¡Vacunado!
Siete meses de espera y un pinchazo feliz
Después de esperar algo más de siete meses, finalmente logré vacunarme contra el maldito Covid-19.
¡Sí, señor!
¡Siete meses de espera! ¡Nada más y nada menos!
”¡¿Siete meses?! ¿En serio tanto? Lo mismo duró mi embarazo…” dijo mi vecina y se metió adentro porque el bebé empezó a llorar. * * * El día que fui a ponerme la vacuna estaba yo tan feliz que no había rastros en mi memoria acerca de lo extensa que fue la espera.
La felicidad, parece, extingue de inmediato cualquier pasado nefasto que supimos vivir. Supongo que eso obliga a cuidar de ella una vez que aparece. * * * Tengo que decir que fui el primero en llegar a la fila, varias horas antes del ingreso. Es que me sentía tan excitado la noche anterior a vacunarme que no logré dormir una sola hora. Ni siquiera me ayudó la larga botella de vino que tomé casi de un tirón. Encima de todo la bebí con culpa, porque uno de los requisitos para acceder a la vacuna era no tomar alcohol la noche previa al pinchazo. Ya no sé muy bien si por tramposo o por alcohólico no cumplí con la premisa. Entonces, entre excitado, algo ebrio y cansado de dar vueltas en la cama decidí empezar a prepararme para mi vacunación a eso de las tres de la mañana. Sabiendo que contaba con tanto tiempo, tomé una buena ducha para tratar de sacarme de encima el vino. Funcionó bien.
Después me preparé un café bien cargado. Con la taza en la mano caminé hasta mi cuarto a vestirme. Abrí el armario con intenciones de ponerme más o menos la misma ropa de siempre, pero entonces me asaltó una duda terrible: “¿Cómo debe vestirse uno a la hora de salvarse de una muerte segura?” Entonces tiré sobre la cama el jean rojo que suelo usar, que ya tenía en la mano, y bien decidido me vestí para esa gran ocasión.
Recién cuando me ajusté la corbata frente al espejo para que el nudo estuviese centrado fue que me di cuenta de que llevaba más de veinte años sin usar ese traje: “Está un poco viejito, sí, pero la situación lo requiere”, pensé y terminé de centrar la corbata.
Usé ese traje a los veinte años, un poco por nostálgico ya que venía de familia, y otro poco por tarado ya que mi viejo nunca salió de la camisa y del pantalón de vestir, y ésa fue la única ropa de hombre que vi dentro de mi casa familiar hasta que conseguí escaparme de ella. Si tengo en cuenta que ese único traje que poseo lo heredé de mi abuelo, y también que fue el mismo que él usó el día de su casamiento, entonces debo decir que la vestimenta que lucí para recibir la vacuna contra el Covid-19 era aproximadamente de los años cuarenta (del siglo pasado, claro).
“Con esta pilcha me pongo un poco de gel, ¡qué mierda!”, me dije y enseguida me unté la cabeza con, podría decir, un pedazo azulado de Lord Cheseline que guardaba detrás del espejo del baño para una ocasión especial.
Sobre las cinco y media de la mañana, cansado de dar vueltas en casa, subí al auto y manejé hasta el hospital.
“Si para ver un dentista la gente hace cola desde las cuatro de la mañana, para no morirse dentro de unos días entonces deben estar acampando en la puerta. ¡Me juego las pelotas a que estoy llegando tarde a la vacunación!”, me repetía mientras manejaba y pisaba más y más el acelerador.
Cada vez que me miraba en el espejo retrovisor no lograba reconocerme. Las solapas del traje después de veinte años dentro del armario ni llegaban a inmutarse con las ráfagas de viento patagónico que se metían por mi ventana. Encima de todo, el gel Lord Cheseline acompañaba bastante bien toda esa estética de retrato de antaño. Me llevé una mano a la cabeza: ¡no podía ser que no se me moviera un sólo pelo con tanto viento! Apenas lo toqué me pareció estar acariciando algo rígido, como un bacalao en sal que llegó desde España unos meses atrás. Lo raro en todo esto es que a mí me gustaba el pelo así, y me sentía muy cómodo. Con eso del peinado y del traje me sentía como un actor de los viejos tiempos. Un Frank Sinatra o algo así. Entonces puse algo de música en la radio del auto.
