Cuentos del subsuelo

Desaparición de un pony y de un pato en el recital del Indio

Dedos, vino y Gualeguaychú

Llegamos el jueves a las seis de la mañana a Gualeguaychú. Habíamos hecho dedo durante trece horas; lo logramos en seis tramos. Desde la SHELL de General Paz hasta la YPF de Panamericana. De la YPF de Panamericana hasta el Peaje de la Ford. Desde el Peaje de la Ford hasta la Rotonda de Campana. De la rotonda de Campana caminamos hasta el peaje del Puente de Zárate Brazo Largo. Desde el peaje del Puente de Zárate Brazo Largo hasta el puesto de la Policía caminera que está después del segundo Puente de Zárate Brazo Largo. Y el sexto tramo lo hicimos de un tirón gracias a unos borrachos medio podris que nos llevaron en la parte de atrás de la camioneta, una Peugeot del setenta, que nos dejaron en la Avenida Costanera de Gualeguaychú, a cien metros del puente que cruza el río de la ciudad. Llegamos helados y recagados de hambre. Lo único que teníamos era las entradas del recital, las carpas, una caja de tres litros de vino, una bolsa grande de carbón y $207 que juntábamos entre los cinco. Sabíamos que no iba a alcanzar. Lo que no sabíamos con certeza era el momento en que se acabaría. Uno decía que con esa guita tirábamos hasta el sábado, otro creía que con la ayuda del resto de las 140.000 personas que se decía iban a llegar en los próximos días, y si sabíamos inducirlas con habilidad a que nos den una mano, íbamos a estar bien, y yo, que no me doy bien con la esperanza, confiaba en que esa misma noche debíamos robar comida en algún lado, en lo posible sin caer presos, porque si nos agarraban lo más probable sería que nos soltaran el Lunes, cuando ya hubiese terminado todo y no quedara más gente en ningún lado, lo que ponía en situación normal cualquier hecho delictivo que quisiésemos encarar.

Gané la apuesta.

La mano vino así: Compramos algo para desayunar y para almorzar. Con eso se nos fue casi la mitad de la plata. Cruzamos el Puente y nos internamos en el Parque Unzué para buscar un lugar donde armar las dos carpas. Mientras montábamos las chozas de lona nos metimos el desayuno. Y para cuando terminamos de armarlas nos comimos lo demás. Una hora antes del mediodía ya no teníamos comida. Con el estómago lleno, fue demasiado difícil decirle que no al ñato que nos vendió los 25 gramos de porro a $95. Y ahí, con ese intercambio eufórico, ¡nos metimos el tiro de gracia! Fumamos toda la tarde y para las seis había menos de la mitad de vino adentro de la caja. “¿Si lo mezclamos con agua de la laguna para que dure un rato más?”, preguntó uno. “Dale, traé”.

El sabor cambió un poco pero se dejaba tomar. Lo tomamos.

Cuando cayó definitivamente el sol, nos quedaban cinco porros armados y $22.

Al que preguntó qué íbamos a cenar lo cagamos a trompadas.

Mandamos a las dos mujeres hacia el centro con los $22 y un porro: ambas cosas debían ser trocadas por alimento. Si además volvían con vino, seguro era porque se prostituyeron.

Volvieron con dos paquetes de galletitas de agua, tres latas de picadillo de carne y una botella de vino malo que le cambiaron a unos pendejos por el porro (así nos dijeron, pero habían tardado más de dos horas…).

Cenamos en paz.

Con la botella de vino se fueron dos de los cuatro porros que quedaban. Y como el viaje había sido tan cansador nos convencimos rápido unos a otros de que lo mejor era irse a dormir. Lo hicimos. Las dos mujeres en una carpa y nosotros tres en la otra.

Nos cagamos de frío toda la noche.

El viernes nos despertó la música de Los Redondos cerca del mediodía, era impresionante la cantidad de carpas que había a nuestro alrededor. “¡Uy, la mierda!”, dijo uno mientras se desperezaba, “¡tengo un hambre!” “Yo también”, dijo el otro.

