Cometieron el error de pedirme un dinosaurio
Feria escolar y oficio creativo
Un día, revisando el cuaderno de comunicados de mi hijo, encontré una nota de la maestra del jardín que invitaba a todas las familias de los chicos y chicas a sumarse a la Feria de dinosaurios de la escuela, que se realizaría un mes después, con alguna confección de un bicharraco de esos. La condición era que debía hacerse en familia, es decir, que salieran los padres y madres del teléfono o la televisión por unas horas e hicieran un emprendimiento, de requerimientos creativos, de manera conjunta. Medio que instigaban (si se sabía leer entrelineas) a que se hiciera al fin algo en familia; más allá de las charlas superficiales que suelen existir debajo del techo de cualquier hogar a la hora de las comidas.
Digamos que esa nota en el cuaderno de comunicados me agarró mal parado respecto de la escritura, que era, por aquellos años, mi eje de actividades creativas. Cada tanto me daba por pintar; más que nada lo hacía en las épocas en que todavía no le daba tan duro a la escritura. Escribía, sí, pero aún no encontraba la puerta del oficio. Esa puerta la choqué de lleno una vez que ya no dejé para el tiempo que me sobraba del día sentarme a escribir. Una vez hecho eso, priorizar el trabajo en el escritorio, si entraba en casa y encontraba un cadáver tirado en el suelo, lo corría a un costado y me sentaba a escribir con el muerto a mi lado, y recién al terminar el trabajo llamaba a la policía. Cuando tomé consciencia, mejor dicho, cuando me hice cargo del trabajo que lleva llenar páginas con palabras, fue que comenzaron a llegar los libros que luego edité. En fin, la propuesta de hacer un dinosaurio en familia me llegó justo en esos días que yo estaba perdido por no tener nada creativo que hacer. Así que, imaginarán, me agarré de ese clavo caliente como protección del pensamiento que me azotaba cada mañana y cada noche: “¡Te quedaste vacío de palabras, gil! ¡Se te acabó la cuerda!”, decía mi voz interna y luego reía a carcajadas. ¡Era insoportable escucharla!
”¡¿Así que quieren un dinosaurio, estas hincha pelotas?!”, me dije en el acto.
“¡Santino!,” le grité a mi hijo, que estaba en su cuarto haciendo no sabía yo qué, “¡piden de la escuela que hagamos un dinosaurio para la feria del mes que viene! ¡¿Qué decís?, ¿lo hacemos?!” “¡Síiiiii!”, gritó desde su habitación.
“¡Vas a ayudarme, ¿no?!” “¡Claro que sí! ¿Cuándo empezamos?” “En estos días. Primero tengo que ver bien con qué carajos se puede hacer algo así. Te aviso apenas lo sepa”.
“Un dinosaurio…”, pensé.
Unos días después, el material que llevaba ventaja respecto de los demás era el telgopor. Trabajar con madera es un problema, se necesita un montón de herramientas. Con hierro, ¡imposible! Para moldear hierro necesitás directamente un taller de herrería. Nunca tuve herramientas más que una pinza oxidada y algún destornillador redondeado. Usar papel y engrudo era someterse a la asquerosidad y también a fregar cada día. Así que el telgopor se abrió paso enseguida entre los demás materiales.
“¡No se habla más! ¡Telgopor!”, sentencié.
Lo primero que hice fue tocar el timbre a mis vecinos: ambos trabajaban en una casa de electrodomésticos. Apuntaba yo a que me trajeran cualquier pieza de telgopor de las que protegen los aparatos que ellos vendían a diario.
“Mirá… La verdad es que siempre entregamos los aparatos en sus cajas. No tenemos nada de telgopor. ¡Ah, pará! Hace unos días compramos un termotanque para el departamento, creo que me quedó algo. Aguantáme un poco”.
Mi vecino salió con una pieza de telgopor en sus manos. No era muy grande, pero era algo.
“Ésta es la parte que recubre los controles del termotanque, el regulador y todo eso. ¿Te sirve?” No quise decirle que en realidad yo esperaba un poco más. Eran buenos vecinos: compartían conmigo su señal de Internet y se aguantaban mi música fuerte cuando yo me sentaba a escribir.
“Sí, claro. Con esto lo termino seguro… Gracias, Dieguito”.
Entré en casa bastante decepcionado. Apoyé sobre mi escritorio la pieza de telgopor y la contemplé largamente.
“El dinosaurio arrancó para la mierda”, pensé.
Después de dos cervezas, resultó que la pieza que me dio Diego se parecía bastante a una cabeza de cocodrilo. Claro, en la escuela me habían pedido un dinosaurio, pero con bastante esfuerzo uno puede llegar a confundir uno con otro; ambos son feos, verdes, corrugados, dentudos y le cuelgan esas patitas horribles a los lados del cuerpo.
“¿Por qué no?”, pensé mientras abría la tercera cerveza.
Un rato después, gracias a la cerveza, un dinosaurio y un cocodrilo eran para mí hermanos gemelos que gozaban de una genética idéntica.
“¡Listo! ¡Con esta pieza voy a hacer la cabeza!”, me dije y después casi que me arrastré hasta la cama.
