La fosa común de los sueños perdidos

Compañía de Consejos Alimentarios Ariel Bistagnino

«¿Con quién hablo?»

“Compañía de Consejos Alimentarios Ariel Bistagnino, ¿con quién hablo?” “Hola, ¡qué bueno que me pude comunicar! Llevo seis semanas llamando sin que me atiendan el teléfono.” “Con una respuesta así lo más probable es que sigas llamando durante seis semanas más. Pregunté con quién hablo.” “Ah, sí, perdón. Mi nombre es Florencia Vertutti.” “Hola, Florencia.” “¿Hablo con Ariel?” “¿Siempre hacés tantas preguntas, Florencia?” “Bueno… sí… Es que no sé qué decir si no sé con quién hablo.” “Soy Ariel. ¿En qué te puedo ayudar?” “Hola, Ariel. ¡Mucho gusto! Necesito de tus consejos. Una amiga me contó acerca de vos y creo que es lo que estoy necesitando. Ya no sé qué comer para bajar de peso. Vos le decís a la gente qué tiene que comer para sentirse natural, ¿no?” “¿Sentirse natural?” “Menos gorda, quiero decir. Decir cerda me parece mucho.” “Mirá, Florencia, lo que yo brindo es un servicio de consejos a la hora de hacer las compras que acabarán por componer la ingesta cotidiana de la gente común. Gente que, como vos dijiste antes, se parece más a un cerdito que a una persona.” “¿Y qué es lo que hacés? ¿Me recomendás una dieta? ¿Sos nutricionista? Porque yo vengo de visitar a más de cuatro nutricionistas y me siento cada vez más gorda.” “Nada de eso. Yo soy escritor. Mi profesión es sospechar. Lo que yo hago es acompañar a la gente durante dos semanas mientras hace sus compras cotidianas. Paso a buscarla con mi auto, le brindo una charla acerca de lo mal que come la gente y después la llevo a un supermercado. Frente a las góndolas ya, les digo lo mal o lo bien que le puede hacer tal o cual producto. Abro los ojos, para resumir. Después está en cada uno si quiere seguir con los ojos abiertos y comer bien, o continuar con los ojos cerrados y seguir creyéndole a las publicidades que nos invaden.” “¿Eso sólo hacés? Yo pensaba que era un servicio más completo.” “¿Te sentís una persona liviana o una cerda cuando te mirás desnuda al espejo, Florencia?” “¡Qué fuerte la pregunta! Pero la verdad es que estoy más cerca de sentirme una cerda.” “¿Estás libre mañana? Puedo pasarte a buscar a las cuatro de la tarde. El único turno libre que me queda en los próximos dos meses. El turno era de Aída. Trabajé tres días con ella, pero se cansó. No aguantó la presión. En cuanto se vio a sí misma teniendo que aguantar algo de disciplina a la hora de comer, prefirió bajarse en McDonald´s y mandarme al carajo. Hoy en día, Aída pesa quince kilos más que cuando me llamó; cada vez que me ve en la calle cruza de vereda para no enfrentarme.” “Mañana a las cuatro estoy libre, Ariel.” “Perfecto. El costo del acompañamiento durante dos semanas es de setecientos dólares americanos.” “¡Pero eso es un montón de plata! Yo no puedo pagar tanto.” “Florencia, mi servicio está bien calculado. Una persona que come mal, gasta entre cien y doscientos dólares más por mes que una persona que come bien. Si hacés la cuenta, en medio año o menos amortizás la inversión. Y el conocimiento que te voy a brindar te dura el resto de tu vida. Por tu voz, imagino que tenés algo más de cuarenta. Siguiendo mis consejos vas a poder vivir, mínimo, hasta los sesenta aproximadamente; después ya depende de tu condición orgánica. Mil quinientos dólares anuales de ahorro se traducen en treinta mil a veinte años. ¡Sólo en alimento! Pero eso no es lo mejor, porque veinte años son un montón de años. Lo mejor es que en tres meses vas a sentirte una persona liviana y no una chanchita que la gente ya ni mira, aunque se ponga pantalones ajustados. Así que el resto de mi servicio es todo ganancia y bienestar. ¿Qué te parece? ¿Paso a buscarte mañana a las cuatro de la tarde y hacemos las compras juntos? ¿O te doy ahora mismo el teléfono de unos amigos que hacen corrales para cerdos, con barro y todo?” “Dale, vení a buscarme. ¿Te puedo pagar de a poco? No tengo esa plata ahora.” “Sí, claro. Pero siempre en dólares. Este país te va dejando atrás si cobrás en pesos. Si pagás en cuotas, tenés que sumarle un veinte por ciento al precio en efectivo.” “No hay problema. Mañana te doy trescientos y el resto te lo liquido en tres meses.” “Perfecto. A las cuatro de la tarde te paso a buscar. Ponete la ropa que te gustaría usar si estuvieses físicamente bien. Que te sientas ridícula es lo que más rápido cura en esta sociedad exitista. Creéme, Florencia, en poco tiempo vas a ser la mujer que siempre quisiste ser, y no esa bola amorfa que sos ahora. Gracias por llamar y no olvides enviarme la dirección de tu casa por mensaje privado.”