A veces la vida se organiza de manera rara: encontré una canción de Elvis Presley que a mí me gusta mucho: Suspicius mind. Subí el volumen al máximo. Cuando la vida es buena, uno sube el volumen al máximo.
Llegué al hospital. Estacioné a dos cuadras. Apagué el auto.
Yo no sé si fue culpa del traje, del peinado o que sólo iba directo a extender mi vida con esa bendita vacuna que tanto había esperado, pero la cuestión fue que caminé casi bailando las calles aledañas al vacunatorio. Todavía rimbombaba en mi cabeza y en mis pies la canción de Elvis. Cada tanto ensayaba un paso de baile agarrándome de un poste de luz y daba un salto de película, como de danza neoyorquina. Entonces, en mitad de una maniobra escénica, uno de esos postes de los que me agarré me dio una enorme descarga eléctrica. Quedé temblando sobre el piso, y con los pelos de punta.
Me puse de pie como pude, caminé hasta un negocio y acomodé mi peinado frente al reflejo de la vidriera. Por suerte no hubo testigos.
Seguí camino del hospital.¡Estaba feliz! Lo único que deseaba mi corazón antes de inocularse contra el virus era que una preciosa mujer envuelta en un vestido épico apareciera de pronto detrás de una pared de callejón y en lugar de robarme me sacara a bailar por las calles y las veredas de la ciudad a esas hermosas horas de la madrugada.
Claro, nunca pasó. Llegué bailando solo hasta la puerta del hospital.
En la puerta estaba el churrero, firme contra la canasta. Juro por mi madre que el tipo estaba dormido y parado junto a los churros.
Tenía las manos en los bolsillos y tiritaba de frío. Entonces, creo, debí de hacer un mal paso de baile y tropecé; o sólo había una piedra en el suelo y pasé a llevármela. No lo sé. Sí sé que con mi golpeteo contra el cemento y mis quejidos el churrero despertó de pronto y sacó un revólver del bolsillo. Apuntó el cañón del arma directamente hacia mi cabeza en un segundo. Me quedé congelado. El churrero me miró con odio. No supe si me daba más miedo el arma con la que me apuntaba o la mirada con la que me recorría desde mis zapatos hasta mi peinado. Por las dudas, y sin que me lo pidiera, mantuve mis brazos en alto hasta saber bien qué debía hacer.
“¡Me hiciste asustar, flaco! ¡¿Qué hacés acá tan temprano?!… ¿Por qué estás vestido así?”, me preguntó el churrero cuando terminó de echarme un vistazo.
“¡No sabía qué ponerme!… ¡No dispares! Vengo a vacunarme contra el Covid”.
“¿Cuántas docenas querés?”, preguntó el churrero y agarró la pinza tijera.
“¿Qué?” “¡Churros! ¡¿Cuántas docenas querés?!” “No, gracias. Yo no quiero churros. Yo vengo a vacun…” ”¡¿Cuántas docenas, carajo?!”, no dejaba de apuntarme con el arma.
“¡No sé! ¡No sé!… ¡Las que vos quieras!”, dije de pronto, de puro miedo.
“Tres docenas, entonces”, dijo el churrero y empezó a meter churros en bolsas de papel.
”¡¿Tres docenas?!… ¡¿Qué voy a hacer con tantos churros?!” “La opción menos dolorosa siempre es comerlos… ¡Mil docientos pesos, flaco!”, dijo, y estiró la mano con seis bolsas llenas de churros grasientos.
Era muy temprano (y un día muy feliz) para tener problemas.
Saqué la billetera y pagué sin chistar.
“Muchas gracias”, dijo el churrero y después guardó el revólver.
“Encima me agradece, el muy hijo de puta”, pensé.
Me acerqué a la puerta del hospital. Era yo el primero, así que inicié la fila. Para no ensuciarme el traje tuve que apoyar las bolsas de churros en el suelo, una al lado de la otra contra la puerta. Miré a mi alrededor: desolación.”Creo que exageré un poco al venir tan temprano”, me dije en voz baja y agarré una de las bolsas para pasar el tiempo.
