Cuentos del subsuelo

Cáncer

Pensar en la muerte sin suicidarse

Últimamente, pienso mucho, demasiado, en la muerte. Lejos estoy de suicidarme… lejos. Creo, nunca estuve tan lejos de ese gran pensamiento recurrente. Pero ahora encuentro algo de placer al pensar en ella; y encuentro, eso lo cambia de las veces anteriores, algo de comprensión.

La primera vez que lo hice, pensar en la muerte como una posibilidad propia, tenía poco más o poco menos de treinta años, creo que poco más, y, esa vez, su fantasma se me vino encima como una totalidad: confrontándome; y me lo tomé en serio y me cagué de miedo. Ésa fue la primera vez que me enfrenté a ella mentalmente. No fue tan duro. Me cagué de miedo pero no fue tan duro; quiero decir, no hubo nada más que un soberano susto y después todo se fue arreglando, despacio. Pero ahora es distinto. Porque ahora, cuando pienso en la muerte, y me sucede varias veces al día, sé que viene fuerte hacia mí. También sé que no viene a cargarme a mí. Pero aunque venga a cargarse a otro, la impresión que me deja es que me está matando, igual, un poco también. Es como recibir un aviso, otro aviso, de que la muerte ya está en un terreno de posibilidad concreta respecto de mi propia vida. Creo que me estoy poniendo grande…

Tumbado en la silla, arreciado por una sospecha, el tipo, igual, le mete resistencia al asunto de sostener la vida. Una postal, se volvió en el último tiempo, del instinto primario: sobrevivir. Aunque todo pronóstico sea negativo y corrosivo, las células buscan resistir. Hace veinte días realmente se le nota que es probable que vaya a perder esa pelea. Hace veinte días que esa silla se ha vuelto su único mundo, un mundo donde sólo puede aliviar un poco el dolor. Y ahí se queda, cada vez más horas del día desde los últimos días, esperando que el universo que lo circunda le arrime una solución en la que ya ha dejado de creer hace más de seis meses. Adentro de su cuerpo: ¡todos contra todos! Afuera de su cuerpo: ¡todos desesperados! Adentro: ¡una gran batalla! Afuera: ¡una gran desolación! Ni adentro ni afuera: soluciones. Todo dicho. Pasamos por su lado, nos quedamos detenidos tres o cuatro o cinco segundos, lo miramos, cerramos los ojos, pensamos detenidos tres o cuatro o cinco segundos, y después seguimos camino. Lo miramos para chequear algo. No creo que ninguno sepa bien para qué lo mira de tres a cinco segundos ni para qué piensa de tres a cinco segundos antes de abandonarlo con la impresión interna de no poder hacer nada. Si me apuran, diría: lo que hacemos es mirarlo para aprender a defendernos un poco más a la hora de que nos toque morir a nosotros. Y así, aunque parezca egoísmo en estado puro, todos los que estamos vivos y más lejos que él de la muerte nos retiramos despacio y vamos a hacer algo que, delante de lo que estamos viviendo, sobre todo delante de lo que él está viviendo y atravesando, es seguramente absurdo, y que, vaya alguien a saber por qué, no podemos dejar de hacer.

