Un domingo con papá
Padre e hijo en la misma página
Cayó el soldado herido de vida. Quería llegar al cielo, y al fin llegó. Protestó algunas plegarias de frustración y se sumergió en el barro. Nada especial quedaba ya para él. En su lenta caída imaginó el futuro sin él: nada cambiaba hacia adelante, sólo un racimo de despidos y de olvidos por venir. Alguien recogió su fusil, después se apagó, rodeado, pero en soledad. Sórdida, majestuosa e impune, tronó la gota de sangre que lo vació. Los cuervos, en lo alto del cielo, aplaudían voraces y venideros.
“Vamos a jugar a la guerra, papá. ¡Dale, juguemos a la guerra! Juguemos a que matamos enemigos que nos quieren matar. Juguemos a que acabamos con todos ellos, que nos quieren hacer daño. Juguemos a que somos mejores que ellos, que matamos mejor. Es un lindo juego para un domingo aburrido. Juguemos a matar, así nos divertimos. Este palo es una ametralladora, puedo matar decenas de personas en apenas segundos. Vos usá esas naranjas como si fuesen granadas. Yo te disparo y vos me tirás bombas. Es como jugar al béisbol pero con sangre. ¡Dale, juguemos! ¿Hace cuánto tiempo que no jugamos a algo? ¡Dale, ayudame a divertirme! ¿Para qué están los padres entonces? Está de moda la guerra; juguemos a la guerra. Yo me escondo detrás del árbol y vos me tirás bombas. Después te escondés vos y yo te disparo. Para que sea divertido debe morir un montón de gente. Gente mala y gente buena, eh; porque la guerra es como Dios: no distingue, para Él son todos iguales y para la guerra también. Grandes, chicos, mujeres y niñas, ¡qué importa! Juguemos a matarlos a todos como en una guerra de verdad. Si no es de verdad, una guerra no sirve para nada. Nuestra guerra debe ser de verdad para que divierta. Padre contra hijo. Dejemos de lado el amor que nos tenemos y disparemos como si no existiera mañana. En la escuela jugamos siempre a la guerra y no nos dicen nada. Nos piden que no nos lastimemos, eso sí. Pero sin lastimarse, una guerra no entretiene. Juguemos una guerra en que nos lastimamos, pa. Juguemos una guerra de verdad. Para lastimarte, primero debo sentir algo de odio hacia vos. Bueno, yo te odio desde que te separaste de mamá. ¡Eso sirve! ¡Sólo por eso yo podría matarte! Ahora pensá un motivo para que me odies vos a mí; algo que te pueda dar ganas de matarme. Yo sé que los padres no matan a sus hijos, pero imaginemos que sí, que en este caso vale. ¿Vos, por qué me odiarías? ¿Qué pude haber hecho yo que te haya dolido tanto que te empuje al acto despiadado de liquidarme por odio? ¿Nacer? ¿Crecer? ¿Demandar alimento y tiempo? ¿Atención de tu parte? ¿Que debas postergar tus sueños unos años? ¿Qué será eso que haga que un padre odie un hijo hasta sentir la verdadera gana de matarlo? ¿Existirá? Debe existir, porque casos reales hubo. En la televisión, varias veces vi noticias así. Y enseguida imaginaba que fuera nuestro caso. Con esos precedentes donde se mata en lugar de dar amor, la guerra se vuelve bastante probable, ¿no? ¿Por qué será que suceden cosas así? Un padre matando un hijo… Es para pensárselo, ¿no? Yo, la verdad, no lo entiendo. Igual, ya que estamos acá, y ya que el domingo está bien aburrido, divirtámonos con jugar a la guerra entre padre e hijo. ¿Te parece? Juguemos a que nos queremos matar, a que somos enemigos. Algo de bronca me debés tener, y algo de bronca yo te tengo. ¡Uy, mirá lo que dije! Bueno, no importa, hacé de cuenta que no me escuchaste. ¡Dale, parate y agarrá las granadas! Yo voy atrás del árbol. Preparate porque te voy a tirar a matar. Voy a apuntarte primero a la cabeza. Si fallo, te voy a apuntar entonces al pecho, que es un poco más grande. ¡De hoy no pasás! ¡Hoy se expresará la verdad que nos apelotona hasta mentir y fingir! Ya te estoy apuntando con mi ametralladora. Cada recuerdo feo o difícil de digerir me hace apuntar mejor. Siento que me estoy concentrando en serio. Siento esta guerra de modo real. ¡Eso quería para este domingo: odiarte! ¡Huy, mirá esto otro que dije! No sabía que sentía todo esto. Me siento disociado, pa. Por ratos siento amor por vos y otras veces me das lo mismo. ¿Es normal? La sensación que me invade es de confusión. ¿Uno mata mejor cuando está confundido? Yo creo que sí. ¿O será que uno prefiere sentirse aturdido por la confusión para poder dar rienda libre a eso que siente y que en general no se anima a expresar con libertad? ¡Qué difícil es discernir entre el odio y el amor! ¿Será que son lo mismo? Un día te amo y otro día te odio. ¡Cómo puede ser! ¡Es horrible crecer y comprender! Pero a mí se me da mejor el amor por las tardes. En cambio, el odio trabaja adentro mío mucho más por las