Al otro día, cuando desperté, miré la pieza y supe de golpe cómo lograr hacer una cabeza con ese pedazo informe de telgopor. Llevaría bastante trabajo, claro, pero tenía un mes por delante; y, lo más importante, ese proyecto mantendría mi mente ocupada en algo creativo mientras esperaba yo a que las palabras acudiesen a mi escritorio nuevamente.
Pensando con monomanía en ese maldito dinosaurio, recordé que en el restorán donde yo trabajaba solían llegar los salmones de cinco o seis kilos de peso dentro de cajas enormes de telgopor.
“¡Ahora sí!… ¡Así que un dinosaurio, ¿no?! ¡Van a ver el Tiranosaurius Rex que les voy a hacer!” Esa misma mañana empecé a juntar las cajas de salmones. Una, dos, tres, cuatro… ¡veinte! Las limpiaba con lavandina y detergente, las secaba, las cortaba un poco y me las llevaba a casa atadas con hilo matambrero.
“¿En qué andás, Ariel?”, me preguntaban mis compañeros de laburo cuando me veían salir.
“Mejor ni preguntes…”, respondía yo y apuraba el paso para no escuchar las risas.
Una semana después, mi departamento estaba lleno de placas de telgopor. Empecé a ponerlas en el balcón porque el olor a pescado dentro de casa se había vuelto insoportable.
“Todo sea por mi hijo”, pensaba mientras acomodaba las placas en el balcón, lo más lejos de la ventana que podía.
De tanto madurar la idea en mi cabeza, llegó la noche en que comencé a trabajar.
Primero agarré la pieza que me diera Diego, la del termotanque. Sabiendo ya, gracias a la cerveza, que esa sería la cabeza del monstruo, empecé a darle forma. O la cerveza hace magia o yo hago magia gracias a la cerveza, porque resultó que a fin de cuentas esa pieza que me regalara el vecino se volvió una cabeza perfecta. Como dije, se parecía más a la de un cocodrilo. Así que con mucha paciencia y una trincheta comencé a moldearle una dentadura importante y agresiva. Diagonal tras diagonal, cada diente que aparecía ayudaba al proyecto y dejaba ver que el camino que yo había elegido no estaba nada mal para alguien que muy lejos estaba de ser escultor. Esa noche terminé la parte de arriba de la cabeza. Al día siguiente hice la parte de abajo: el maxilar inferior. Sin ambos maxilares no existe posibilidad de mordisco. Y un dinosaurio que no puede morder no puede comer y sin comer primero no se puede hacer nada después.
Terminada la cabeza, empecé a pintarla. Verde y marrón, verde y marrón, verde y marrón… ¡Cada vez se parecía más a un cocodrilo!
”¡¿Cómo carajos voy a hacer para que se parezca a un dinosaurio?!”, pensaba mientras no dejaba de pintar.
En un momento tuve un ataque de lucidez y entonces entendí que en los ojos, si lograba pintarlos con verdadera astucia, podría llegar a instalar el concepto de que eso no era un cocodrilo sino un verdadero dinosaurio. Pues bien, pincel untado con naranja fuego en mano, me fui hacia los ojos como un asesino. Un rato después, para mi sorpresa, la expresión de los ojos daba bastante miedo. Caí en la cuenta de eso a la madrugada, cuando me desperté a mear todo dormido y me encontré de golpe con un par de ojos color naranja fuego que me miraban con furia desde el centro de mi sala de estar: “¡¡¡Uy, la concha de la lora!!! ¡Qué cagazo!… Al menos los ojos quedaron bien”, me dije y seguí camino del baño.
La cabeza ya estaba lista. Faltaba poco menos de veinte días para la exposición. Si trabajaba duro, lo podía lograr. Entonces caí en la cuenta de que el tamaño de la cabeza era de unos veinte centímetros de ancho por unos treinta y cinco de profundidad.
“Para una cabeza así voy a tener que hacer un cuerpo bastante más grande de lo que yo creía”, pensé, y mi ánimo se desmoronó un poco.
En la nota del Cuaderno de comunicados no hablaban de hacer una cabeza de dinosaurio sino un dinosaurio completo.
“No puedo echarme atrás ahora”, me convencí.
Esa misma noche busqué una foto en Internet de un dinosaurio. Entre tantas que encontré elegí una que lo mostraba en una postura que tenía algo que ver con el gesto que denotaba la cabeza que yo había hecho.
Sabiendo ya el horizonte que debía perseguir, entré bastantes placas de telgopor de las que estaban en el balcón. Después miré la foto unas cuantas veces en la pantalla de la computadora. La foto que yo había elegido mostraba al animal de pie, en posición de atemorizar más que de estar dispuesto a la lucha. Comencé a tallar con obsesión (digamos que obsesión nunca fue lo que más me ha faltado).
Miraba la foto y enterraba luego la hoja de la trincheta en el telgopor. Esa primera noche que me dediqué al cuerpo logré tallar, muy bien logradamente, una de las dos patas traseras. ¡No podía creerlo! Un rato después, borracho, jugaba yo al golf con la pata del dinosaurio en el departamento.