Probé un churro y me volví loco de remate. Llevaba años sin morder un churro que crujiera tan fuerte. Llegué incluso a escuchar el ruido que hizo. Y no eran nada grasientos como parecían. Comí otro.
Después otro más. Quince minutos después quedaban solo tres bolsas: una docena y media, y yo estaba atragantado como si hubiese comido arena de una plaza. Me acerqué al churrero.
“¿Será que tenés café también?” “Tengo café,” respondió el churrero, “¿cuántos querés?” “¿Cómo cuántos? Uno solo. Para mí. ¡¿O me ves acompañado?!”, dije de mala manera. Me tenía los huevos llenos.
”¡¿Cuántos, carajo?!”, gritó de pronto el churrero y sacó el revólver otra vez.
“¡Tranquilo, papá! ¡Tranquilo!… ¡Yo qué sé! ¡Dame los que vos quieras! No sé para qué preguntás tampoco, si me terminás vendiendo lo que se te canta las pelotas”.
“Tres cafés, entonces”, dijo el churrero muy tranquilo y empezó a llenar vasitos de telgopor como si fuera el barman de una discoteca.
Sin preguntar primero, puso tres cucharadas de azúcar en cada vaso. A esta altura preferí no decirle nada.
“Trescientos pesos, flaco”, dijo el churrero.
Pagué los cafés y me los llevé para la puerta del hospital.
“Muchas gracias”, escuché que decía el churrero mientras yo me alejaba haciendo equilibrio con los tres vasitos. Lo puteé por lo bajo.
Veinte minutos después, no quedaban cafés ni churros: ¡me había comido y bebido todo! El churrero te hacía comprar lo que él quería, pero había que aceptar que manejaba una calidad suprema.
Apoyado contra el ingreso al hospital, y a mitad de un ataque al hígado, recibí el saludo de un hombre mayor que me pidió permiso para abrir la puerta. Me hice a un lado para dejarlo pasar.
“Parece que anoche la gente de limpieza se rascó bien las bolas”, dijo el viejo y señaló las bolsas de papel y los vasos de telgopor tirados en el suelo.
“Fue el churrero, yo lo vi,” le dije al viejo, “recién vino y tiró todo acá en la puerta”.
“¡Mirá qué hijo de puta!”, dijo el viejo.
El tipo abrió la puerta con cara de odio y me invitó a pasar: “Acomodáte en la primera silla que ahora vuelvo. Voy a hablar con el hijo de puta del churrero”.
“Gracias. Me estaba muriendo de frío”.
“Escucháme una cosa: ¿por qué estás vestido así? ¿Vos sos el cirujano nuevo?”, me dijo el viejo de pronto.
“No. Nada de cirujano. Vengo a vacunarme contra el Covid-19 y no sabía bien cómo vestirme. Terminé por ponerme el único traje que tengo”.”Pero hoy no vacunan contra el Covid. Ayer se quedaron sin dosis.
Pasaron los turnos de hoy para la semana que viene. ¿No te avisaron?” Lo miré desahuciado.
“Por la cara que tenés parece que no te avisaron un carajo”.
“¿Avisarme? ¡Si acá nadie contesta los teléfonos desde hace más de un año!” “Eso es verdad. Los hijos de putas de los empleados aprovecharon la pandemia para rascarse las pelotas un poco más que siempre. Las médicas y las enfermeras son un caso aparte: no dejaron nunca de laburar y cada día la tienen más complicada. Yo viví la fiebre amarilla en Buenos Aires, ¿sabés? Bueno, en realidad la vivió mi abuelo y a mí me la contó mi viejo, pero por esa mierda de la familia unida siento que la viví yo mismo”.
“Pero yo necesito vacunarme hoy. No puedo volverme a casa sin la vacuna. ¡Mire cómo me vestí! Esto es muy frustrante…” “Sí, te entiendo. Pasá igual y sentate en la primera silla. Yo no soy enfermero, te viso de entrada, pero llevo más de treinta años viendo cómo se pone una vacuna. No te preocupes que te vacuno yo”, dijo el viejo y me guiñó un ojo.
