Bendito lanzallamas
Guerra contra la nieve
Harto de que se la pase nevando, y dispuesto a combatir copo por copo, decidí comprar un soplete de mano. Harto de la belleza tonta de la nieve año tras año, juré por mi libertad que en la próxima vuelta que fuese víctima de una nevada no dejaría que el suelo volviese a cubrirse de blanco delante de mi vista.
Mi idea era sencilla: derretir cualquier pedazo de hielo esponjoso que ostentase posarse sobre alguna superficie que rondara mi hogar. En mi afán de proteger las plantas, los gorriones y cualquier especie que quisiese vivir en paz durante el invierno, me metí en la ferretería con buena decisión. “¿Qué tal?”, le dije al ferretero. “Bienvenido, señor. ¿Qué anda buscando en esta mañana de junio?” “Ando buscando que llegue diciembre de una buena vez, eso de la nieve me tiene bastante harto”. “¡Y recién está por arrancar! Trate de tener paciencia. Es su primer invierno acá, ¿no?” “Es mi sexto invierno. Por eso estoy harto. Yo no sé cómo hace la gente para fingir año tras año que la nieve es hermosa. Y ni le hablo de los que nacieron acá. ¡Esos son unos enfermos!” “Yo nací acá”. “Mire qué bien. Lo felicito. Yo no nací acá. Y me parece una tontería el asunto de que siempre ocurra lo mismo. Hacer las compras porque no se va a poder salir de casa, cagarse de frío hasta para ir a mear a la medianoche… Todo me parece una enorme basura que intentan vender como mérito propio. Están tan orgullosas las personas de esta ciudad que parece que a la nieve la fabricaran ellos mismos”. “Parece que anda algo nervioso. Dígame que quiere que tengo gente detrás suyo”. “Quiero un soplete de mano. Una especie de revólver que dispare fuego. Necesito derretir esos malditos copos de nieve antes de que lleguen al suelo. ¿Tiene?” “Un soplete de mano. ¿En serio?” No respondí. Pero lo miré bien fijo. “Parece que es verdad que busca un soplete de mano. Bueno, la verdad es que yo no vendo algo así. Se me ocurre que en un bazar gastronómico lo puede conseguir. ¿Vio que los cocineros flambean los panqueques con esos aparatos? Quizá le pueda servir. Eso sí, le aviso de antemano para que después no se queje, va a gastar un montón de dinero en repuestos de gas; porque llevan los sopletes unos tanquesitos, como aerosoles, ¿vio?, que cuestan una fortuna cada uno”. “¿Bazar?” “Gastronómico. Bazar gastronómico. Allí lo va a conseguir”. “¿Y algo más grande? Existe algo más grande que un soplete de mano?” “¡Qué pregunta, mi amigo! A ver… Algo más grande sería como esas pistolas de fuego que se usan en las películas. ¿Las conoce? Son como hidrolavadoras pero que tiran fuego. No sé con qué se alimentan, si con combustible líquido o se conectan directo a la línea de gas. A mí me parece que son portátiles, así que deben llevar algún tipo de combustible en un tanque dentro del mismo aparato”. “Mmm… Me gusta. ¿Y dónde puedo conseguir algo así?” “Me imagino que en una armería. Pero debe ser como comprar una pistola, le van a pedir un montón de papeles, registros y permisos”.
El ferretero me explicó cómo llegar a la armería más cercana y hacia allí me dirigí sin perder tiempo. El pronóstico deba nieve para la mañana siguiente y yo tenía pensado arrancar un nuevo invierno teniendo el control total.
Entrar en una armería no es lo mismo que entrar en una ferretería. La primera impresión mete un poco de miedo. Tantos artilugios pensados para la masacre te hacen sospechar en primera medida del mismo tipo que está detrás del mostrador. En general son tipos calvos, descuidados de su imagen y como perdidos en pensamientos impredecibles. Dan la impresión de que son personas que recién vuelven de cagar y que no se limpiaron el culo con celo.
Saludé apenas metí un paso en el negocio. “Buen día, señor. ¿Qué porte tiene la persona que desea asesinar el día de hoy?”, me dijo el tipo de golpe y yo quedé perplejo. “Tranquilo. Es un chiste que hago siempre con los clientes nuevos. Si hubiese visto la cara que puso…” “Disculpe, no conocía el especial sentido del humor de los armeros”. “Somos especiales porque vendemos objetos especiales. Dígame, ahora en serio, ¿qué anda buscando? Y por las dudas le aclaro: matar una persona está mal”.
