Rabia

Premios y castigos

La economía emocional de la infancia

En la resistencia está la fuerza. Soportando el sufrimiento, los músculos se hinchan, se vuelven sordos y obtusos, y se preparan para la batalla siguiente, siempre creyendo que será más violenta que la anterior; siempre que se sobreviva, la batalla siguiente será peor. Así se construyen un espíritu, el hombre más todo lo que lleva adentro. Resistencia. Resistencia y fortaleza. Fortaleza.

Mientras cae el látigo, soberbio, el hombre se agarra a la madera. No está atado a nada. Tiene libres los pies, tiene libres las manos, tiene libre el cuerpo… lo único que no está libre es la mente. Debido a algo que no logra entender, no es capaz de girar y de enfrentar a su amo. No lo intimida el látigo, lo viene recibiendo hace más de media hora y sabe que no lo mata. No. No es el látigo. Lo domina una costumbre. Un ejercicio permanente al que fue sometido. Quizá desde niño, cada vez con más violencia conforme se fortalecía y crecía. O quizá no. Quizá comenzó a recibirlo de grande, pero con tanta intensidad primaria que quedó sorprendido y amedrentado. No sabe por qué, todavía. Lo único que sabe es que su liberación depende de una decisión. El problema es que esa decisión demora, no llega. No sabe tomarla. No puede tomarla. No le enseñaron nunca a tomarla. Parece mentira, pero le resulta más fácil recibir el latigazo que afrontar las medidas necesarias para alcanzar su libertad. Lo construyeron con temor. Uno más entre todos nosotros. Mientras recibe castigo, sabe que la misma mano que sube y baja hasta su espalda al rato bajará todavía más y pondrá un plato de comida sobre el suelo y lo dejará con ella y con lo que piense. Quiere soltarse desde hace años. Piensa variantes, resultados imaginarios donde triunfa, donde pone las cosas en su lugar y sale caminando, tranquilo, fumando un cigarrillo que le robó a su amo después de matarlo. Le duele masticar la comida; le duele en el medio de la espalda; le sacaron hasta las ganas de comer, que son las ganas mismas de vivir. Ahora, seco, siente el alimento también como un castigo. Entiende que el castigo alcanza todos sus movimientos cotidianos. Entiende que es doblegado incluso mientras duerme. Ahí, cuando duerme, son los sueños los que se encargan de eso… ¡sus propios sueños sueñan que le pegan más y más! No hay momento del día en el que se sienta a salvo o a descanso. Así, de esta forma, desde hace años.

Cuando el castigo es exagerado, le mejoran la comida. Con el tiempo, empieza a desear el castigo exagerado. Es sencillo: ese momento en el que mejoran su alimento se vuelve un instante en el que se siente respetado. Siente que lo premian. Siente que es querido. Piensa en los premios y en los castigos. Hace, hasta lo que cree, todo bien. No entiende, entonces, el castigo; y no entiende, menos que menos, que lo premien a partir del exceso de castigo. Conoce así el absurdo e intenta desarmarlo pieza por pieza para conocer su funcionamiento: como hacen los nenes con los juguetes que no entienden. Quita primero los tornillos, los coloca a un costado para que no se le pierdan; desensambla después la carcasa, pone los tornillos adentro, ahora están todavía más seguros, las piezas metálicas que dan seguridad para que la máquina funcione ajustada y contenida ahora están a salvo; puede ver los objetos que componen el absurdo: metal y plástico: como un motor; desconecta una manguera, otra y otra; la máquina del absurdo está ya sin alimentación; la observa: nada; decide ir directo al motor que la moviliza y energiza para que funcione; saca la tapa del motor, pone los tornillos con sus tuercas adentro de la tapa del motor del absurdo, ya están protegidos: no sabría qué hacer si no logra armar esa gran máquina a la hora en que vuelve su amo; ya no lo convence el mejoramiento del alimento: esa paliza, la que venga después de intentar saciar la duda madre, la del funcionamiento del absurdo, sabe que lo va a matar; se vuelve un mecánico de vida o muerte: o lo arma antes del amanecer o muere; mira los pistones, no ve más que pistones; controla los aros, las bujías, todo; ve, cuando ve el motor del absurdo, sólo un motor; pieza a pieza, lo rearma, lo ensambla; tranquilo, ahora, se echa sobre la paja del establo a pensar. “El objetivo inicial…”, intenta recordar cuál era el objetivo inicial que lo llevó a desarmar la máquina del absurdo… “Debilitarla”, recuerda.