Pasé a buscar a Florencia a las cuatro, como quedamos. Ella tomó en serio eso de ponerse la ropa que la hiciese sentir más ridícula, porque cruzó la puerta de su casa toda apretujada por unas calzas violetas que dejaban ver sus excesos de grasa más que sus curvas seductoras. Por suerte tengo una camioneta y no un auto chiquito que apenas soporta peso extra al de su chasis. “Hola, Flor. Subí. Hoy vamos a empezar a cambiar tu vida. ¿Qué música te gusta?” “Poné lo que quieras. A mí la música me gusta toda.” “Te quedan lindas las calzas violetas. Apretaditas, sí, pero lindas.” “No me quedó muy claro qué hacés. Pero estoy desesperada, así que me pongo en tus manos.” “Tranquila, Florencia. En menos de un mes vas sentirte bien, vas a perder parte del peso que te hace parecer un matambre de color violeta ahora y, lo más importante, ya no van a engañarte las industrias alimentarias. Esto es un ejercicio de confianza. Uno debe aprender en quién vale la pena confiar y en quién no. Y eso vale para la vida entera. Eso te lo voy a enseñar yo en estos catorce días. Cuando mires hacia atrás, no vas a poder creer en qué te convertiste; mucho menos en qué eras hasta hoy. Hoy empieza tu nueva vida, Flor. Sonreí y decile adiós a esta figura nefasta que metiste dentro de esas ropas después de luchar un buen rato. ¡Hoy es un día para festejar, Flor!… Dejá de llorar, ¿sí?”


Apenas entramos en el supermercado, el primer consejo para Florencia fue que dejase el chango de metal enorme y agarrara el carrito de plástico chiquito. La idea que se debe eliminar al inicio es que cuanta más comida haya en casa mejor vamos a estar. Eso es lo peor que se puede creer. Ya se terminaron las guerras de nuestros abuelos; ahora podemos comprar día a día la comida que necesitamos.