El primero se acercó al paquete vacío de galletitas de agua y vació las migas adentro de la boca: ¡con ese movimiento, toda la comida y la plata se había terminado! “¿Qué carajos vamos a hacer?” “¡No tengo ni la más puta idea!” “Vamos a dar una vuelta. Algo tiene que aparecer… Hay mucha gente”. “Están todos como nosotros”, dije. “Dale, papá, metéle ganas”. “Vamos”.

Salimos los tres hombres de la comunidad a conseguir el alimento que convenciera a nuestras hembras de procrear con nosotros. Salimos confiados.

Volvimos a las dos horas con las manos vacías.

Las dos mujeres estaban tomando mates con unos rolingas que habían acampado al lado nuestro y ni siquiera se nos acercaron a saludarnos. ¡Ya las habíamos perdido! Las muy hijas de putas habían logrado ser aptas al medio que nos condicionaba. Nosotros no. Y no nos dio la cara para ir a pedir desayuno también, así que nos sentamos y nos fumamos los dos porros que quedaban de pura bronca contra ellas.

El resultado fue nefasto.

Muy pronto, la bronca se nos volvió hambre cavernícola. Y ahí comenzaron los nervios.

Técnicamente, más que salir a robar comida nada había para hacer. Hicimos eso. Primero nos convencimos entre nosotros y después hicimos eso. Uno agarró el cuchillo y se lo metió en la campera. Otro agarró el paquete de cigarrillos empezado que quedaba y el encendedor y se lo metió en un bolsillo del pantalón. Yo, después de pensarlo bien, tuve el reflejo de llevar el documento para poder mostrarle algo a los que nos metieran en cana.

Encaramos con determinación a través del parque Unzué, con destino impredecible. Una a una, las carpas iban quedando atrás. Mejor dicho, una vez que corroborábamos que nada había para robarles a los acampantes, las carpas iban quedando atrás. Así con todas hasta que llegamos al lago que está en el medio del parque. Resultó que, o los tipos y tipas estaban igual que nosotros o todos habían tomado la precaución de esconder bien los recursos alimentarios que habían traído consigo para pasar el fin de semana entero sin que les pase lo que nosotros estábamos padeciendo: ¡hambre feroz! Llegamos hasta el lago vencidos. Habíamos caminado más de mil quinientos metros y las posibilidades de comer estaban cada vez más lejos. El porro nos había pegado más duro todavía cuando pasamos al lado de una parrilla que hacía crepitar dos tiras de asado y un pollo abierto a la mitad. Inconscientemente, nos detuvimos a fumar un cigarrillo a dos metros de la carne. No pensábamos en nada, sólo el olor nos retuvo y confundió un poco. “¿Y si probamos pescar algo?”, dijo uno mirando el lago y cuando vio al pato que pasó nadando tranquilo quedó hipnotizado. Lo miró unos segundos más y se acercó a la orilla. El pato, que cada tanto se sumergía y después volvía a salir a la superficie con la misma paz que lo hizo siempre desde el día que había nacido, no se dio cuenta de nada hasta que sintió que lo manoteaban del cogote y se lo retorcían. Volvió hacia nosotros con el pato muerto adentro de la campera, chorreando agua por el pantalón. “¿Dónde lo limpiamos?”, dijo. “¡Sos un hijo de puta!” dije yo. “Vamos a limpiarlo acá”, dijo el otro.

Entre los dos, y en no más de cinco minutos, resolvieron las tareas de pelarlo y de limpiarlo. Yo salí corriendo a buscar alguna bolsa de nailon para esconder las pruebas durante el recorrido de regreso.

El almuerzo estaba resuelto. “Nos regalaron un pollo”, les dijeron a las mujeres que estaban con nosotros, cuando llegamos a nuestra aldea.

Las chicas saltaron de alegría. “¡Uy, qué bueno! Nosotras conseguimos otro vino mientras ustedes no estaban!”, gritaron.