mañanas. Las noches son indistintas; por las noches intento sacar conclusiones, sin compromisos emocionales. Alguna parte del día debe ser neutral, ¿no? A mí me gusta la noche para ser neutral y objetivo. En las noches pienso en qué tipo de persona soy, en qué quisiera ser de grande y en quiénes me molestan para conseguir esos destinos. Las noches son momentos únicos de cada día para mí; trato de protegerlas de mí mismo y de todo lo que me rodea. Por eso me encierro de noche. Pero cuando salgo de mi habitación a la mañana, ahí sí, ahí sí que doy rienda suelta a todo lo que me atosiga. Es curioso cómo se conforma un día, cuántas cosas se pueden sentir en sólo veinticuatro horas. ¿Es un día la vida entera? Del átomo a la materia y del día a la vida. Debe tener que ver con eso. ¿Y dónde se coloca la suerte de nacer a salvo o expuesto a la guerra? ¿Por qué mueren niños y niñas en las guerras? ¿No son inocentes, acaso? Al final, las guerras entre países son iguales a los ataques terroristas entre facciones: usan el sufrimiento inocente para dar por terminados los conflictos. ¿Eso es amedrentar? ¿Vale avisar con matanza de inocentes que uno está dispuesto a ir más lejos que el enemigo? Las guerras se detienen cuando casi todo el enemigo está muerto o a punto de morir. Una guerra es mediocre y predecible, al final. Pensaba hasta hoy que algo importante y original habitaba en una guerra. Pero ahora que lo pienso, es más de lo mismo: las personas contra las personas sólo por intereses económicos. ¿A vos, pa, te gustaría matarme sólo por tus intereses económicos? ¿Tanto dinero te hago gastar? ¿Tanta vida propia dejás en el camino para conseguir el dinero que yo te hago gastar? ¿Para qué tener hijos entonces?, ¿para que se sientan culpables? ¿Y todo este lío sólo para coger? Eso de los profilácticos sí que es serio aunque todos se lo tomen en broma. Con la excusa de proteger a los hijos, los adultos se desprotegen y van contra ellos mismos. Pero el mundo es grande y hay alimentos para todos, ¿para qué pelearse tanto? ¿Cuánto quiere la gente para sí y así sentirse a salvo? ¿Qué caudal de recursos deja tranquila a una persona ? No puede depender todo de la inseguridad de quien está al mando de una población, ¿no? ¿Un presidente inseguro lo quiere todo y uno seguro puede vivir con poco? ¿Así funciona? Así, cualquiera es rey. Yo creo que en la creatividad habitan los mejores comandantes. En la creatividad de volver un domingo aburrido en uno divertido está la fuerza que define a un verdadero rey. ¡Hoy, yo soy el rey! ¡Hoy, me invento el juego que me divertirá! ¡Hoy, elijo mis bufones! No confío en los bufones. Me parecen personas capaces de tal maldad que acabaron por encontrar en el humor ordinario un modo de disimular sus verdaderos intereses: acercarse al rey para traicionarlo y volverlo al fin esclavo de ellos. A mí no me gustaría que me usen para entretener a nadie. Me me caen mejor los bufones que el rey. Pero ser rey por un rato no suena nada mal. Pero como todos quieren ser reyes, comienzan las traiciones y las guerras. ¿Y de qué modo podemos convencer mejor a los internos y cercanos, que quieren tomar por asalto nuestro trono, que no les conviene hacer el intento?: pues bien, demostrando que el rey puede aniquilar a una población aledaña por completo. Una vez, yo rey, que mate un montón de personas ajenas a mi cultura, ¿qué persona de mi propia cultura osará volverse contra mí? Todos esos desconocidos que aniquilé, me ayudan a que mis conocidos no vengan contra mí. Así que de eso se trata la guerra: de demostrar tanto pero tanto poder contra los ajenos, que los propios, al contemplar la masacre que puedo brindar, no se tienten a quedarse con mi bienestar. El trono es el causante de la guerra y la guerra es el causante del trono, pa. La sensación que me deja este domingo es que la gente se mata entre sí debido a un asunto puramente matemático. Mi consejo, pa, entonces, es que si un día tenemos un pueblo que acate nuestras órdenes, no le enseñemos jamás esa ciencia tan cierta y deslumbrante que se llama matemáticas. Y como las matemáticas se brindan en la escuela, nuestro deber entonces es eliminar la escuela. Nadie debe aprender tanto como para poner en riesgo nuestro bienestar. Más vale mostrales como probable un camino de trabajo que uno de educación. Educar a tu pueblo te da solamente enemigos. En cambio, hacer trabajar a tu pueblo, te da bienestar sostenido. ¡Gracias, pa! Jugar a la guerra sí que volvió entretenido este domingo que parecía uno más. Te quiero. Y es mentira que te odie. También es mentira que a veces piense en matarte. Vos sos mi papá. ¿Cómo no voy quererte?”