“¿Usted puede hacer eso?” “Bueno… Viste cómo es este país… Poder, lo que se dice poder, en realidad no puedo. Pero sí lo sé hacer. Y también te puedo dar el certificado para que viajes tranquilo sin que te paren en las fronteras”.
“¿Y cuánto me va a costar todo eso? Le aviso que el churrero ya me dejó sin un mango”, confesé.
“¿Costarte? ¡¿De qué me estás hablando?! Si yo fuera un hijo de puta no vendría a trabajar a mi edad a las siete de la mañana, ¿no te parece?” “¿Me va a vacunar gratis?, ¿con certificado y todo?” “¡Claro! Pasá, vení. Mejor hablo más tarde con el churrero”, dijo el viejo y cerró la puerta después de que entramos.
El hígado me dolía cada vez más. Los churros no eran grasientos pero castigaban como si lo fueran.
“Vení, seguime, no te sientes en el hall porque se ve todo desde afuera. Acompañáme a la sala de enfermería. Estás un poco pálido, ¿te sentís bien?… ¡Mirá que yo me animo a poner vacunas pero a lo demás no, eh! Si tenés algún problema de salud mejor decímelo ahora”.
“Me siento bien. Estoy cansado, nada más. ¿Por qué no hay nadie? Yo pensé que acá arrancaba todo bien temprano”, pregunté al viejo mientras caminaba a su lado; ya eran más de las siete de la mañana y en el hospital no había médicas, enfermeras ni pacientes.
“Estamos de paro. Ayer no depositaron los sueldos y se pudrió todo. ¡Son bien hijos de puta estos políticos! A mitad de la pandemia nos dejaron sin nuestro sueldo”.”Entonces es mentira eso de que se quedaron sin dosis, ¿no?” “Te vestís como antes pero pensás como ahora. Sí, es mentira.
Todavía quedan en el hospital un montón de dosis de la vacuna”, dijo el viejo y abrió una puerta que estaba dentro de un largo pasillo.
Encendió la luz del cuarto y me señaló una camilla: “Sentate ahí. Voy a buscar las cosas”.
El hígado me dolía como si me lo hubiesen pateado durante horas.
Apenas me senté en la camilla, me dejé caer y enseguida me dormí.
Me despertó un pinchazo.
“¡Quieto, pichón! ¡No te muevas, ¿sí?! Ya la tenés adentro. Dejá que la vacuna haga lo suyo”, miré mi brazo derecho para confirmar: la aguja estaba bajo mi piel.
“Después de esto me da el certificado, ¿no?” “¡Claro que te lo doy! ¡Yo no miento! Trabajo para el Estado y no miento. Soy algo así como una excepción histórica”, me dijo el viejo y entonces apretó el émbolo suavemente.
“¿Y qué vacuna es?, ¿la rusa o la china?”, pregunté por preguntar.
“La rusa; la Sputnik V. A mí me caen mejor los rusos que los chinos. Lo que fabrican los rusos dura más que las cosas hechas en China. Supongo que con las vacunas debe ser igual”, dijo el viejo.
El dolor de hígado se me pasó enseguida.
“¿Y usted qué trabajo hace en el hospital?”, pregunté, como para hablar de algo.
“Limpio los baños. Lo hago de día, porque de noche viene una empresa de limpieza y hace un trabajo más profundo. Digamos que yo voy manteniendo los baños mientras hay gente en el hospital para que esto no sea un mierdero”.
Después de escuchar eso, verlo al viejo apretar el émbolo de la jeringa me dio un poco de impresión.
“Por lo que llevo visto en este tiempo de vacunación, esto no debía durar más de cinco segundos… ¡No sé qué mierda pasa que todavía queda líquido en la jeringa!”, dijo el viejo de pronto y entonces apretó el émbolo con mucha más fuerza.
Sentí de golpe como si entrara en mi brazo algo excesivo, algo que lo inundaba todo.