Al otro día conseguí hacer la otra pata. La cosa avanzaba muy bien. Definitivamente yo no era Miguel Ángel, pero no me estaba yendo nada mal en el asunto de la escultura.
Noche tras noche fui consiguiendo más y más confianza en mí mismo, entonces el bicharraco comenzó a tener verdadera forma de dinosaurio.
Un día caí en la cuenta de que sólo me faltaba tallar la cola y el torso. Ya tenía cocinadas las patitas delanteras, esas que parecen atrofiadas, y las enormes patas de atrás. Si sumaba a todo eso la cabeza, que ya estaba pintada incluso, podía comenzar a convencerme de que me metería el primer premio de la exposición en el bolsillo. Debo decir que tal sensación de vanidad vino a dar el puntapié final. Entonces decidí ir a por el premio mayor de la exposición de dinosaurios.
A todo esto, mi casa, cada noche, era un verdadero océano de pelotitas de telgopor. Barría tres, cuatro veces y nada cambiaba. ¡No había forma de sacar esos mendrugos sintéticos y expandidos de mi casa! Decidí que lo mejor sería acostumbrarme a ellos hasta que el asunto del dinosaurio acabara. Yo no sé tomar grandes decisiones respecto de mi futuro, pero sí sé muy bien cómo hacerme el día a día lo bastante cómodo para no terminar por padecerlo.
Faltando cinco días para presentar el trabajo, encontré en la calle, contra un cesto de basura, ¡oh, milagro divino!, los telgopores de arriba y de abajo con los que se empaqueta de fábrica un lavarropas cilíndrico, de los que mueven la ropa en lugar de lavarla. ¡No cabía yo dentro de mí mismo de la alegría que me atropelló! Fue nomás ver esas dos piezas en la calle que supe al instante que tenía ya un torso para el dinosaurio. Ahora sí tenía yo de dónde encastrar las cuatro patas y la cabeza. Aún debía tallar la cola, claro, pero ya sabía bien yo que no iría a fallar en la última parte. Junté entonces esas dos piezas de telgopor de lavarropas, me las puse al hombro y seguí camino hacia mi trabajo.
“En serio, Ariel, ¿en qué andás? Estamos todos bastante preocupados por vos”, seguían diciéndome mis compañeros y compañeras de trabajo.
“¡Tengo que ganar un premio de dinosaurios sí o sí! Nada más que eso”, respondía yo.
“Cuidáte, che… ¡Porque los cuarenta te están pegando para la mierda!” La grandiosidad emocional de entrar en casa sabiendo ya que la cuestión del torso estaba solucionada, me disparó a que esa misma noche tallara la cola, que era lo último que me faltaba tallar, y comenzara al fin con las etapas de ensamblaje y de pintura. Me acosté hacia las seis de la mañana, cuando vi pegar contra mi balcón al sol, que siempre es un límite de la felicidad cuando se es joven.
Al día siguiente falté, ¡cómo no!, al trabajo. Y dediqué todas las horas del día a pintar y ajustar bien las piezas del dinosaurio al flamante torso que le había conseguido. Incluso lo anclé a una base, también de telgopor, que cubrí con hojas secas que junté de la calle. Eso me hace saber ahora que era pleno otoño cuando todo esto sucedió.
Santino se sumó al proyecto en las instancias finales, cuando logró dilucidar un dinosaurio en eso que yo estaba haciendo desde casi un mes atrás. Entonces, con todo tan avanzado y esplendoroso, se sumó a la intención de ganar el primer premio.
El bicharraco ya estaba listo. ¡Un mes entero le había dedicado! Bien adentro mío sabía que el trabajo estaba logrado. Llamé a la mamá de Santino para que me ayudara a llevarlo hasta la escuela. El bicho medía casi un metro y medio de alto: ¡sería una tragedia que llegara partido!
“Cinco años separada de vos y todavía seguís sorprendiéndome. ¡No sé cómo lo hacés!”, me dijo la mamá de Santino apenas entró en casa y vio el dinosaurio.
“Agarrá de esa punta, ¡querés!”, me salió decir.
El jardín de mi hijo estaba a seis cuadras de casa. Agarramos, su mamá y yo, al bicharraco por su base y comenzamos el largo camino hasta la exposición.
En la calle la gente nos miraba como si fuésemos un par de locos.
Veinte minutos después estábamos en la puerta del jardín.
Toqué el timbre.
La directora salió. Entonces se encontró con el dinosaurio: “¡Nooooo! ¡No lo puedo creer!… ¡Pasen! ¡Pasen!” Llevamos el dinosaurio hasta la sala principal de la escuela.
“Vamos a ponerlo en la entrada, mejor. Que sea lo primero que vea la gente. ¡Impresionante la proyección que lograron!”, dijo.
Depositamos el mastodonte donde ordenó la directora.
Mi trabajo estaba hecho.
Salí de la escuela y me fui a trabajar. Me perdí la exposición por ir trabajar. Todavía me arrepiento.
Mi vieja, que sí fue, me dijo que ganamos el primer premio.
Unos días después de terminar el dinosaurio volví a escribir.
Mi vida ya estaba nuevamente en el orden que me gusta.