Con el carrito a la mano, Florencia, por primera vez, se vio desconcertada en el mismo supermercado que hizo sus compras los últimos años. Contemplaba el gran salón lleno de productos y después me miraba a mí como preguntando qué debía hacer. Empecé a reírme. “Para cobrar setecientos dólares sos bastante cruel.” “Si vieras tu cara, Florencia. ¿Por qué dudás tanto? ¿No venís siempre acá a hacer las compras?” “Bueno, sí, pero ahora todo me parece distinto. Tengo la impresión que me vas a condenar cada vez que agarre un producto.” “Exactamente así va a ser. Vamos a recorrer todas las góndolas y vos vas a agarrar cada uno de los productos que agarrás siempre. Y yo voy a explicarte por qué no te conviene comprar eso. No pienses en qué te hace falta, tenés que comprar como si en tu casa no tuvieses nada de nada. Cada producto que solés llevar, tenés que ponerlo en el changuito. Yo te voy a ir indicando con qué otro producto más natural tenés que reemplazar el veneno que siempre comprás. No es difícil. Tenés que poner atención en todo lo que yo te vaya diciendo. Recordá que en dos semanas vas a volver a comprar sola, por vos misma, así que tratá de captar cada detalle que yo te brinde.” “¿Puedo ir anotando?” “No. Porque no se trata de memorizar sino de razonar; el objetivo es que entiendas qué ocurre entre los productores y la góndola. Pero lo más importante es que comprendas por qué necesitan de publicidad ciertos productos. ¿Alguna vez viste una publicidad en las redes sociales o en la televisión acerca de un tomate? No te hablo de una caja de puré de tomates, de esas hay muchas, te hablo del tomate rojo y redondo que crece en una planta. ¿Alguna vez la viste? Jamás, ¿no? ¿Sabés por qué?” “Ni idea.” “Un supermercado es la sala de exposición y de ventas de la industria alimentaria. ¿Qué hace la industria? Bueno, compra los productos frescos y naturales que genera el campo y después los destroza con química para vendértelos a vos a veinte o treinta veces más del precio que los compraron ellos. ¿Cómo se asegura la industria que vos sigas comprando toda tu vida esos productos treinta veces más caros? Bueno, le agregan ciertos aditivos que generan adicción: azúcar, grasa, sal y otros no tan conocidos. Entonces vos no estás comprando alimentos sino una droga envasada que te meten primero en la cabeza con una buena publicidad. Antes se usaban canciones pegadizas para que vos te hagas amiga de un producto, pero ahora ya no les hace falta ni contratar músicos. Y si lo hacen es sólo al comienzo, para que lo pruebes; una vez que lo probaste, te resulta tan rico que ya no lo podés largar ni en sueños. Pero no son ricos, lo que son es fáciles. El azúcar es fácil, la harina es fácil, la grasa es fácil, la sal es fácil. Y lo mejor para ellos es que esos cuatro productos mortíferos son terriblemente baratos. Estos hijos de puta de los industriales son peores que los narcos. Al menos los narcos corren riesgos para llevar la droga hasta sus clientes. Estos tipos de la industria no tienen que ensuciarse ni siquiera las manos. Y lo que venden es peor que lo que venden los narcos. Pero como su negocio es legal no tienen que preocuparse por el tiempo. Es decir, ellos saben que vos vas a consumir sus productos desde que nacés hasta que te morís. El mercado de los narcos es mucho más acotado: deben atacar mayormente a la gente entre sus quince y cuarenta años; antes de los quince raramente consumen drogas, y después de los cuarenta las dejan o directamente se mueren. La industria alimentaria se adueñó de nuestro tiempo. Y para eso primero tuvo que adueñarse de nuestro cuerpo. Entonces la pregunta viene siendo: ¿quién querés que sea dueño de tu tiempo y de tu cuerpo?” “Eeeh… No sé… ¿Vos?” “¡No, Florencia! ¡Cómo yo! ¡Vos, mujer! ¡Vos tenés que ser dueña de tu tiempo y de tu cuerpo! Hasta hoy pusiste en manos de otros una responsabilidad que es tuya. Eso es lo que vamos a cambiar en estas dos semanas. No te preocupes. Todos empiezan confundidos. Hoy es un día introductorio, no esperes resultados todavía. Para cambiar el cuerpo primero tenés que cambiar la cabeza. Llevás cuarenta años adiestrada en que te digan qué comer, cómo vestirte, cuándo sonreír, cuándo llorar, cómo hacer el amor, dónde ir de vacaciones, qué estudiar… ¡Todo! Hasta hoy te dijeron qué tenés que hacer. Y con eso te generaron una felicidad falsa que cada vez que te vas a vestir te hace sentir frustrada. El mayor negocio de la industria alimentaria es la frustración. Una persona que está bien consigo misma jamás compraría sus productos. Eso, los industriales, lo saben muy bien. No por otra cosa nos atacan desde que somos bebés. Cuando te querés poner a pensar cuándo empezó esta ruina que sos ahora, no te alcanza la memoria para lograr entenderlo. Entonces te sentís mal y te clavás un choripán, o una morcilla entera bien gorda y bien larga. Pero lo que en realidad te tenés que clavar, Florencia, es una buena banana. ¿No te gustaría cambiar el chorizo por la banana?” “¡Seguridad! ¡¡Seguridad!! ¡¡¡Llamen a la policía!!!”, gritó de pronto un tipo que estaba escuchando nuestra charla.