Hice cualquier gesto. “Busco esas pistolas que tiran fuego como si fuesen chorros de agua. ¿Las conoce? Salen en las películas. ¿Usted las vende?” “Sí, los lanzallamas. Los conozco. Y los vendía hace unos años. Pero con tantas casas de madera en esta ciudad la municipalidad los terminó por prohibir. La gente los llevaba para quemar la casa del vecino durante la madrugada. Acá se pelean mucho entre vecinos. Cuestiones de usurpación de terrenos, de borracheras interminables y demás. Ahora ya no los vendo más. De hecho, el último lanzallamas se lo vendí a los bomberos voluntarios del kilómetro seis. Son peligrosos en las manos equivocadas. La gente cree que no son pistolas y los usa como si le fuesen a dar un premio por cada objeto que quema. Les agarra el Diablo cuando lo usan. Unos minutos después, lo queman todo a su alrededor y nadie los puede detener. Son peligrosos. Daban buenas ganancias, pero los prohibieron”. “¿Entendí mal o me dijo que fueron los bomberos los que compraron el último? ¿Para qué querrían los bomberos un lanzallamas? ¿No es raro?” “La policía compra armas todo el tiempo y no suena nada raro. Si lo piensa así… Lo raro depende del sorprendido, ¿no? Parece que los bomberos usan el lanzallamas para terminar con los incendios forestales. ¿Sabe lo que es un cortafuego?” “¿Lo contrario a un lanzallamas?” “Bueno, es gracioso su sentido del humor; hasta podría poner una armería con ese humor. Pero no. Un cortafuegos es una maniobra que hacen los bomberos para impedir que avancen los incendios forestales descontrolados. Imagine que se está quemando un centenar de hectáreas de bosque nativo, ¿cómo se detiene eso?” “¿Con agua bien fría?” El tipo me miró serio. “Agua fría sería lo ideal. Sí. Pero si se encontrase agua fría en todos los bosques no existirían los incendios forestales, ¿no? Un cortafuegos es una maniobra en la que los bomberos talan árboles a lo loco hasta generar una separación muy ancha entre el bosque que se está quemando y el bosque que se pretende proteger. Digamos una franja de unos veinte o treinta metros de ancho entre el fuego que viene y el bosque que se debe cuidar. Una vez tumbados esos árboles, se los prende fuego, cuestión que no sean madera viva para que el incendio, al llegar, siga su avance alocado. A esos árboles talados se los incinera con un lanzallamas. Por eso fue que yo les vendí el último lanzallamas que tenía a los bomberos del kilómetro seis. ¿Me sigue?” “Sí. Perfectamente. ¿Dónde están esos bomberos?” “En el kilómetro seis. Ya le dije”. “Sí, claro”.
Salí de la armería convencido de que mi misión no era ya comprar un soplete de mano sino asaltar el cuartel de bomberos del kilómetro seis y hacerme del último lanzallamas que quedaba en la ciudad. Por suerte, ya había caído la noche.
La maniobra de robar un cuartel de bomberos no es algo sencillo, pero entendí mientras lo hacía que tampoco era algo tan difícil como se puede sospechar.
A eso de las diez de la noche, entré en mi casa con el lanzallamas y un bidón de veinte litros de combustible especial para ese artefacto demoledor.
No podría haber salido mejor el día. La próxima nevada ya no me cogería con los pantalones bajos, sino dispuesto a darle batalla para que los derredores de mi hogar no estuviesen tan fríos ni tan resbaladizos. Soy una persona muy ansiosa: después de controlar la nieve, mi próximo paso sería, ya lo había decidido, hacer llegar el mar hasta estos paisajes que de tantas montañas y lagos que ostentan acaban por aburrir más que por entretener.
Pero primero debía controlar la nieve. Antes del tercer paso siempre está el segundo.
El lanzallamas ya estaba en casa; lejos de la estufa, claro, no vaya a ser cosa que…
Cargué el tanque del lanzallamas con su combustible especial. Me colgué el aparejo del cuerpo y luego me senté a la ventana a esperar la nieve. Esta vez, seis años después de llegar a estas tierras frías, y más aburridas que hermosas, vencería yo a su mayor representante de belleza: la nieve.
Un rato después me quedé dormido.
Creo que dormí varias horas.
En eso, abrí los ojos de pronto, como si hubiese perdido algo importante en mitad de un sueño. Asustado, miré través de la ventana. La noche se había cerrado pero la nieve no comenzaba a caer aún. Estaba a tiempo. Me acerqué a la cocina a preparar café. Llevaba años sin beber. Café estaba bien. Café bien fuerte estaba bien. En eso, mientras revolvía el jarro, reconocí detrás del vidrio de la cocina que la nieve comenzaba a llegar. Estaba listo. Colé el café con cuidado. Necesitaba cada gota. El día sería largo y recién estaba comenzando. El pronóstico había avisado que la nevada duraría algo menos de dos días. La tarea sería larga e intensa.