Los vecinos nos prestaron la punta de la parrilla y nosotros agregamos algo de nuestro carbón al fuego que ya estaba encendido. “¡Che, ese pollo es bien oscuro, ¿no?!”, me dijo el que nos prestó la punta de la parrilla mientras atizaba las brazas. “Nos dijeron que era de campo”, le solté. “La verdad que se le nota”, dijo. “¿Tenés un limón para prestarnos, de casualidad?”, pregunté. “¿Sabés que no, loco? Trajimos un par de naranjas, nada más”. “¡Uuuh, joya! ¿Me las prestás?” “¿Pollo con naranja? ¿Estás seguro?” “Pruebo y después te cuento… ¿Sí?” “Como quieras. Si total lo comés vos”.

Almorzamos Pato a la Naranja con un exquisito Michel Torino que nos habían conseguido nuestras chicas.

De a uno, las carpas nos fueron tragando a todos.

Nos despertamos hacia las siete.

Después de restregarnos un poco los ojos identificamos a nuestras mujeres bailar en el medio de una ronda de ricoteros, no menos de siete, y la música sonaba al palo. Apenas nos vieron vinieron hacia nosotros a los gritos: “¡Miren lo que conseguimos mientras ustedes dormían!”, dijeron. “¿Qué cosa?”, preguntó uno. “¡Tres damajuanas de vino!”, dijo una y señaló hacia el costado de nuestra carpa, mientras la otra sonreía con orgullo.

Efectivamente, ahí estaban: dos damajuanas de vino tinto y una de blanco.

La comunidad estaba funcionando a la perfección… Ya no nos importaba si ellas irían a acostarse con nosotros tres si les conseguíamos alimento, porque mientras ellas siguieran consiguiendo vino, nos daba lo mismo si se encamaban con toda la familia del Intendente de Gualeguaychú, incluso él. “Ellas por el vino y nosotros por la carne”, parecía ser el plan del fin de semana. La comunidad avanzaba a tranco firme y ya sólo nos faltaban 24 horas para que el Indio empezara a tocar. Nos pusimos a bailar los cinco al ritmo de las canciones de los Redondos que nos llegaban desde todas las carpas que teníamos a nuestro alrededor.

Entre vino en damajuana y Redondos, se esfumaron seis horas más. Sobre la medianoche notamos que comenzábamos a quedarnos solos en la pista de baile que se había organizado en el Parque Unzué, porque lentamente la gente se iba arrimando a sus carpas para encarar la bendita cena. Y nosotros, recién en ese momento, caímos en la cuenta de lo difícil que es vivir en una comunidad con distribución específica de tareas. “¿Qué carajos vamos a cenar?”, preguntó uno mientras el otro guardaba en la campera el cuchillo. “¡No tengo ni la más puta idea!”, respondí mientras confirmaba que mi documento siguiese en el bolsillo de mi pantalón y le decía a nuestras mujeres que esta vez intentaran conseguir también algo de tabaco porque el paquete estaba vacío. “Tomá, lleváte éste”, me dijo una y me guiñó un ojo, “también lo conseguí mientras dormían”. “Gracias. Nos vemos en un rato”. “¡Traigan algo bien rico!”, dijo la otra antes de empezar a besar a un ricotero de pelo largo. “¡Ojalá…!” Como antes, después de atravesar las carpas apareció la laguna. El cazador de la comunidad, cuchillo en mano, abusando de la oscuridad, iba y venía por la orilla; iba y venía, iba y venía, iba y venía… ¡algo andaba mal! “¡Che, ¿ustedes saben si los patos dejan de nadar a la noche?!”, preguntó. “¡Ni la más puta idea, tengo! ¿Vos sabés algo?”, dije y lo miré al tercero. “¿Yo? ¡Si ni siquiera sabía que los patos se podían comer…!” “¡Sin los patos cagamos, eh!” “Insistí un poco más”, dije, “uno tiene que haber”. “¡Acá no hay un carajo!” “¿Estás seguro?” “Vení y fijáte vos”.