“Me parece que me mandé una cagada, che,” escuché decir al viejo, y cuando lo miré lo encontré leyendo un prospecto de papel que sostenía con la otra mano, “porque acá dice que se deben tomar del frasco sólo cinco mililitros…” “¡No me asuste, maestro! ¿Cuántos mililitros agarró con la jeringa?” “Todos. Metí la aguja en el frasquito y tiré hacia atrás del émbolo hasta vaciarlo. Creo que me excedí. Según lo que dice en este papel, acabo de meterte diez dosis de la Sputnik V de un tirón”.
“Es broma, ¿no?”, pregunté sonriendo.
“¡Ojalá fuera broma, pibe! ¡Te metí diez dosis de un sólo saque!…
¿Cómo te sentís?”Recién cuando vi la cara de desesperación del viejo supe que estaba hablando en serio.
“¡Por favor no te desmayes! ¡No puedo quedarme sin trabajo!
¡Estoy pagando todavía la universidad de mi hijo! ¡Encima este pelotudo no aprueba ninguna materia! Yo le dije de entrada que no fuera a la facultad, que mejor se buscara un laburo…”, el viejo empezó a entrar en pánico y no dejaba de hablar.
“No se preocupe. Supongo que si fuera grave recibir más de una dosis las hubieran embotellado de a una sola, ¿no? Los rusos no se equivocan nunca. ¡Son infalibles! Quédese tranquilo”, calmé al viejo, aunque bien adentro mío estaba tranquilizándome a mí mismo; comenzaba a sentirme aterrado de que me fuera a pasar algo serio.
¡Encima el hospital estaba vacío! Si la cosa se llegaba a poner grave, estaría yo directamente en manos de Dios.
“¿Seguro te sentís bien, pibe? Estoy medio nervioso, te confieso”.
“Hasta ahora me siento bien. Pero habría que esperar un poco para saber si todo esto que estoy sintiendo no tiene nada que ver con el complot que le están haciendo desde los Estados Unidos a Putin, Gorvachov y Dostoievski”, pronuncié de golpe.
“¿Qué decís? ¿Por qué nombrás a todos esos tenistas?”, me preguntó el viejo.
“¡La guerra fría fue un invento de los yanquis!… Siempre nos envidiaron a los zares. ¡Malditos yanquis de mierda!… ¡Traeme el samovar, Trotsky! ¡Traeme el samovar que quiero tomar un buen té caliente!”, grité de pronto, mientras me sentaba en la camilla.
“¡Tranquilo, nene!… ¡¿Por qué hablas así?! ¡No me asustes más de lo que estoy!” “¡Voy a desarrollar la mayor bomba atómica rusa que jamás se haya visto!… ¡Los voy a matar a todos! ¡A todos!… ¡Quiero hablar urgente con Sharapova! ¡Llamen a Sharapova! ¡Necesito que me gima al oído! ¡Esa tenista sí que sabía gemir cuando le pegaba a la pelotita!”, bajé una mano de la camilla y comencé a frotarle el culo al viejo.
“¡Tranquilo, pichón! ¡Y dejá esa mano quieta!”, dijo el viejo y me pegó en el antebrazo.
”¡¿Y Tolstoi?!” ”¡¿Quién?! ¡¿De quién hablás, nene?! ¡Me estás volviendo loco!
¡Quedate tranquilo que voy a perder el laburo! ¡Mi esposa me va a matar!” ”¡¿Qué es de la vida de Tolstoi?! ¡También quiero hablar con él!…
¡Y de paso me lo traen a Gorki! ¡Máximo Gorki! ¡Quiero que me cuente un buen cuento ruso!… ¡Qué bueno es sentirme en mi tierra otra vez!” “¡La puta que lo parió! ¡¿Para qué carajos te vacuné?! ¡¿Para qué carajos me meto?! ¡Mi esposa me lo dice siempre!: ¡dejá de meterte en lo que no te importa, pelotudo!… Tengo que empezar a escucharla un poco más”.Entonces sucedió.
De golpe salté de la camilla, me puse firme frente al viejo y rompí con un grito estruendoso que tronó dentro del hospital hasta casi romper los cristales: “¡¡¡Я собираюсь убить сукиного сына из чурреро прямо сейчас!!!”, dije.
