La fosa común de los sueños perdidos

El enano Silvio

Un personaje que no entra en el armario

La película comenzó tarde. Un problema en el proyector o algo así. Llevábamos dispuestos más de media hora en nuestras butacas y en la sala no cabía, como suele decirse, un alfiler. El estreno había sido muy comentado y nadie quería perderse la primera proyección. No había mucho de qué hablar en el pueblo usualmente, así que salir al otro día a la calle teniendo una herramienta de participación social venía muy bien a todos por igual. Emocionaba ver la diversidad etaria dentro de la sala: niños y niñas, medios y medias, ancianos y ancianas. El buffet no daba a basto con la máquina de pochoclos. Mientras esperábamos, se escuchaban sonidos de masticar y de beber desmedidos.

Se sabía que la sala estaría llena. Armando, que manejaba el buffet del cine desde su época de esplendor, adivinó bien que esa noche el retorno de la sala a su máxima capacidad sería épica y segura. Como buen zorro viejo, Armando no dudó en contratar más personal. Y como le gustaba ahorrar dinero, sobre todo desde que la industria del cine cayó en decadencia, aprovechó algunas personas que estaban sin qué hacer y bastante dispuestas a reinsertarse en la sociedad.

A cuatro kilómetros del pueblo existía una estancia para enanos y enanas. Era un lugar un poco tétrico, o al menos eso se decía entre los pocos que lograban ingresar y que trabajaban allí. En el pueblo se comentaba que en esa estancia se hacían experimentos genéticos.

“Están tratando de que los enanos y enanas crezcan”, decían algunos.

Esos rumores corrieron fuerte los primeros tiempos, apenas la estancia abrió sus puertas. Con los meses, los correveidiles fueron cesando sus comentarios y mucho más no se pudo saber. Pero el pueblo quedó con la imagen colectiva de que allí, en la estancia, los enanos era utilizados para experimentar; que fueran a crecer algún día había pasado a segundo plano. La estancia para enanos había sido la única inversión que tuvo el pueblo en las últimas tres décadas; daba trabajo a más de treinta personas y poco a poco dejó de ser importante si servía o no, si hacía el mal o se hacía el bien, si los enanos y enanas crecían o se achicaban todavía más. Lo único que sí ocurrió, es que cuando algunos de los enanos y enanas bajaron al pueblo a buscar trabajo, la respuesta que se les dio fue política y respetuosa pero abrochada de inmediato a la negación absoluta. Sólo un enano consiguió trabajar en el pueblo, y lo hizo de cerrajero. Una sola cerrajería existió siempre en nuestra comunidad, y quien la comandaba se torció feo la cintura. En un pueblo donde nadie cierra la puerta de su casa con llave, con un cerrajero sobra. Pero cuando nuestro cerrajero oficial se nos jubiló, quedó expuesto el asunto de que casi todos utilizaban sus servicios para cerraduras internas de la casa y casi ninguno para las externas. Y Silvio, el enano que descubrió la veta, el mismo día que bajó al pueblo a buscar trabajo de cerrajero no logró volver a dormir a la estancia esa noche por la cantidad de trabajo que se le presentó. Era perfecto un enano de cerrajero, porque no tenía que agacharse. Si se cuidaba Silvio con el alcohol y el tabaco, el pueblo tendría cerrajero por sesenta años más. La voz popular de que teníamos cerrajero otra vez en la comunidad se avivó en pocas horas, y Silvio, en un sólo día, conoció más de veinte casas del pueblo por dentro. Las primeras semanas, Silvio alquilaba las herramientas al cerrajero retirado. Pero una vez que Silvio se hizo de una buena caja de insumos, accesorios y todo lo que se necesita para reparar cerraduras, el viejo cerrajero cayó en la miseria absoluta y al poco tiempo murió. Pidió un deseo antes de morir, eso sí, y fue cumplido. El viejo cerrajero no quería que sellaran su féretro con tornillos, pidió que sea cerrado con tres cerraduras. También pidió que después de darle dos vueltas de llave a cada un de los cerrojos de su cajón, echaran el llavero al mismo pozo donde sería enterrado. El enano Silvio se encargó del servicio del viejo cerrajero del pueblo. Fue tan profesional la prestación que brindó con el féretro, que la viuda se emocionó como nunca lo había hecho. Silvio, así, en una jugada milimétrica, logró vivir con la viuda después de la sepultura: consiguió trabajo y casa en tiempo récord. “Ahorro mucho tiempo al vivir acá. Antes caminaba ocho kilómetros por día, entre ida y vuelta. Y caminar tanto con estas piernas tan cortitas… ”, decía Silvio cuando alguien le preguntaba sobre el asunto de haberse instalado en la casa del viejo cerrajero.