Miré al tipo. “¿Qué le estás diciendo a esta pobre mujer?”, increpó. “¿Qué te pasa, pelotudo?” “¡¡¡Policía!!! ¡¡¡Policía!!! ¡Vengan urgente!”, siguió gritando.

En pocos segundos estaba yo rodeado de tres empleados de seguridad. Florencia trataba de hacerles saber a todos que yo no era un abusador ni un tipo que ejercía violencia de género sino una persona a quien ella había contratado. Costó un buen rato que entendieran de qué se trataba todo, pero conseguí salir bien parado del problema y hasta le pude encajar una tarjeta de mi empresa al tipo que me había denunciado a grito pelado. “Yo te escuchaba con atención porque lo que estabas diciendo era muy interesante. Pero cuando dijiste lo de la morcilla y lo de la banana me pareciste un charlatán que sólo quería engañar a la señorita. Encima ella no dejaba de lagrimear… Me entendés, ¿no?”, me confesó el tipo. “Ya tenés mi tarjeta. Llamáme en estos días y te enseño a cambiar también a vos. No es casualidad que pases tanto tiempo entre las góndolas de las bebidas alcohólicas.” El tipo se puso colorado y me dio la espalda enseguida, pero vi muy bien cuando guardaba mi tarjeta en uno de sus bolsillos.