“¡No me lo puedo creer! ¡Estás hablando en ruso, nene! ¡¡¡En ruso!!!… ¡¡¡Tranquilizáte, por Dios!!!” “¡¡¡Я собираюсь вернуть деньги, которые украл у меня сукин сын чурреро !!!”, seguí gritando.
“¡¡¡Bajá la voz, por favor!!!… ¡¡¡Dios me salve, María!!!… ¡¿Cómo salgo de esto?!”, gritó el viejo llorando; después sacó el teléfono del bolsillo y comenzó a apretar la pantalla con desesperación.
Si bien yo no podía controlar mis explosiones rusas, una parte de mi cabeza podía procesar y observar qué estaba pasando. Podía ver perfectamente al viejo apretando los botones del teléfono en estado catártico, pero, más allá de que lo deseara, escapaba de mí la posibilidad de ayudarlo o siquiera brindarle algo de tranquilidad.
Sólo dos de mis sentidos podía realmente controlar: la vista y el oído. Con apenas eso, me las debía arreglar para que el viejo me hiciera sobrevivir y también me devolviese a mis cauces originarios y castellanos.
“¡Marcela, ¿me escuchás?!… ¡¡¡Estoy desesperado!!!
¡Respondéme, por favor!”, preguntó el viejo cuando atendieron su llamada.
La cara de pánico del viego me daba lástima. Pero si llegaba yo a manifestar en ruso algunas palabras de aliento para con él, lo único seguro sería verlo morir delante mío de un paro cardiorrespiratorio.
Adentro mío sentía efervescer mi sangre. Pero no podía hacer nada. Era desesperante para ambos. De golpe, aunque quise evitarlo con todas mis fuerzas, empecé a tararear una melodía de Tchaikovsky que me encanta: El lago de los cisnes. Primero lo hice a volumen bajo. Después, sin poder dominarme, a todo pulmón.
“¡Marcela! ¡La puta que te parió!… ¡¿Me escuchás o no, carajo?!…
¡Pará que pongo el manos libres!… ¡¿Me escuchás ahora?!…
¡¿Marcela?! ¡¿Marcela?!… ¡Decíme que estás ahí, por Dios!” “Ahora te escucho bien, abuelo. ¡¿Qué pasa?! ¡¿Estás bien?! ¡¿Por qué me llamás tan temprano?! ¡¿Le pasó algo a la abuela?!” “¡No, no! Por suerte tu abuela está bien. Te llamo por otra cosa…
Vos sabés hablar ruso, ¿no?… ¡Decíme por favor que algo aprendiste en todos esos años que viviste allá!” “Sí, claro. Viví más de diez años en Rusia, abuelo. Algunas cosas sé…”, repondió Marcela.
“¡Perfecto! ¡Perfecto!”, dijo el viejo y se notó que rejuveneció más de diez años de golpe.”¡Entonces me tenés que ayudar!… ¡Me mandé una cagada grande como una casa!… Tu abuela tiene razón: ¡yo soy un pelotudo!” “¿Volviste a comprar animales de contrabando? ¿Cual es el problema de tener solamente un perro? ¡¿Para qué querés tener un condor de mascota?! ¡El último que tuviste se comió a todos los gatos del barrio!” “¡Esto no tiene nada que ver con eso, Marcela! ¡Hace rato dejé de comprar animales salvajes por Internet!… Necesito que me traduzcas algo, algo en ruso. ¡Es de vida o muerte!… ¡Por favor!” No aguanté más: poco a poco comencé a mover los pies y las caderas rítmicamente. No sabía bien de dónde venía la necesidad de moverme, y tampoco podía detenerla. ¡En mi vida imaginé que podía yo tener tanto dominio de mis piernas, y mucho menos de mis caderas! De golpe estaba bailando yo dentro de la enfermería como un cosaco, uno de esos rusos que pueden verse en los circos cada dos años en el Luna Park. Agachado, bien agachado, tiraba yo patadas hacia adelante al grito de “¡ey!, ¡ey!, ¡ey!, ¡ey!, ¡ey!” Y si bien me sorprendía con cada movimiento, no dejaba de disfrutar que era yo dueño de todo mi cuerpo hasta puntos indecibles.
