. ¿Pero qué puede pasarnos?” “¡Puede subir el agua, Susana! El agua siempre sube”.

“No va a pasar nada. Estáte tranquilo. No estamos en temporada de lluvia”.

“¡Y dale con la lluvia!” “Pero es una cuestión lógica, Ariel: si no llueve no entra agua en la cueva. Deja de preocuparte por el agua”.

Entonces miré a Ana y vi que estaba abriendo el envoltorio de la barra.

“Ahora vuelvo”, le dije a Susana y salí apurado.

“¡Ana, Ana! ¡Esperá! ¡No te comas la barra!” “¿Qué pasa, Ariel? Tengo hambre”.

“¡Sí, sí!… Eeeh… ¡Pero yo también!”, se me ocurrió decirle.

“Bueno, compartimos entonces. ¿Te parece?” Ese comentario me tomó por sorpresa.

“¿Yo estoy loco, o la mujer de Benjamín quiere tener sexo conmigo? Seguro está desesperada como yo y se le ocurrió la misma técnica”, pensé.

Y entonces le dije: “Claro que sí. ¿Cómo no voy a querer acostarme con vos?… ¿Pero dónde lo hacemos?” “¿Hacer qué?”, preguntó Ana.

“Lo del sexo. ¿Dónde lo hacemos?” “¿Qué sexo?” “Mirá, Ana, yo conozco bien esta técnica. Yo la inventé. Conmigo no tenés que disimular. Nos perdemos del grupo unos minutos y listo”.

“¿De qué estás hablando?” “Ana, dejá de disimular. Puedo entender que estés un poco nerviosa. La idea de engañar a Benjamín conmigo no debe ser fácil de sobrellevar. Pero no van a ser más de cinco minutos, te lo prometo. Cuando estoy nervioso acabo rápido, ¿sabés?” “¡¡¡Benja, Benja!!!”, gritó Ana de pronto.

Apenas vi que Benjamín se acercaba a nosotros me alejé rápido. Miré hacia atrás y vi que Ana le decía algo a su novio al oído. Aceleré el paso. Me acerqué a Armando.

“Armando, ¿te sobra un cigarrillo? ¡Estoy desesperado!” “Claro, Ariel”.

Armando me pasó la bolsa con tabaco.

“Ya no queda mucho para salir. Supongo que eso te debe poner contento, ¿no?”, me dijo.

“Ni tanto, che. ¿Puedo quedarme cerca tuyo?” “Claro. ¿Pero qué pasa?” “¡Es ese loco de mierda de Benjamín!… Piensa que me gusta su mujer”.

“La gente es muy celosa, Ariel. No te preocupes. Quédate cerca mío”.

“No lo dudes. De acá no me muevo”.

Cuando miré hacia atrás lo vi a Benjamín irradiando odio mientras me miraba fijo.

“¡Mirálo!… ¡Fijáte cómo me mira!”, le dije a Armando.

Armando miró a Benjamín.

“Parece que está algo cabreado, sí. Pero no te preocupes, Ariel, las cuevas generalmente provocan eso: la gente saca lo peor de sí”.

“Por eso mismo tenemos que salir de esta cueva cuanto antes, Armando. Ayudáme a convencerlo a Pedro de que nos saque de acá. ¿Puede ser?” “No debe faltar mucho. Deja a Pedro tranquilo. Es mucha gente la que él tiene a cargo, no podemos molestarlo con asuntos individuales. Trata de esperar y de tener un poco de paciencia”.

No le respondí. Volví a acercarme a Pedro.

“¿Y, Pedro? ¿Cuánto le falta a esto?” “No mucho”, me dijo a secas.

“¿Por qué no vamos encarando la salida de una vez?” “En eso estamos, Ariel. Sólo nos falta atravesar este pasaje y después de eso ya salimos”.