La impresión que tengo es que estamos tan desesperados por no saber cómo ayudarlo que encontramos en las estupideces cotidianas una forma de pensar menos en eso. Una forma de combatir también nosotros, aunque desde afuera, contra lo que él combate desde adentro. Lo que hacemos cada día, desde que se enfermó, es buscar una forma de equilibrio que está en el centro, entre: no soportar sentirnos inútiles y sobrellevar nuestro propio temor a morir tarde o temprano. La segunda impresión que me queda, quizá la más fuerte, es: los que tenemos hijos lo soportamos mejor. Puede que nuestro hijo nos ayude en ese ir y venir obligado de asistirlo y entonces nos deje menos tiempo consciente de pensamiento respecto de lo que él padece. Puede. Me parece que pasa por ahí. Sobre todo cuando veo cómo se comportan los que no tienen descendencia. Se los ve intranquilos, no pueden dominar lo que sienten y los rostros son de pánico y de efervescencia orgánica. Algunas veces, me parece, se mimetizan un poco y padecen algo de lo que toca sufrir a él. No lo pueden evitar. Sus sentimientos se arrollan uno contra otro como fichas de dominó. No lo pueden evitar. Y cuando intentan pensar un poco en lo que sienten, se ponen peor. Y se alejan. La tercer impresión que tengo es: cuando nos alejamos, lo que hacemos es alejarnos de la muerte. Cuando se está muriendo un familiar directo, nos morimos también un poco cada uno de nosotros. Y si no nos morimos, lo que sentimos es que cada vez nos volvemos más mortales. Y la sensación de mortalidad es el fantasma mayor en estos casos. Y entonces es que así vamos: hablando incoherencias, necesitando más del triple de tiempo para pensar asuntos que era fácil pensar y resolver antes de esto que ahora sucede mientras nos esquivamos para no tener la obligación moral y ética de tocar el tema. ¡Cuanto más lejos estamos, mejor! ¡Y cuando no queda más remedio, cerca! Todo esto, mientras el tipo está tumbado en la silla, arreciado por una sospecha. Tumbado y arreciado, su derredor se esperanza de todas formas. Si alguien te pregunta cómo está el enfermo y vos le decís lo que pensás realmente, igual intenta insuflarte algo de ánimo. Y se vuelve tan flaco y escuálido el ánimo y la cara que te ofrece cuando le describís la situación, que no te deja más gana que la de correr despavorido. Lo más raro de todo es: aunque la gente lo pasa la mayor parte del día para la mierda, igual se caga encima cuando se toca el tema de la muerte.

En los últimos días desarmé su negocio, el local que abrigaba las herramientas con las que se ganó la vida durante treinta y cinco años, las herramientas con las que alimentó, educó y crió tres hijos. Fácil no fue, pero duro tampoco. No sé. No sé. Había algo que me tranquilizaba mientras lo hacía, mientras sacaba, limpiaba y encajaba cada uno de los elementos hasta que dejé el local vacío al punto en que si hablabas, el eco te rodeaba desde todos lados, igual a entrar a ver una casa en alquiler que no tiene un sólo mueble que la vista y llene. Había un asunto medio escondido adentro mío que me proveía de alguna droga natural y corporal que me hizo, incluso, escuchar algunos de los discos que escuchaba él mientras trabajaba. Primero metí lo que más le gusta: Pugliese. Escuché el disco de punta a punta. Al rato, cuando ya había decomisado casi todos los cajones, metí una perla que el tipo tenía guardada y que le había regalado yo: María Callas. Ahí me emocioné un poco. Pero Callas me emociona aunque me esté comiendo un choripán al costado de la ruta con 45º Celcuis de calor y abajo del rayo directo del sol. No sé. No sé. Supongo que fue el morbo lo que me defendió durante todo el día de no llorar y desplomarme como un nene que se acaba de lastimar fulero y que está lejos de su mamá y de su papá. No sé. No sé. Puede. Puede que sea el morbo. Y también puede que a las situaciones complejas yo trate de encontrarle alguna grieta donde pueda meter la cabeza para intentar ver algo que pueda acabar en escritura. Puede. Seguro. Seguro es la escritura lo que me mantiene vivo y me protege en los peores momentos: porque me da expectativas. Me avisa que si se puede escribir yo voy a vivir para hacerlo. Y es en ese punto en el que yo estoy lejos del resto de las personas que me acompañan mientras sucede todo esto. Porque ahí, con el barro espiritual al cuello, respiro más que nunca… aunque él se ahogue.

“¿No querés que hagamos una reunión con los tres o cuatro amigos que más querés?”, le dije ayer a la tarde: 31 del 12 del 2013, mientras se peinaba las canas frente al espejo y me preguntaba dónde estaban las tinturas que me había pedido que empaquetara en una caja aparte cuando vacié su peluquería. “No, no. No puedo. Cuando viene gente me pongo nervioso y me ahogo”. “¿Seguro?” “Sí, Ariel… Seguro. Gracias”. “No sé qué hacer”. “Ya sé. Ya sé… Gracias”.