Armé un cigarrillo y bebí el café tranquilo. Observé cada copo siniestro caer del otro lado de la ventana. Las primeras horas de una nevada no asustan; apenas llega a cubrir el piso porque enseguida se derrite. El problema al nevar comienza después, cuando todo está frío, entonces los copos de nieve se sostienen donde caen y comienzan a formar una capa untuosa y suave que al rato genera un lecho asqueroso.
Disfruté mi café y mi cigarro a sabiendas de la tarea que se me acercaba. Sonreía en la soledad y oscuridad de esa preciosa noche que sería primer día de mi nueva tarea.
Un lanzallamas tiene un botón, además del gatillo, que enciende el aparejo y despierta en la punta de su cañón una llama sutil y persistente que ofrece al combustible la ignición necesaria para escupir fuego a chorros cuando uno lo desea. Nunca me había sentido más feliz en toda mi vida. Apenas saliese al parque de mi casa, desplegaría un enorme chorro de fuego, arremolinado, que no dejaría llegar la nieve al suelo.
Me abrigué bien, con ropa que no fuese de plástico. Me puse un viejo pantalón de cuero, una campera también de cuero y por último me coloqué unas botas tejanas que me parecieron la mejor opción para pisar seguro y fresco. Estaba listo. Me colgué el lanzallamas del hombro derecho, abrí la puerta de mi casa y salí al parque como si estuviese siendo invadido por vikingos despiadados. Cerré la puerta, miré al frente, apreté el botón de encendido de mi soplete descomunal y pegué un grito de guerra que no recuerdo bien en qué consistió. La sensación era de estar entrando en una batalla épica, una batalla que nadie había librado hasta hoy. Me sentía un héroe a punto de entrar en acción. En la belleza zonza del invierno sureño, supe reconocer que podría ser mejorado todo eso que a la gente colmaba y satisfacía desde siempre. Mejoraría el bienestar común, abriría caminos nuevos, ofrecería a la población un nuevo modo calmo para llegar a diciembre sin sufrir. Se me veneraría. Claro, también era yo consciente de que ligaría algunos enemigos, sobre todo en esas personas que viven de la nieve, del frío y de las cervezas negras. Pero una revolución jamás deja conformes a todos, y uno debe saber elegir sus convicciones de acuerdo a lo que considera justo e injusto. A mi parecer, la nieve era una injusticia que hasta ese día era indiscutida; y a mí no me gustan nada los asuntos indiscutibles, preestablecidos y traídos de los pelos porque sí.
Con ese apelotonamiento en la cabeza, caminé mis primeros pasos dentro de mi parque. El primer copo de nieve que cayó sobre mi frente, fue el responsable de que yo considerara a mi guerra justa. Entonces apreté el gatillo lentamente. Llevaba horas intentando prever cómo sería el primer chorro de fuego que yo lanzara. Apreté el gatillo con prestancia y sensibilidad. Necesitaba saber qué tipo de arma tenía yo colgada sobre mis espaldas y hasta dónde me permitiría llegar. Me asombré de la eficacia y de lo bien que se reflejaba en la llama disparada cada ajuste de gatillo que yo generaba con mi dedo índice. Era apretar apenas el pulsador para ver salir enardecida una línea de fuego autoritaria y total. “¡Qué mal la hubiese pasado con un soplete de mano!”, pensé enseguida, y me metí de lleno en el parque.
La nieve caía tupida ya. En el centro mismo de mi parque, di dos vueltas lentas y enteras sobre mí mismo apretando el gatillo a mediana potencia. Luego observé. ¡Magia! Ninguno de los copos de nieve que cayeron con fluidez durante mi ataque lograron posarse sobre el suelo; se derritieron inmediatamente. No sólo eso, el agua que dejaron en el aire al ser alcanzados por el fuego, se evaporó al instante. Ni copos ni agua llegó hasta el suelo. Envalentonado con los primeros resultados de mi experimento, apreté entonces el gatillo con furia, hasta su tope, y comencé a dar giros y más giros sobre mi eje, barriendo cada copo que descendía. ¡Nada! Nada llegaba hasta el suelo. Toda la nieve que estaba encima de mí, cayendo constante y a metros de llegar a tierra, desaparecía de la faz con mi línea de fuego. Solté una carcajada embravecida y comencé a dar más giros alocados sin darle paz al gatillo del lanzallamas. Cuatro metros a mi alrededor, no parecía invierno ni noche de nieve ni sur del continente ni nada que hiciera pensar en que el día siguiente iba a ser una lucha permanente llegar hasta el almacén del barrio para hacerse de algo de alimento. Comencé a recorrer el parque de mi casa dando cacería a cada copo de nieve que flotaba sobre mí. La lucha era constante. Eran las primeras horas de la nevada y mi trabajo apenas comenzaba. Iba y venía, dando bala de fuego a todo lo blanco que se me cruzaba. En tanto frenesí, no comprendí que el auto de mi vecina no estaba blanco por la nieve sino porque de fábrica lo pintaron de ese color. Primero, le apunté al capó. Y como vi que nada cambiaba seguí después por el techo. Todavía blanco el auto, y yo con el tanque lleno de mi lanzallamas, no dudé un segundo y bañe de fuego el auto de mi vecina. Una de las cubiertas del auto comenzó a dar fuego. Menos de un minuto después, explotó la cubierta con un estruendo ensordecedor. “¡Mierda!”, pensé.