Me acerqué. “Tiene razón, che”, le dije al tercero, “¡acá no hay un carajo!” “¿Y qué hacemos, entonces?” “No sé. Después del pato de la mañana yo me había quedado tranquilo… Pensé que era cuestión de venir y ¡zas!… ¡a la parrilla!” “Bueno, ¿y qué hacemos?”, dijo el que ayudó a limpiar y desplumar el pato al mediodía. “¡No tengo ni la más puta idea!”, dije. “Sigamos caminando”, dijo el cazador, “en una de esas…” “En una de esas, ¿qué?”, pregunté. “¡Y yo qué mierda sé! ¡En una de esas cenamos otra cosa!” “¡Ojalá, papá! ¡No sabés el hambre que tengo!”, dijo el otro. “¡Vamos!” “¡Vamos!” “¡Vamos!” Estuvimos de acuerdo los tres.

Rodeamos el lago. Tres kilómetros. Cuando al fin estuvimos del otro lado, las luces de la zona donde estaba nuestro campamento casi no se veían. Delante nuestro apareció una buena porción de campo y recién a unos setecientos metros de distancia desde donde estábamos parecía que el mundo volvía a ser el mismo que habíamos abandonado al salir a buscar algo para cenar. Encaramos hacia ahí. Prendí un cigarrillo y nos lo fuimos pasando de mano en mano. Cuando se apagó, hicimos lo mismo con el siguiente. Al séptimo cigarro, nos topamos con un portón que tenía una casa a ciento cincuenta metros campo adentro. Golpeamos las manos. Nada. Ni un puto perro nos vino a correr. Repetimos. Nada. El cazador saltó el portón y yo entré en una especie de pánico. “¡Pará, pelotudo!”, dije, “¡mirá que acá nos matan a escopetazos!” “¡Dale, cagón! ¡Acá no vive nadie!” “Tiene razón. Nos van a matar”, dijo el otro.

El cazador se internó unos cien metros adentro de la estancia y nosotros, recién ahí, lo imitamos. Corrimos la distancia que nos separaba hasta alcanzarlo. “¡Da valor el hambre, ¿no?!” “¡Dale, pelotudo! ¡¿Qué mierda te pensás llevar de acá?!” “Vamos a ver… Algo debe haber”. “¡Ojalá!”, dije.

Cuarenta metros antes de la casa, encontramos un establo. Nos asomamos por encima del portón. No se veía nada. “¡Dale, pelotudo, volvamos de una vez!” “¡Aguanten! ¡Aguanten!” Lo vimos trepar y desaparecer del otro lado de la verja. Nos quedamos, el pelapatos y yo, estáticos unos minutos; no teníamos fuerzas para saltar dentro del establo ni ganas de llamarlo por no alertar a nadie. En eso escuchamos unos ruidos metálicos y el portón se nos vino encima despacio. Saltamos hacia atrás como dos buenos cagones y concentramos la vista en lo que pudiese aparecer al separarse del todo las hojas de la puerta.

Contra pronóstico, el cazador avanzó hacia nosotros con un animal a su lado. Un cuadrúpedo, fue todo lo que supimos debido a la terrible oscuridad. “¡No seas pelotudo…! ¡No podemos afanarnos una vaca!” “¡¿Por qué no?!” “¡¿Me estás jodiendo?!” “¡Dale, cerrá la boca y ayudáme a mover el mamotreto éste!” “¡Nos van a matar!”, dijo el pelapatos, “¡nos van a matar!” “¡No seas cagón! ¡Dale, tirá de la cuerda que esta vaca de mierda está empacada!” “¿Y qué hago?” “¡Metéle una cachetada en el culo!… ¡Una bien fuerte!” El pelapatos siguió la orden.

La vaca, apenas sintió el golpe sobre el cuarto trasero, se disparó unos metros arrastrando consigo al cazador. Escuchamos algunos golpeteos sobre el campo y de golpe la vaca frenó. El cazador demoró un poco pero logró finalmente ponerse de pie. Apenas el cazador estuvo parado al lado del animal, el animal se desplomó. “¡Vengan! ¡Apuren!”, escuchamos que nos decía.