Me puse a cocinar. Casi no come nada, pero yo me puse a cocinar.

Apenas un minuto atrás, y aunque les parezca mentira, recibí un mensaje de texto en mi teléfono celular: “La vida no se mide por los momentos que respiramos, sino por los momentos que nos dejan sin respiración”. Recién volvía de comprar dos cervezas, para terminar este trabajo, y un paquete de tabaco. Volvía debatiendo mentalmente si seguirlo o dejarlo hasta la palabra cocinar. Las cosas se organizan solas… Así que ya no debato mentalmente si seguir o no. El mensaje me dijo que hay que seguir.

… “…sino por los momentos que nos dejan sin respiración”. Je. Parece que alguien se me estuviera cagando de risas, ¿no? Je. Me gusta, debo reconocerlo. Respiración… Los momentos que nos dejan sin respiración… Je. Je. Je.

Mi viejo practicó, durante más de cincuenta años, treinta o cuarenta oportunidades por día, un ejercicio que ahora lo está dejando sin respiración: cigarrillo. No sé. No sé. Je. Es tan rara y tan hermosamente puta la vida a veces. Releo el mensaje y sigo creyendo que alguien se me caga de risa a través de un teléfono celular. Se siente tan raro hacer esto mientras él respira como puede… Pero hay que hacerlo. Hay que hacerlo porque eso es lo que hace todo el mundo: practicar lo que mejor cree que le sale mientras alguien cercano se le está muriendo. Y si nadie cercano se le está muriendo igual repite esa actividad, ¡y está bien! ¡Y también está bien que yo lo esté haciendo ahora mismo! ¡Como salir a cazar!… ¡Como salir a cazar!… Porque uno sale a cazar cuando tiene hambre y sólo cuando se tiene hambre se sabe que la vida sigue… Je. Je. Je. ¡Tan raro…! No sé. No sé. Porque, si no, ¿qué se debería hacer?: ¿tirarse a morir a su lado sólo porque se lo quiere mucho? ¿Alcanzaría eso?… ¿Serviría eso?… ¿Estaría bien hacer eso?… Muchas preguntas… Todo sigue. Incluso ante lo peor, todo sigue. Y sé muy bien que esto no es lo peor. Lo sé porque no tengo idea qué es lo peor. Y seguir sabiendo eso me dice que estoy en lo cierto. Pero también sé que no es lo mejor… y estar en el medio es una forma de no saber nada importante pero también es una forma de saber algo que te mantiene con vida. Saber y no saber… Je. Je. Je. Los que más aburren son los que saben. Más que ninguno, los que dicen que saben cómo curar.