Cuestión más, cuestión menos, Armando, el dueño del cine, no dudó en hablar con Silvio a la hora de enterarse de que la película más taquillera de los últimos cincuenta años se estrenaría también en el pueblo. Las distribuidoras de películas le venían dando la espalda a Armando, y el pobre dueño del cine llevaba veinte años pasando clásicos que ya no le importaban a nadie. El cine se vació cada fin de semana un poco más. Armando lograba sobrevivir sólo con la proyección de películas clásicas porque no pagaba alquiler. Era dueño de la sala, que antes fue de su padre y que antes fue teatro. Armando era el hijo que siempre echa a perder todo el esfuerzo económico de la vida que le toca suceder. Pero con el asunto del estreno de una cinta tan taquillera no dudó, y se fue derecho a hablar con Silvio. Necesitaba empleados para vender los pochoclos y los maníes con chocolate. Armando sabía bien que el negocio no estaba tanto en cobrar entrada sino en dar de comer y beber lo máximo posible. En los enanos de la estancia, que no podían conseguir trabajo, entendió rápido podría conseguir mano de obra barata, casi esclava.

Armando tocó la puerta de la casa del viejo cerrajero, que ahora, se decía en el pueblo, era la casa del enano Silvio. La viuda del viejo cerrajero abrió la puerta en bata, apenas cerrada. La señora cargaba con setenta años, pero estaba tan viva cuando Armando la observó, que el dueño del cine comenzó a mirar al enano Silvio con otros ojos. Un poco se asustó Armando con la vitalidad que encontró en la viuda del cerrajero: “De saberse esto en el pueblo, ¿cómo seguimos con nuestra vida tranquila?”, pensó enseguida. Y, en eso, Armando recordó que hizo reparar la cerradura del granero una semana atrás de ir a visitar a Silvio, y que al volver a su casa tan tarde, por el asunto del estreno de la nueva cinta, no reparó en el detalle de que había encontrado a su esposa con una vitalidad que consideraba extinta en ella. “¿Será que este enano de mierda se cogió a mi mujer?”, se preguntó sobresaltado. Armando cayó en la cuenta, apenas sospechó, de que llevaba cuatro años sin tener sexo con su esposa. “¡Enano hijo de puta!”, pensó Armando enseguida.

“¿Qué necesita, Don Armando?”, preguntó Silvio, mientras hacía pasar al dueño del cine a su sala de estar.

Silvio ya habitaba el pueblo como si fuera suyo. Recibió en bata también a Armando, y mientras le daba la bienvenida metía la mano entre las telas y se acomodaba, evidentemente, un miembro que le llegaba bastante más abajo de la media pierna. Cuando Armando entendió la maniobra, quedó mudo.

“¡Este hijo de puta estuvo en mi casa con mi esposa!”, se dijo Armando; y no podía quitar sus ideas del supuesto largo del miembro del enano Silvio.

“Adelante, Don Armando. Pase. ¿Quiere tomar algo? ¿Un vaso de leche, quizá?”, la viuda del viejo cerrajero, al escuchar esa pregunta, soltó una carcajada estruendosa.

”¡¿Eeeh?! ¡No! ¡Leche no!… Estoy bien así. Gracias”, respondió Armando.

“Disculpe las fachas, Armando. Recién nos levantamos de la siesta. ¿Qué necesita?” Armando intentó con todas sus fuerzas concentrarse en el asunto que lo llevó allí.

“Silvio, se viene un estreno en el cine que vengo esperando hace muchos años. He invertido mucho dinero para que esta película llegue a nuestro pueblo. Hice un gran movimiento económico para pagar derechos y demás. Y necesito activar el buffet. Yo no estoy en edad de encargarme de todo. Antes podía, era más joven. Cobraba las entradas, subía las escaleras de dos en dos, ponía en marcha el proyector y después bajaba a cocinar los pochoclos… Pero ahora ya no puedo, Silvio.” “Sí, algo me contó su esposa cuando reparé la cerradura del granero. Algo me dijo acerca de que usted ya no era el de antes”, respondió Silvio y volvió a acomodarse el trozo bajo la bata.

Armando tragó saliva. La vida se lo estaba llevando puesto desde lo comercial hasta lo amatorio. Por primera vez comprendía que la vida es más fácil para los jóvenes.

“Pero sea directo, Don Armando, ¿en qué puedo ayudarlo?” “Sin vueltas Silvio. Necesito una tropa de enanos y enanas para que vendan pochoclos y maníes con chocolate el día del estreno. La gente normal me pide mucho dinero por día de trabajo. Y pensé que, quizá, en su comunidad pequeña, pueda yo bajar los costos, ayudarlos a ustedes y que… en fin… todos salgamos ganando. ¿Qué le parece, Silvio? Tengo entendido que ustedes mucho trabajo no consiguieron en el pueblo, les estoy abriendo una oportunidad única, ¿no?” Silvio pensó un segundo antes de responder.

“Cuando dice ´normal´, ¿qué quiere decir, Armando?” “¿Cuándo dije normal?” “Recién. Dio a entender que ustedes, los que crecen sin problemas, son normales, y que nosotros, los enanos y enanas, no estaríamos calificando… o algo así. ¿Puede explicarme eso, Armando?” Si unos minutos antes Silvio lo había hecho sin querer, esta vez aprovechó la jugada para acomodarse su trozo descomunal con propósitos cínicos. Incluso dejó escapar la punta, abriendo, como al pasar, un poco la bata.