Corrimos. “¡¿Qué pasó?!”, pregunté. “¡No sé! Esta vaca de mierda estaba corriendo conmigo a la rastra y de golpe se frenó y se cayó al suelo”.

La vaca no se movía. “¿Se habrá muerto?”, pregunté. “¡Yo qué sé!… ¡No creo!” “Mirá que ni se mueve!”, dije. “¡Vamos! ¡Vamos!”, dijo el pelapatos, “¡Dejá esta vaca acá y vamos!” “¡Ni en pedo!”, dijo el cazador. “Dale, pedimos algo para comer por el camino… Algo nos van a dar… ¡Si está lleno de gente! ¡Dejemos esta vaca de mierda acá!”, dije. “¡No! Esperen. Ahora vuelvo”. “¿A dónde vas?” “Esperen”.

Lo vimos volver hacia el establo. Entró. Salió a los dos minutos con una carretilla. El pelapatos y yo no lo podíamos creer. Se nos acercó. “Listo”, dijo, “ayúdenme a subirla”. “¡Pero vos estás en pedo! ¡¿Cómo mierda vamos a levantar una vaca?!” “¡Dale, no seas cagón! ¡Vamos! A la una, a las dos y a laaas… ¡tres!” Metimos la vaca en la carretilla con un solo movimiento y nos quedamos mudos por haberlo logrado. “¿Listo?” “Parece que sí”. “¡No lo puedo creer!” “Yo tampoco. Pensé que iba a ser peor. Me imaginaba a las vacas bastante más pesadas”. “¡Agarren! ¡Uno de cada manija! ¡Salgámos de acá!” El pelapatos y yo levantamos las manijas de la carretilla, apuntamos hacia la tranquera y avanzamos. Llegamos. El cazador movió algunas piezas del portón y de golpe se abrió. “¡Puta! ¡No tiene candado!”, dijo, al tiempo que se abría adelante nuestro.

Recién cuando las hojas del portón se corrieron llegó la luz del farol que estaba en la vereda de enfrente. La luz llegó hasta la carretilla. “¡Che, tenemos un problema!”, soltó el pelapatos. “Robar una vaca y tener solamente un problema está bastante bien”. “Si es una vaca, sí”, dijo, “pero esto no es una vaca”.