“¡¡¡Por Dios, Marcela!!! ¡Tenés que ayudarme ahora! ¡Este hijunagranputa ya empezó a bailar en ruso! ¡Yo no sé cómo lo hace!
¡No parecía tan atlético! ¡Y menos que menos con ese traje!… ¡Algo deben haber metido los rusos en esa vacuna de mierda para que pasara todo esto!…” “¡Dale, decime! ¡¿Qué querés que te traduzca, abuelo?
Terminemos esta locura de una vez”.
“Aguantame en línea. Aguantame que primero tengo que hacer que este hijo de puta deje de bailar… ¡No te das idea de cómo se mueve!… ¡Pibe! ¡Pibe!… ¡¡¡¿Me escuchás, pibe?!!!”, gritó el viejo.
El oído, evidentemente, me seguía funcionando. Apenas escuché los gritos del viejo dejé de bailar y me puse duro como piedra.
Una vez que dejé de bailar, el viejo me miró a los ojos con cara de contento y entonces me preguntó: “¿Podés repetir eso que dijiste en ruso hace un rato?… ¡Dale, nene! ¡Ayudáme a resolver este quilombo!” Yo quería ayudar al viejo, pero no me era nada fácil controlar el cuerpo.
Con carita de nene que espera caramelos, el viejo me miraba expectante.
“¡Dale, nene! ¡Decíme lo mismo que me dijiste antes! Eso que dijiste en ruso… ¡No seas tan desagradecido! ¡Yo hice todo esto para ayudarte!” Las palabras del viejo me conmovieron, parece, porque enseguida, sin controlarlo, volví a hablar en ruso como un rato atrás: “¡¡¡Я собираюсь убить сукиного сына из чурреро прямо сейчас!!!""¡Ahí lo dijo! ¡¿Escuchaste, Marce?!” “Algo escuché. Decile que lo repita”.
El viejo me miró: “¡Hacé el favor de repetir, nene! Que mi nieta no escuchó un carajo”, dijo el viejo, suplicando.
Entonces repetí: “¡¡¡Я собираюсь убить сукиного сына из чурреро прямо сейчас!!!” “¿Escuchaste ahora, Marcela? ¡¿Qué carajos está diciendo este pibe?!” “Sí, escuché. Pero no parece coherente lo que dijo…” “Marcela, mi amor, nada de lo que está pasando acá es coherente.
Si entendiste algo de lo que dijo este hijo de mil putas te pido por favor que me lo traduzcas. Te juro que todo lo que tengo te lo dejo en herencia…” “Dijo algo de un tipo que parece que odia mucho, un tipo que lo trató mal o algo así… No creo que te sirva, abuelo”.
“¡Marcela, la puta madre que te parió, mi amor, ¿podés traducirme lo que dijo de una buena vez?!” “Está bien, abuelo. Está bien. Pero no te va a servir de nada, te aviso. Lo que dijo tu amigo es: ¡Voy a matar ahora mismo al hijo de puta del churrero!”.
“¡No puede ser! ¡¿Estás segura de que dijo eso?!” “Te dije, abuelo, que esto no tenía sentido”.
“Esperá un poco, Marcela, porque también dijo algo más”.
El viejo volvió a mirarme: “Repetíle a mi nieta la segunda parte de lo que dijiste, nene”.
Cansado ya de todo eso, grité: “¡¡¡Я собираюсь вернуть деньги, которые украл у меня сукин сын чурреро !!!” “¡Abuelo! ¡¿Me escuchás, abuelo?!” “Sí, Marce. Decíme”.
“Confirmado, abue. Lo que dijo tu amigo esta vez fue: ¡¡¡Voy a recuperar la plata que el hijo de puta del churrero me robó!!!” “¿Pero qué tiene que ver el churrero con Rusia, Marce?… ¿Vos creés que un churrero pueda ser un agente secreto?” “A mí no me parece, abue. Pero qué sería de los agentes secretos si los vieran venir, ¿no?”