En pocos metros el tubo se achicó más. De estar en cuclillas pasamos a estar prácticamente cuerpo a tierra. ¡Me quería morir! Me daba pavura mirar hacia adelante. Adentro mío imaginaba lo peor. Llegó un momento en que me encontré mirando el piso, mientras avanzaba, y pensando: “¡No mirés hacia adelante! Lo peor que te puede pasar ahora es saber que todavía te queda mucha distancia para salir de este tubo. Hacé como los nenes: ¡paso a paso! Sólo mirá el suelo y caminá”.

Cada vez que levantaba la vista me atragantaba: metros y más metros faltaban para que terminara el tubo, y la impresión que me daba era que cada vez se achicaba más. Entonces entré en pánico. Lo miré a Pedro fijamente, temiendo que de un momento a otro le diera un ataque cardíaco y quedara frío, tirado en el suelo. Pero Pedro parecía de hierro, caminaba firme la cueva y con tremendas botas que tenía puestas nunca resbalaba.

En un momento, por suerte, la cueva creció. Aparecieron cuatro nuevos caminos delante de nosotros. Entonces Pedro, comandado por un gesto de inseguridad que hasta ese momento no le había visto, se puso de pie, se acercó a la boca de uno de los caminos y miró concentrado. Movió un poco la cabeza, contrariado, y después se acercó a otra de las bocas. Volvió a mirar profundo. Sentí que dudaba. Se alejó y miró a través de la tercera posibilidad de camino. Volvió a sacudir la cabeza, como si se dijera a sí mismo: “¡No! ¡Por acá no es!” Pero no decía nada y a mí me desesperaba mantenerme en la ignorancia.

Entonces se acercó a la boca del último túnel que nos quedaba. El gesto no cambió.

“¡¡¡Puta madre!!!,” pensé, “¡¡¡este hijo de puta se perdió!!!… ¡¡¡Pedro se perdió!!!… ¡Ahora sí estamos muertos!… ¡¡¡Éstas son nuestras últims horas de vida!!!” Empecé a temblar entero, contra la pared color salmón de la cueva. Pero de golpe algo se me vino a la cabeza: “¡No puede ser! Este tipo no se puede perder acá porque todos sabemos que esta cueva es como su casa. Eso nos lo dijeron desde un principio… ¡Acá hay algo más!” Entonces una idea mucho más turbia y siniestra me endiabló: “¡Este hijo de puta lo hizo a propósito!” Punzado por un hechizo imaginario corrí hasta Pedro, lo agarré del traje a la altura del pecho y lo atraje hasta mí: “¡La reputa madre que te parió!,” le grité con furia a Pedro en el medio de la cara, “¡A mí no me engañás!… ¡Vos nos trajiste hasta este punto sabiendo lo que hacías!… ¡¡¡Lo hiciste a propósito!!!… ¡¿Nos querés matar, hijo de puta?! ¡¿Es eso?! ¡¿Es eso?!… ¡¿Nos trajiste hasta acá para matarnos?!… ¡Apenas te vi supe que eras un enfermo!” Pedro reculó con la cabeza y no me di cuenta de que en realidad estaba tomando envión. Apenas llevó la nuca bien atrás, arreció con la frente y me pegó un tremendo cabezazo en la cara. Caí contra la pared de la cueva todo destartalado y lo vi a Pedro venir hacia mí con un gesto de rabia terrible. Entonces me pegó dos trompadas: una la atajé con la nariz y la otra con el ojo derecho. Todos se le fueron encima a Pedro para frenarlo. Aproveché el momento para salir corriendo cueva adentro. Enseguida encontré las cuatro bocas que se abrían como nuevos caminos, elegí la de la izquierda sin pensar realmente si me convenía. Por suerte el camino que elegí era bastante amplio y pude avanzar a buena velocidad. Corrí tanto como me permitía la cueva hasta sentir que había pasado el peligro. Cuando supe que nadie me seguía aminoré la velocidad y retomé lentamente la postura y la respiración. Recién ahí me sentí tranquilo. Entonces seguí cueva arriba con más serenidad. Pero a los pocos metros el tubo se redujo gradualmente y unos minutos después me encontré conque el camino se terminaba. De golpe las paredes de la cueva comenzaron a reunirse hasta formar un punto concéntrico, infranqueable. La respiración y el pulso cardíaco me cambiaron de golpe. Cuando deduje que no había más camino que volver hacia el grupo me estremecí. Entonces los pensamientos calientes comenzaron a descender: “No tenés agua ni comida. Los únicos objetos útiles que te quedan son el casco y las cuatro pilas… ¿A que esto no lo pensaste bien cuando decidiste salir corriendo, maricón?” “¡No vengas a joder ahora!”, le dije a mi consciencia.