Ahí miramos. “¡No lo puedo creer!”, dijo el cazador. “¡Uy, la concha de la lora! ¡¿Qué mierda es esto?!” “Me pareció que era demasiado liviana…”, dijo el pelapatos. “¿No será una vaca flaca?… ¿O una fea?… Debe haber vacas feas, ¿no?”, pregunté. “Claro que debe haber. Pero yo nunca vi una vaca con una poronga como ésa…” “¿No será un burro?… Los burros sí que la tienen grande”. “¡Esto parece un caballo!” “¡Nooo! ¡Imposible! ¡Los caballos son más grandes! Tienen patas más largas, más cuerpo… Además, ¡no lo hubiésemos podido levantar ni en pedo entre los tres!” “Sí, pero… ¡¡¡Boludo, esto es un pony!!!”, dijo el cazador de pronto. “¡Me estás jodiendo!” “¡Ojalá! ¡Esto es un pony de acá a la China!” “¡Uuuy…! ¡Estamos hasta las pelotas!” “¡No te puedo creer que agarré un pony…! ¡Qué mala leche!” “¿Pero no te fijaste, pelotudo?” “¡Si no se veía un carajo…! En cuanto escuché una respiración de animal lo desaté y lo hice caminar”. “Pará un poco. ¿Vos estás seguro de que es un pony?” “¿Nunca fuiste a la plaza?” “Sí, fui. Por eso te digo… A mí no me parece un pony”. “Porque está desvestido… Siempre los empilchan para que los pibes se saquen fotos”. “¿Pero está muerto?” “Espero que no”. “¡Para mí está re muerto!” “Fijáte si le late el corazón”. “¡Fijáte vos!” “¡No, yo no me acerco!” El cazador acercó la cabeza al pecho del animal. “¡Palmó!” “Pero… ¿Por qué se murió?… Si le di una cachetada en el culo, nada más”. “Para mí se murió del susto”. “¿Qué susto?” “No están acostumbrados a andar de noche. Siempre los sacan a la tarde”. “Pero es un caballo… Es más chico, sí, pero no deja de ser un caballo… Tendría que aguantar un poco más, ¿no?” “Debe ser la alfalfa transgénica de mierda ésa que hay ahora… ¡Nos van a matar a todos con eso!” “¡No seas pelotudo!” “¿Vos decís que fue un paro cardíaco?” “Seguro. Se cagó de miedo y en el medio de la corrida el corazón no le aguantó”. “Pero si corrió veinte metros…” “Para un pony debe ser mucho… ¡Yo qué sé!… ¡No es un pura sangre, tampoco! Con esas patitas debe meter mil pasos cada diez metros”. “¿Le pegaste muy fuerte?” “Y… ¡le metí un lindo palmazo!… Yo tengo la mano pesada…” “No, no pudo haber sido el golpe”. “¿No será un pony viejo? ¿O un pony enfermo?”, pregunté. “Esperemos que no, porque lo vamos a comer igual”. “¡¿En serio te lo querés comer?!” “Si sacás ahora una tira de asado del bolsillo, te juro que lo perdono”. “¿Nos vamos a comer un pony?… ¿En serio?”, pregunté. “¿Por qué no? Hoy nos comimos un pato”. “¡Dale, no me jodas!” “Es carne, pelotudo”, dijo el cazador. “¿Los caballos se comen?” “Yo nunca probé”, dijo el pelapatos. “Dicen que la mortadela se hace con caballo”, dijo el cazador. “¡Pero esto es un pony, papá! Un caballo es otra cosa”. “¿Será como con las vacas?, ¿cuanto más chicas más tiernas?”, preguntó el pelapatos. “Espero que sí… ¡Vamos, dale! Levanten la carretilla y lo llevamos campo adentro donde no hay la luz”.

Levantamos la carretilla con el pony adentro, cruzamos la calle a plena luz del farol y nos perdimos en la oscuridad del campo. “¡Vamos a terminar los tres en cana!”, dije. “¡Dale!, ¡no aflojes!” Doscientos metros campo adentro, el cazador nos frenó. “Bueno”, dijo, “¿cómo mierda lo llevamos hasta la parrilla?” “Así, en la carretilla”, propuse. “No, así no. Allá está lleno de gente. No podemos llegar hasta la carpa con un pony y tirarlo arriba de la parrilla. Nos van a crucificar… Cualquiera que tenga un hijo de menos de doce años nos mata a palazos”. “Sí, eso es verdad”, dijo el pelapatos. “Lo vamos a tener que cortar ahora”. “¿Por qué no lo dejamos acá tirado y guardamos la carretilla donde estaba? Mañana todos van a pensar que se escapó y que se murió solo, ¿no?” “¡Dale, no seas cagón!” “¡No, en serio! No nos podemos comer un pony… ¡Seguro es sacrilegio, o algo así!”. “¿Cómo hacemos?”, le preguntó el cazador al pelapatos. “Vamos a tener que llevarlo por partes”. “Sí, creo que sí”. “Sí, va a ser lo mejor”. “Sí”. “¿Por dónde arrancamos?” “Por las piernas”, dijo el cazador. “Buena idea”. “Llevamos una cada uno”. “Pero nos va a quedar una pierna acá”, dijo el pelapatos. “¿Y si usamos la carretilla?” “¡No, con eso van a saber que fuimos nosotros!” “Tenés razón”. “¿Y si dejamos acá la cuarta pierna?” “¡No, ni loco! Hasta el domingo a la noche falta mucho. ¡No quiero pasar por esto otra vez!”, dijo el cazador. “Sí, es verdad. Con esta carne zafamos todo el fin de semana”. “Con el frío que hace, y si la cocinamos toda hoy, llegamos cómodos”. “¿Entran las cuatro patas en la parrilla?” “Esperemos que sí…”, dijo el cazador y enterró por primera vez el cuchillo en el pony. “Me voy a caminar un poco”, dije, y a los cinco metros empecé a vomitar.