Armando tragó saliva otra vez. Mucha saliva. Ya no sabía qué hacer ni qué decir. Y el miembro de Silvio estaba cada vez más afuera de la bata. Tan afuera de la bata que conoció la cabeza. La vida le estaba jugando una mala pasada, pensaba Armando; pero también podía ser que la vida le estuviese brindando un nuevo aprendizaje.

“Mire, Armando. Yo le puedo conseguir todos los enanos y enanas que usted quiera para trabajar en el cine el día del estreno. Pero con esa actitud despectiva… Bueno, lo veo difícil. Yo no puedo exponer a mis hermanos y hermanas a una situación de explotación. La gente cree que los enanos no servimos para nada que no se lleve a cabo a menos de un metro de altura. Y yo, ¿cómo se lo explico, Armando?, vengo a traer paz y equidad a mi comunidad. ¿Sabe a qué altura están las vulvas de las mujeres que no son enanas?” “¿El qué?” “Las vulvas. ¿A qué altura están las vulvas de las mujeres ´normales´, como le gusta decir a usted?” “Bueno, no sé. Nunca lo medí… ¿Metro veinte, quizá?” ”¡¿Metro veinte la altura de una vulva?! ¡Será en la NBA femenina eso!… La vulva de una mujer que no es enana está a la altura de la tabla de una mesa, como máximo. Y eso se lo digo con conocimiento de causa, Armando, porque apenas llegué a la edad en que me daba la punta de una mesa en la frente, mi mamá calmaba mi llanto desesperado agarrándome de la nuca y llevando mi boca contra ella. Así que una mesa, para mí, tiene la misma altura que separaba el suelo de la vulva de mi madre. Ahora bien, algo nunca entendí, si siendo niño me daba la cabeza contra la punta de la tabla de una mesa, ¿en qué momento dejé de crecer? Siempre eché culpas a la vulva de mi madre. Algún líquido debería de tener su vulva que interrumpió mi crecimiento, ¿no? Pero ella insistía en llevar mi boca hacia su vulva cada vez que me golpeaba, y un tiempo después yo dejé de crecer. Y un tiempo después entendí que mi madre me empujaba, cuando yo no me daba cuenta, para que me golpee a propósito. Estoy en terapia psicológica ahora. Eso de mi madre y su vulva sí que me marcó. Mire, Armando, yo le consigo todos los enanos y enanas que necesite. Sólo le pido que me dé el treinta por ciento de lo que vaya a pagarles por su jornada de trabajo. ¿Tenemos un trato, Armando?” Armando hizo la cuente en el aire. La mano de obra de los enanos y enanas en tratamiento se podían solventar con una donación a la estancia. Así que podía pagar lo que él quisiese. Silvio pedía el treinta por ciento, así que sólo debía buscar el precio que a él le convenía y sumarle el cargo que Silvio le exigía. Armando se puso de pie, extendió su mano y le dijo a Silvio: “¡Tenemos un trato, Silvio! ¿Cuándo quiere su treinta por ciento de los enanos y enanas?” “Unos minutos antes del estreno paso a buscar mi dinero. ¿Está bien?” “Está perfecto, Silvio. A esa altura ya habré cobrado las entradas a la sala. Muchas gracias por atenderme.” “Gracias a usted, Armando. Le pongo los enanos y enanas a las siete de la mañana en el cine. Así tiene tiempo de instruirlos. Si no están a la altura del trabajo, los puede golpear con confianza. Ese es un regalo que le hago yo. Nuestra comunidad es grandiosa, si se la sabe aprovechar. Y que midan no más de un metro de altura los empleados le va a hacer ahorrar un montón de dinero en aseguradoras de trabajo. ¡Esos sí que son unos chantas!” “Gracias, Silvio. Ojalá tengamos otro estreno muy pronto. Llevo muchos años esperando a que la sala esté llena. Es un alivio para mí poder contar con usted.” “Los enanos somos buenos, Armando. Sólo exigimos que nos sepan tratar. Y ahora, si me permite, me vuelvo a la cama a dormir la siesta con mi mujer.” “¡Iupiiiiii!”, soltó la viuda del viejo cerrajero apenas escuchó lo que se le venía.

Silvio le guiñó un ojo a Armando.

“Y ya sabe, Armando, cuando se le rompa la puerta del granero, lo primero que tiene que hacer es llamarme.

Silvio cerró la puerta cuando Armando dejó su casa.

“¡Cómo me gusta este pueblo de mierda!”, escuchó Armando decir a Silvio del otro lado de la puerta.


La gente se adaptó muy bien a tener que salir a buscar a los pasillos de la sala los pochoclos y los maníes. Era difícil ver a los enanos y enanas caminar entre las butacas. Pero gracias a las luces led y también a algunos gritos, nadie pasó hambre y todos disfrutaron de una buena película en un pueblo que no tenía más que lo mismo que treinta años atrás.


Silvio, dos años después, llegó a Intendente.

A la hora de amueblar su despacho oficial, quitaron una mesa y una silla de la salita de cinco años del jardín de infantes y las pintaron de negro.

Silvio estaba bien, muy bien.