“Esto es lo que va a pasarte: primero vas a sentir sed, profunda sed, y después hambre. Eso es una combinación letal en cualquier lado, pero en una cueva sin salida… bueno… en una cueva sin salida ni te cuento lo letal que se puede volver”.

“Agua sobra. Hay agua en todos los agujeros de las piedras”.

“Eso es verdad. Con el agua vas a andar bien. ¿Pero el hambre? ¿Cómo pensás apalear eso?” “¡Yo sabía que la barra que se comieron esos dos hijos de puta sería necesaria!” “Pero te la dejaste sacar. Y ahora ya es tarde. Antes de sentir hambre en serio vas a comenzar a enloquecer por la inminente falta de alimento. Pero eso no es lo único, porque después se te van a acabar las baterías, y cuando eso pase… me da lástima decírtelo… pero cuando eso pase te vas a encontrar sentado en el piso de esta cueva, apoyando la espalda contra la pared y preguntándote si no hubiese sido mejor quedarse a pelear contra Pedro para poder retomar el camino hacia atrás, hacia la entrada, que en este caso es la salida”.

“¡Olvidáte! Estoy seguro de que Pedro ya los mató a todos”.

“¿Y si no los mató?” “Imposible”.

“Bueno, para allá no podés seguir porque la cueva se termina. Así que no queda más remedio que volver”.

“Ya lo sé”.

“¿Y qué vas a hacer?” “Voy a esperar un rato”.

“Tenés razón: esperar un rato soluciona siempre los problemas”.

Cuando entendí que mi otro yo tenía razón, me repuse y deshice el camino paso a paso. Avancé cueva abajo pensando en que al llegar me encontraría con todo el grupo muerto, asesinado por Pedro. ¡Ese hijo de puta se lo había planeado todo muy bien!

“¿Y si todo fue un error?”, me preguntó mi consciencia.

“¿Qué querés ahora?” “¿Y si no fue así?… ¿Si todo esto fue producto de tu imaginación?… No olvides que estabas bastante nervioso”.

“Son cosas distintas. Me puse nervioso, sí, pero Pedro me atacó de verdad. Me partió la nariz y me puso un ojo negro. ¡Llevo las pruebas en la cara!” “Sí, se ve clarito. Debe pegar fuerte, Pedro. Tenés la cara arruinada. Pero no creo que haya sido como vos creés”.

“¡A la mierda! ¡Volvamos!”, le dije a mi consciencia y retomé el camino despacio.

“¡Eso! Volvamos así podemos saber qué fue lo que pasó con los demás”.

“Para mí están muertos”.

“Yo tengo mis dudas”.

“¡Vos dudás siempre!” “Sí, puede ser. Pero no podés negarme que te mantuve vivo hasta hoy”.

Sentí que tenía razón.

Deshice el túnel paso a paso. Cuando sentí que me acercaba al final, me pareció ver luces que resplandecían contra las paredes.

“¡Mierda!, alguno debe estar vivo porque las luces se mueven”.

“¡Te dije!” Llegué hasta el final del túnel y asomé la cabeza. Escuché voces. Me quedé estático y paré la oreja: “Sí, Pedro, yo te entiendo. Te pido disculpas por traer a Ariel a este paseo. Pero lo importante ahora es encontrarlo. Ariel tiene un hijo de seis años, no podemos dejarlo abandonado en la cueva. Yo sé bien que es un pelotudo, viví más de cuatro meses en su casa. No hace falta que me lo digas. Pero no podemos dejarlo acá”.