Caminamos con Florencia hacia el sector de los productos lácteos. “Bueno, Flor, olvidémonos de la banana por un rato. Decime qué comprás usualmente en este sector.” “Leche, yogur… lo normal.” “¿Qué leche comprás?” “La descremada. La que tiene cero por ciento de grasa.” “Ok. ¿Y qué yogur comprás?” “También descremado. Cualquiera que sea light. Y el más barato.” “¿Y manteca comprás?” “Sí, claro. Pero light también.” “¿En qué usás la manteca?” “Le pongo un poco a los fideos. Unto las tostadas a la mañana. A veces también a la tarde.” “¿Y qué pan usás para las tostadas?” “Pan lactal.” “¿Blanco?” “Sí. El pan negro es mucho más caro.” “¿Y arriba de la manteca qué ponés?” “Alguna mermelada. Light. Siempre light.” “O sea que cada producto que sea light vos lo comprás.” “Sí. Sólo me muevo dentro del universo light.” “Universo light… ¿Y no te parece extraño que consumiendo sólo productos lights me hayas llamado a mí desesperada porque no podés bajar de peso?” “No entiendo.” “Sí que entendés. Respondé lo que te pregunto.” “Es que ya no sé qué hacer. Antes comía los alimentos regulares, los que no eran light, y subía de peso. Ahora sólo como los productos light y no dejo de subir de peso también. Me siento en una trampa mortal.” “Es una trampa mortal, Florencia. La industria alimentaria es una trampa mortal. Por eso te sentís así. ¿Cuánta grasa tiene la leche entera?” “Tres por ciento de grasa.” “Bien. ¿Y cuánta leche tiene la botella?” “Un litro.” “¿Y en mililitros?” “¿Mil mililitros?” “Exacto. Entonces, ese tres por ciento de grasa está en treinta mililitros de leche, ¿verdad?” “No sé. Ya me mareé.” “Sí, Florencia. Ese tres por ciento de grasa está en treinta mililitros de leche. Ahora decime, ¿cuánta leche tomás por día?” “Dos vasos. A veces uno.” “Hagamos la cuenta con dos. Eso es medio litro de leche. ¿Vos creés que eso es mucha grasa? ¿Vos decís que es tanta grasa como para dejar que estos hijos de puta de la industria pasen la leche fresca y nutritiva de la vaca por todas sus tuberías hasta dejarla sin nada para que después vos pagues mucho más caro evitarte una cantidad de grasa insignificante?” “¿Vos cobrás setecientos dólares por dos semanas para hacerme todas estas preguntas? Pensé que las preguntas las tenía que hacer yo.” “Lo que quiero decir es esto: evitar tan poquita grasa con esa leche light es un costo tremendo que tiene que pagar tu cuerpo. Entonces, si vos creés que la leche tiene mucha grasa, lo que tenés que hacer es dejar de tomar leche.” “¿Y con qué desayuno?” “Vamos a la verdulería, Florencia. Ahí está tu desayuno.” “¿Tengo que desayunar con verduras a partir de ahora?” “En la verdulería están también las frutas, Flor.” “Cierto, sí.” “No vas mucho a la verdulería, ¿no?” “En verano nada más. Cuando hace calor me da ganas de comer ensaladas. El resto del año mucho no la visito.” “Pero vivís en Patagonia. El verano acá dura dos meses. Si lo pensás un poco, esquivás la verdulería diez meses al año. Con esta cuenta que te hice podés empezar a entender por qué estás como estás.” Llegamos a la verdulería y nos paramos delante de la fruta. “Agarrá una naranja, por favor.” Florencia agarró una naranja como si fuera un trozo de meteorito recién caído sobre la tierra. No quise preguntarle cuánto tiempo llevaba sin tener una naranja en la mano para no deprimirla más de lo que ya estaba. “Eso que tenés en la mano, tiene cero por ciento de grasa y se puede exprimir. En lugar de tomar leche, te tomás el jugo de una naranja. Y tiene Vitamina C. La leche no tiene Vitamina C.” “Pero yo desayuno con café con leche.” “¿En verano o en invierno?” “Siempre.” “Bueno, Flor… Eso tenés que cambiarlo. En invierno se necesita más energía, pero no en verano. Tomá café con leche en invierno y comé fruta en verano, para empezar el día. ¿Cómo lo ves?” “Difícil.” “Ya te dije, Florencia: lo fácil es la grasa, la harina, el azúcar y la sal. No te conviertas en una persona capaz de pagar setecientos dólares para contradecir.” “¡Pero con una naranja me cago de hambre!” “Para eso están las otras frutas. ¿No te gustaría desayunar mañana con una rica y enorme banana, Flor?” “¡Seguridad! ¡¡Seguridad!! ¡¡¡Llamen a la policía!!!”, gritó de pronto una señora canosa y mal vestida que estaba junto a nosotros escuchando la conversación. “¡Pero será de Dios!”, me salió decir.

Ya me sabía la ceremonia: en tres segundos estuvimos rodeados nuevamente de varios empleados de seguridad. Esta vez, fue nomás que llegaran hasta nosotros para que dieran media vuelta sin más y se alejaran por donde llegaron.