Salgo a la calle, agarro a un gato de la cola, el primero que veo, y lo revoleo hacia el cosmos. Lo veo caer en Júpiter. Me siento bien. Al otro día, el mismo gato pasa a las tres de la mañana como nuevo. Lo miro a través de la ventana. Lo reconozco. Sé que es el mismo gato que revoleé, ayer, hasta Júpiter desde la cola. El mundo se me vuelve verdimarrón y salgo vuelto loco de mi casa a atraparlo. No lo logro. Vuelvo a mi escritorio desesperado. Resoplo. Resoplo. No lo entiendo. Meto tres palabras inciertas y salgo otra vez a la calle a buscar al gato. Alcanzo a ver que se mete en la casa de mi vecino. Trepo la pared. Caigo en su patio. Piso una botella de cerveza que se quiebra bajo mi pie. Rengueando, lo busco. A regañadientes, lo busco. Desesperado, lo busco. Cuando finalmente lo veo llegar a la parrilla que está en el patio de mi vecino, su perro se lo come de tres bocados: con el primero lo mata, con el segundo se lo acomoda y con el tercero se lo traga. Le pido la pata al perro y me la da. Entiende el perro que intento felicitarlo y se deja. Vuelvo a saltar la pared para el lado de la calle y regreso a casa a curarme los cortes que tengo en el pie. No paran de sangrar. Voy a la ducha. Peor. El agua ayuda a intensificar la fluidez de la sangre… Siento que me desangro. Piso el trapo de piso, con fuerza, y logro retener lo que me queda de sangre. Sin sacar el pie del trapo, me arrastro hasta la ventana de mi habitación. Abro el cajón donde guardo las medias y saco el paquete de cigarrillos que tengo de reserva. Enciendo uno. Levanto la persiana. Mientras no saco el pie del trapo de piso para no seguir perdiendo sangre, veo que aparece mi barrio, o por lo menos una parte, cuando la persiana se descorre. Pito con tranquilidad el cigarro. Me agarro firme al cigarro. Es lo único que siento que me calma. Me concentro en la vereda de enfrente. Veo una planta grande, una planta de buena sombra. Y en eso aparece un animal pequeño y hace un hueco en la tierra. Se nota que caga y que después tapa lo que cagó con una pata delantera. Me acerco a la ventana más. Levanto el pie del trapo de piso y no me importa sentir que la sangre comienza a salir otra vez. Hago foco: ¡no lo puedo creer! ¡Otra vez el gato! El mismo gato que yo vi caer en Júpiter. ¡Es él! ¡Es él! Me vuelvo más loco que antes. Tiro el cigarrillo a la mierda y muerdo la reja y le grito al gato: ¡¿Pero quién sos en realidad, hijo de puta?! “Miiiaaauuuuuu”. Saltando en un pie, el sano, llego hasta la puerta decidido a acabar con el gato para siempre. ¡Ya no está! Cruzo la calle. Busco un lugar donde la tierra esté removida. Lo encuentro. Me agacho. Huelo. ¡Siento olor a mierda de gato! El gato no está. Grito. Grito: “¡¿Dónde estáaas, la concha de tu madre?!” Nada. En cuatro patas, con olor a mierda de gato incrustado en mi nariz, lloro. Lloro. Lloro. Lloro porque entiendo que lo que quiero revolear hasta Júpiter y que no vuelva más es a mi padre. Tomo la poca noción de Júpiter que tengo en ese momento y la torno un mundo, un universo, mejor dicho, feliz. Y me calma pensar que eso es lo que va a tener para siempre. Un mundo, un Júpiter, lejano y feliz donde descansar.

Cuando estoy por entrar en mi casa, con la cara mojada de tanto llanto, siento que unos pelos suaves me acarician el pie que me sangra. Miro hacia abajo y veo al gato restregando uno de sus costados del lomo contra mi piel. No lo puedo evitar: sonrío. Me agacho un poco. Me siento en el escalón de la puerta de mi casa y el gato no se asusta. No sé cómo, veo un paquete de cigarros cerca mío. Enciendo uno, despacio, y empiezo a acariciar al gato. Caricia a caricia, el gato y yo nos sentimos más en calma. Lo invito a pasar. Entra. Saco todo lo que está en el sillón. Despliego la lona que tapa la mugre y los agujeros de los almohadones. El gato entiende: pega un salto y se acuesta en el sillón. Va y viene, oliendo y oliendo, hasta que elige un lugar y ahí se queda. Se recuesta y parece que está por descansar una batalla que le llevó mucho de él mismo. Le paso la mano por la cabeza. Vuelvo a hacerlo. Se relaja y se estira tranquilo y seguro. Siente que al fin puede descansar. Siente que puede descansar de que alguien lo haya revoleado hasta Júpiter, de que un perro se lo haya comido de tres bocados y de que alguien lo haya querido cazar mientras estaba cagando en la vereda de enfrente de mi casa. El gato, cuando entiende que ya no hay nada por qué preocuparse, apoya la cabeza y cierra los ojos. Yo, mientras lo observo, comienzo a sentirme en paz.

Y aunque lo acaricio, lo que más cuesta es abrazarlo.