“¿Pero tú viste cómo lo agarró del cuello a Benjamín?… ¡Encima de todo creía que era yo!… ¡Ese muchacho está perdido, David!” “¡A mí me importa un carajo que esté perdido! ¡Se quiso coger a mi mujer! Si lo veo lo mato. Tiene suerte de que sólo le haya metido dos trompadas”, escuché que decía Benjamín.

“¿Escuchaste?,” me dijo mi segunda voz, “¿te diste cuenta de que te creíste cualquier cuento?” “¿A mí me pegó Benjamín? ¡No lo puedo creer!… ¿Pero por qué lo agarré a Pedro del cuello entonces?” “No era Pedro. Estabas tan nervioso que pensaste que era Pedro, pero era Benjamín”.

“¿Seguro?” “Si tenés dudas salí. Da la cara y preguntá”.

“No, gracias”.

“En algún momento va a tener que pasar eso, ¿no?” “Aguantá un poco”.

“Dale, salí ahora”.

“¿Te parece?” “Claro que sí. Salí, dale”.

Mi consciencia me animó y entonces abandoné el túnel.

Pedro estaba de espaldas a mí cuando salí de la cueva. Al portugués lo tenía de frente.

“¡Ahí está el hijo de una gran puta! ¡Mirálo!… ¿Te lo dije o no, Pedro?…”, dijo David.

Pedro giró la cabeza y entonces me vio. Benjamín también, y se me vino encima: “¡La puta que te parió!”, gritó y me tiró una trompada.

Lo agarraron entre todos.

“¡Ya está!… ¡Ya está!”, escuché que le decía Anita, su mujer.

“¡Ya está un carajo!… ¡Lo voy a matar!” “Basta, Benjamín,” dijo Pedro, “dejalo tranquilo que está nervioso”.

“Nervioso va a estar cuando termine de estropearlo. ¡Éste es argentino como yo! ¡Sabía bien lo que hacía cuando le hablaba a mi mujer!”, gritó Benjamín y por suerte me lo sacaron de encima antes de que me vuelva a pegar.

“Disculpá, Benja”, me defendí.

“¡No me digas Benja, la concha de tu madre!” Entre Pedro y Armando llevaron a Benjamín hacia un rincón. Pasados unos minutos en los que todos me miraban como si fuese un enfermo, la cosa pareció calmarse.

En eso se acercó David.

“¿Ya estás más tranquilo?”, me preguntó.

“La verdad que no”.

“¿Cómo se te ocurrió agarrar a Benjamín de las solapas?” “Todo fue una confusión. Creí que Pedro estaba perdido. El tipo no dejaba de mirar las cuevas y de dudar. Pero después, con tanto nerviosismo que traía yo, me comí el rollo de que Pedro nos había llevado hasta el centro de la cueva para matarnos, entonces fue que corrí hasta él y lo agarré de las solapas”.

“¡No, che! ¡¿Cómo se te ocurre que Pedro se puede perder?! Si hace más de veinte años que camina esta cueva”.

“Pero no dejaba de mirar y de mirar y no tomaba ninguna decisión. El tipo parecía realmente perdido. ¡Entonces me volví loco!” “No es por eso que miraba. Pedro no viene acá todos los días. Si miraba era para saber cómo están las cosas después de algunos años. Es sólo por cuestión de curiosidad profesional”.

Miré a los ojos a David. Sentí que decía la verdad.

“¿Seguro?” “Claro, Ariel. Para Pedro esta cueva es su casa. ¿Vos podrías perderte en tu propia casa?” “Sí, claro. Me pasó varias veces”.

“Eso es porque bebes. Pero ¿por qué atacaste a Benjamín y no a Pedro?” “Eso no lo sé”.

“Bueno, deja de hacer estupideces. No falta mucho camino. Cuando menos lo esperes estamos afuera”.

“No veo la hora”.

“No es la primera vez que estoy acá. En menos de cinco metros este túnel se termina. Entonces vamos a estar en las galerías donde comenzamos. Confía en mí”.