La planta de laurel que estaba detrás del auto, con la explosión del caucho encendido del neumático, comenzó a prenderse fuego también. “¡Upa!”, pensé.
La planta de laurel, que crecía tranquila junto a unos frambuesos, contagió las llamas a estos arbustos. En pocos segundos, el cerco de árboles, plantas y arbustos que impedían que los vecinos nos espiáramos entre nosotros, comenzó a ser una línea de fuego alto y crepitante que me dejó algo atontado. “¡Puta madre! ¿Cómo no vienen estos lanzallamas con un lanzaaguas también? ¿Cómo hace uno para controlar todo eso que va encendiendo?” Me acordé del armero y de la prohibición de vender esos artefactos al público común.
Di por perdido al auto de la vecina y a todos los árboles y arbustos que ardían y volví a concentrarme en mi objetivo inicial: la nieve.
Volví a colocarme en el centro del parque y giré y giré hasta volver a generar un hueco sin nieve. Lo conseguí. Descansé un poco. Eso de derretir nieve con un lanzallamas parece tarea fácil pero lleva su desgaste. Me saqué el arma de encima, entré en casa y comencé a armarme un cigarrillo. Mientras pasaba la lengua por el pegamento del papel, escuché otra explosión similar a la del neumático del auto de mi vecina. Me asomé por la ventana, pero no pude saber qué había explotado esta vez.
Mientras encendía el cigarrillo, pude ver en llamas el enorme cerezo que estaba justo delante de mi casa. Quedé algo petrificado al ver tanto fuego en mi terreno. Mis manos comenzaron a temblar. Ahora no sólo debía pensar en cómo atacar la nieve sino también en cómo combatir los destrozos que estaba engendrando en esa madrugada terrible.
Los vecinos, alertados por las explosiones y por tanto ruido de madera ardiendo, comenzaron a salir de sus casas y a acercarse a la mía. Preguntaban a los gritos, desde la calle, si necesitaba ayuda; y también preguntaban qué estaba pasando, porque nunca en sus vidas habían visto ni escuchado tanto escándalo en una noche de nevada, que se presume de tranquilidad y de descanso. “¡Descansen ustedes, hijos de puta!”, me salió responder a su solidaridad, “¡La nieve es para los enfermos! ¿Cómo pueden vivir en un lugar así?” “¡Pero si tiene fuego en su casa! Desde acá fuera se puede ver. Déjenos ayudarlo. Nosotros sabemos cómo combatir un incendio en una noche de nieve. Es muy común en esta zona que en las noches de frío se incendien algunas casas”.
Cansado de escucharlos, apreté el gatillo a fondo y soplé una enorme y continua línea de fuego contra quien estuviese detrás de mi portón. Enseguida caer el fuego del otro lado del perímetro, escuché algunos gritos y algunas corridas. Mi lanzallamas parecía haber alcanzado a algunos vecinos que, prendidos fuego por llevar ropas plásticas, comenzaron a correr desesperados por la calle y a derretir, de pasada, cada copo de nieve que intentaba llegar al suelo. Así comprendí que yo no debía combatir directamente a los copos de nieve sino incendiar objetivos móviles, fuesen esos personas, autos o cualquier otro. “Pequeñas llamas móviles que fueran, en su carrera, derritiendo la nieve también”, deduje.
Salí a la calle, pues, con esa convicción, y a cualquier cosa o persona que se movía comencé a meterle un tiro de fuego.
Unas horas después, entre ambulancias, patrulleros y carros de hidrantes, se tejía en la puerta de mi casa un sin fin de luces de colores y de sirenas que daban al barrio la impresión de estar en medio de una fiesta patria. El griterío de la gente, claro está, opacaba un poco la sensación de festejo; pero no me dejé afectar el ánimo y disfruté todo lo que pude haber vencido a la nieve con mis propias manos.
Entre tanto grito de odio y amenazas que me ofrecían los vecinos, conseguí ocultarme entre el poco follaje que quedaba en pie en mi terreno. Y con un movimiento envidiable, casi de disciplina olímpica, escapé del linchamiento social saltando a la casa del vecino de atrás.
Después de esa noche, me mudé a Brasil.