Caminé veinte metros más y me senté en el medio del campo, a oscuras, a mirar la luna.

Después de treinta y cinco minutos de vomitar y mirar la luna, escuché que me llamaban. Me acerqué. “¡Listo, papá!… ¡Las cuatro patas y sin la piel!”, dijo el cazador apenas terminaba de acercarme.

Cuando vi la escena, me desmayé.

“¡Dale, pelotudo! ¡Dale, que ya está lista la comida!”, me despertó el pelapatos a cachetadas. “¡Eh!… ¡¿Qué?!… ¿Qué comida?” “¡La comida, gil!”. “¿Cocinaron el pony, hijos de putas?” “¡Hablá despacio, papá! Que no te escuchen las chicas. Les inventamos una historia que tardaron media hora en creer”. “¿Qué les dijeron?” “Ni me acuerdo. Pero estaban tan borrachas que nos creyeron”. “¿Nos vamos a comer un pony, nomás?” “Yo, sí. Y espero que vos también… ¿O te pensás que te desmayaste por asco, pelotudo? ¡Estamos muertos de hambre!” “Pero es un pony…” “Es carne… ¡Dale, pelotudo! Levantáte y cambiá esa cara”.

Despacio, me repuse. No sé bien cómo hice pero junté valor y me acerqué a la parrilla. “¡Mierda!”, pensé, “¡así no parece un pony!… ¡Así parece un asado de la gran puta!” Sentí que me pegaban un codazo: “¿Y, papá?… ¿Qué te parece?”, me preguntó el cazador. “Así no parece un pony…” “¡Viste! ¡Te dije, guacho! ¡Es sólo carne!” “¿Cuánto dormí?” “Tres horas”. “¿Cómo trajeron al pony?” “En la carretilla, hasta el otro lado del lago. Después caminando y en la mano”. “¿Y a mí?… ¿Cómo me trajeron a mí?” “Igual”. “¿Antes o después del pony?” “Antes. Pero te dejamos dormir en la orilla del lago hasta terminar de poner la carne en la parrilla. Después te fuimos a buscar”. “Está bien… ¿Y las chicas me vieron desmayado?” “Sí, nos vieron cuando te traíamos aúpa. Pero les dijimos que te habías emborrachado en la peña donde nos regalaron las patas de vaca”, dijo el cazador. “¿Se lo creyeron?” “Cada puta palabra, se creyeron”. “Bien… ¿Y la carretilla?” “Adentro del establo”. “¿La llevaste vos?” “¡Claro, papá!… Hacía mucho que no trabajaba tanto como hoy”. “Me imagino… Gracias”. “De nada, guacho”. “¿Querés que termine el asado yo?… Digo… ya que trabajaste tanto…” “Todo tuyo… Todo tuyo…” “Así no parece un pony…” “Yo lo probé recién… ¡Está de puta madre!” “El olor es bueno”. “Probá, pelotudo. Probá, dale, así te quedás tranquilo…” “Así no parece un pony…” “Tomá el tenedor y el cuchillo. ¡Meté un bocado y vas a ver!”, me dijo el cazador y me pasó los cubiertos. “¿Gusto a qué, tiene?” “¡A asado de la gran puta!” “¿En serio?” “Te lo juro. Te cargué trescientos metros aúpa… ¡no te voy a mentir ahora!” “Así no parece un pony…” “¿El pato parecía un pato, cuando estaba sobre la parrilla? “Tampoco”. “A partir de ahora”, dijo el cazador, “voy a empezar a desconfiar del carnicero del barrio…” “Yo también”. “¡Dale!, ¡apuráte! Probá el pony y vení a la carpa que las chicas nos consiguieron tres cajas de champán mientras nosotros no estábamos”.