El portugués no mentía, a pocos metros el tubo terminó. Reconocí enseguida que ya habíamos pasado por ahí. Entonces volví a respirar. En eso se me acercó Benjamín, ya más calmado.

“¡Che, pelotudo, ¿qué le dijiste a mi mujer?!” “Nada, papá. ¡Cómo se te ocurre!” “¡No te hagás el gil!” “¡Estaba desesperado!… ¡Entendé!” “¡No te hagás el gil! ¿Está bien?”, repitió y volvió junto a su mujer.

“¡Marica!”, pensé.

Recorrimos las galerías en sentido contrario. Enseguida nos encontramos frente a la gran pendiente que nos llevaría a la salida. Sólo faltaban unos cincuenta metros hasta llegar a las escaleras de metal, las mismas que nos habían introducido en las fauces de la tierra. Pero en eso sentí que Pedro invitaba a algunos integrantes del grupo a recorrer un sector privilegiado: “Lo único que tienen que hacer,” dijo, “es arrastrarse cuerpo a tierra unos quince metros contra la arena hasta encontrar algo estupendo. ¡No se van a arrepentir! ¡Créanme!” Entonces se alejaron cuatro o cinco personas del grupo, junto a Pedro, hasta dar con la entrada de este nuevo lugar. De curioso, los seguí.

“¡Ariel, no se te ocurra entrar ahí!”, me dijo Ana en un momento, justo cuando Benjamín estaba distraído, “¡eso no es para vos!” “No te preocupes, Anita,” le dije, “sólo quiero conocer la entrada de un lugar en el que nunca voy a meterme”.

Seguí a David, Diogo, Benjamín y otro más hasta dar con la entrada del lugar al que Pedro había invitado. Era aterrador: la montaña apretaba contra el suelo hasta dejar no más de cincuenta centímetros entre la arena y las rocas. Entonces todos se tiraron al suelo y comenzaron a reptar. A los pocos segundos habían desaparecido de nuestra vista. Un minuto después sólo se escuchaba el murmullo que devolvía el hueco.

“¡Ahora, Ariel!”, dijo Pedro de pronto y se acercó a la entrada del hueco, “¡Ayúdanos a tapar!” “¿Qué cosa?” “La entrada. ¡Vamos!… ¡Trae arena! ¡Mucha arena!” Me volví loco.

”¡¿Les van a tapar la salida?!” “Sí, es una broma”, me dijo la mujer de Pedro, riéndo.

“¿Una broma?… ¡Esto no es una broma!… ¡Los estamos sepultando, carajo!” “Tranquilo. Esto es normal para nosotros”.

”¡¿Los arqueólogos bromean así?!”, la agarré fuerte del brazo.

“¡Sí, claro!… No te preocupes, lo hacemos siempre que traemos gente nueva a las cuevas”.

De pronto recordé que Benjamín estaba adentro del agujero. Me brillaron los ojos de alegría.

“Bueno, ¡qué mierda!… ¡que se mueran todos sepultados!”, pensé y empecé a juntar arena para tapar la entrada.

Una hora después estábamos afuera de la cueva. Yo respiraba la libertad de la sierra mientras todos tomaban agua y se reían cada vez que me miraban. El portugués se acercó y me dijo algunas palabras de consuelo.

“Escucháme, David: estuvimos cerca de siete horas en la cueva y yo nunca escuché respirar la tierra como a una loba en celos como me dijiste”.

“¿Y ahora?”, me preguntó.

“¿Y ahora qué?” “¿No la escuchas respirar ahora?” “Ahora sí. Pero en la cueva no la escuché”.

“Eso que te dije era una metáfora, Ariel. La tierra respira acá, acá afuera. Eso hace que todos, tarde o temprano, quieran salir a la superficie. Es una frase que usan los arqueólogos para darse ánimo, ¿entiendes?” “No. La verdad que no”.

“Yo tampoco la entiendo. Sólo la repito porque mis padres son arqueólogos”.

“Tenés que dejar de tratar de parecerte a tus padres, che”.

“Sí, tienes razón”.