Se hizo, como siempre, el día. Todo recomienza cuando recomienza el día; todas las actitudes vuelven a repetirse. Se ve, de golpe, higienizándose como ayer. Se ve, de golpe, recomenzando el día nuevo igual que ayer. Siente, de golpe, que él no es el mismo; sólo el día es igual que ayer. Él ya sabe lo que tiene que hacer y por eso ya no es el mismo. “Debilitar”, piensa. “Debilitar”. Sale al día, como siempre, y hace lo mismo que ayer. Pero nota en cada movimiento algo distinto. Nota, y se lo guarda bien adentro y para sí, que modifica lentamente un porcentaje de aquello que conforma el total de cada movimiento. Con cada acción que acomete, abre una parte de un nuevo camino: quita un arbusto que estorbaba la visión necesaria para la liberación. “Debilitar”, piensa. Entierra la pala y se sorprende: sin disminuir la eficacia del trabajo requerida por el amo, logra asir una milésima de segundo con cada palada, milésimas que, juntas, le dan tiempo para pensar una estrategia para debilitar. ¡No lo cree! ¡Imposible!: palada a palada, comprende, comienza a ganar segundos. Los segundos, al rato, llegan a un minuto. Su corazón palpita. “¡Debilitar!”, piensa; grita dentro de su pensamiento: “¡debilitar!” Ahora entiende que al comprender el funcionamiento de la máquina del absurdo puede tejer una estrategia para debilitarla despacio, sin que caiga, la máquina, en la cuenta. Comienza a creer en el conocimiento. ¡Nunca había ni sospechado para qué podría servir el conocimiento! Ahora sí. Y lo ha conocido solo. Siente que despega de la superficie en la que están parados y trabajando los demás, los que lo rodean. Manjar. Cree volar y aletear. “Debilitar”: por primera vez en años, sonríe mientras trabaja. A las horas de eso: por primera vez en la historia, se ríe de lo que piensa mientras trabaja. “Debilitar”, piensa y se ríe de lo que piensa, que es lo que ve porque lo comprendió. Siente que su espalda se ensancha. Entiende que se ha vuelto resistente, tan resistente se ha vuelto ya que no hay comida que puedan extenderle terceros que satisfaga sus necesidades. Ahora, lo siente en el estómago, sólo él va a conseguir la comida que requiere su nueva estructura general. ¡Recobró el instinto! Entiende que recobró el instinto. Y, lejos de asustarse, siente que los ojos se le inyectan e hinchan. Gana visión, operatividad, estabilidad y frialdad. Se detiene en frialdad: de todos los sentimientos, ése es el que más lo cautiva. Ha logrado volverse frío. ¡Siente animal! Al fin todo su derredor se ha vuelto presa. Pala, instinto, pala, instinto, pala, instinto, pala, instinto, pala, instinto, instinto, pala, instinto, pala, instinto, instinto, instinto, instinto, pala, instinto, instinto, instinto, instinto, instinto, instinto, instinto, instinto, instinto… ¡suelta la pala por primera vez en su historia!… Infla el pecho, ¡ha comenzado a llover! El cuerpo se le llena de aire, de agua. Lleno. Por primera vez sin comer, lleno. No siente hambre. No sabe lo que es hambre y nunca lo supo mejor que en ese segundo.

¡Saltan las alarmas! El amo viene hacia él. Ve el látigo a lo lejos. La opresión y el temor que la inercia le genera encuentran una nueva resistencia en él y son repelidas. Tiene unos segundos de confusión. Sin mover un músculo, ve, entiende, comprende, reduce al elemento más fuerte que blande históricamente la sumisión: temor al castigo. ¡Ya no teme! Con la ausencia de temor presencia libertad. No entiende. Tiene pocos segundos más para entender y dar batalla. La última. La batalla que lo libera o la que lo mata. ¡La mejor de las batallas! ¡Eso es lo que entiende!: que después de esa pelea cuerpo a cuerpo llegará a su deseo. No sabe bien por qué pero automáticamente se irgue. Se desdobla su espíritu y gana un volumen insólito. El amo, que viene al trote hacia él con la seguridad que le da la historia que practicó, nota algo nuevo y contiene un poco el paso frondoso que llevaba desde que escuchó la alerta. No entiende. Por primera vez, el amo no entiende. Ve algo más grande de lo que esperaba y sabe que no vino armado para el caso. Siente bien adentro que se descuidó durante el último tiempo, que dejó de pensar cada movimiento, y que al hacer eso, al dejarse llevar por esa comodidad intelectual, lo que suceden son accidentes. El amo está frente, por primera vez, a un accidente y siente soledad y desprotección.

Ve venir al amo. Con tanto instinto ganado, no le resulta difícil saber que el amo se ha desprotegido durante el último tiempo. Reconoce fácil la grieta para salir de la tumba. Lejos de intentar encogerse para asimilar el golpe, lo que hace es expandirse, volverse volátil, hacer puerto entre la carne y el gas, conociendo que puede esquivar el golpe que tiene su nombre. Un segundo antes de que lo ataquen a sangre fría, sonríe. Está confiado. ¡Confía! Como ganada con una palada que comprende cómo funciona la máquina del absurdo, esa milésima de segundo le brinda tiempo de comprender que puede con el enemigo. ¡Se infla más! No entiende qué le insufla el espíritu de guerra, pero sabe que no queda nada más para hacer que dejarse llevar y confiar en una nueva capacidad del instinto lograda en la desesperación de decomisar el funcionamiento de la máquina del absurdo. ¡Grita!

El amo contrae la furia de su caballo y lo obliga a dudar. El animal está desorientado por primera vez. Relincha, entorpece el paso… regala terreno fresco al enemigo.

Con el caballo del amo confundido, no ve mejor momento para dar el golpe de gracia. Enrosca su cuerpo como una serpiente cuando ve que el enemigo se aproxima, da el grito de guerra y arremete finalmente.

Cuando apaga el cigarrillo, mientras sonríe, que le robó a su amo después de matarlo con sus manos, no entiende cómo no pudo reunir antes la valentía para tomar la decisión que lo acabó por liberar.

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