Apenas se fueron los empleados de seguridad, expliqué la situación a la señora y le entregué una tarjeta de mi empresa; ella la aceptó sonriendo y pidiéndome disculpas. Se mostró muy interesada en mis servicios. Por las dudas le avisé que no hacía descuentos a personas jubiladas. “Llámeme mañana, que ahora estoy con una clienta.” La señora guardó la tarjeta y después caminó hasta el sector de los embutidos. No me extrañó que fuese a los fiambres: la señora tenía un culo tan grande que no cabía en un camión con acoplado. “¿Entendés mejor ahora, Florencia? Cada vez que dije banana tuve problemas. ¿Qué tenés que hacer entonces?, comer banana. La sociedad está entrenada por la industria para no usar jamás lo útil, lo necesario y lo sano. El único secreto es descartar lo que te ofrecen como fácil. La facilidad es lo que se puede vender más caro. Y eso es porque la gente está entrenada para pagarlo. ¿Nunca escuchaste la frase: si la gente pudiese comprar los diarios ya leídos lo haría sin dudarlo?” “¡Sí! ¡Muchas veces escuché esa frase!” “¡Perfecto, Flor! Esa frase significa que sólo lo que necesite de un gran esfuerzo de nuestra parte vale la pena. ¿Vamos para la carnicería?, ¿te parece? Quiero hablarte un poco del chorizo y también de la morcilla.” Esta vez, nadie llamó a la policía ni a seguridad. Parece que la banana tiene más connotaciones de abuso sexual que el chorizo y la morcilla. Puede ser porque no hay mucha gente de raza negra en nuestra sociedad. Pero no lo sé en verdad.

Llegamos al sector de las carnes. Nos paramos delante de todos esos músculos de vacas asesinadas unos días atrás. Florencia comenzó a mostrar ciertos gestos de repulsión. Me pareció que podría ser vegetariana. Evité preguntárselo. Poco sitio doy a los vegetarianos. Nueve meses de vegetarianismo me fueron suficientes para comprender hasta qué punto somos capaces de engañarnos a nosotros mismos cuando no tenemos proyectos de vida concretos y entonces nos agarramos de cualquier cosa para intentar sentirnos mejor. “¿Qué te gusta más de todo lo que ves, Florencia?”, señalé las carnes que estaban delante nuestro. “Nada. Yo no como carne.” “Sos vegetariana, ¿no?” “Sí. Llevo tres meses sin comer carne.” “¿Y en estos tres meses bajaste de peso o subiste?” “Subí. Siempre subo de peso. ¡Es una maldición! Coma lo que coma, siempre subo de peso.” “¿Sabías que no comer carne es una moda? ¿Ves publicidades acerca de la carne? Digo: seguro viste muchas publicidades acerca de hamburguesas y de otras cosas compuestas de carne procesada… Pero de carne, ¿viste alguna vez una publicidad acerca de lo bueno que puede resultar comerse un churrasco? Eso es porque lo buen…” “Sí, ya sé; porque lo bueno no necesita publicidad y blablablá… Pero, ¿qué hago yo entonces? Porque me siento morir entre lo que me encantaría comer y lo acabo por comer. ¿Dónde está la vida entonces? ¿A quién hago caso? Porque las publicidades son gratis, pero a vos te estoy pagando setecientos dólares por quince días. ¡Yo no sé a quién creerle! Ya no sé quién me engaña y quién me quiere ayudar. ¿Estarás mintiendo vos?, ¿estarán mintiendo las publicidades? ¡Yo qué sé!… Sólo quiero que estas calzas violetas que compré por Internet me queden igual de bien que a esa chica rubia que las usaba. ¡Yo estoy desesperada, Ariel! Coma lo que coma me siento gorda. Coma lo que coma los hombres ni me miran. Coma lo que coma todos mis sueños de juventud se ven cada vez más lejos… ¡Así de gorda como estoy no se pueden cumplir mis sueños! Siento que tengo un grueso tronco de árbol atravesado en la garganta. No sé si pueda seguir hablando.” “Seguí hablando, Flor. ¡Seguí! Hablar te va a hacer bien. Tenemos que sacar ese tronco de tu garganta. Ese tronco es subliminal, son entrelineas de las corporaciones que te quieren encajar productos que ellos mismos producen. Mirá la carne, Flor. ¡Mirá toda esta carne delante tuyo y decime qué sentís!” “Hambre, siento. Siento un hambre de mil demonios.” “Eso es, Flor. Hablá. ¡Decilo todo! No te cuides conmigo en las palabras. Sé grosera si hace falta.” “¿Seguro?” “Como en tu casa, Flor. Como si estuvieras sola. Como si pensaras en lugar de hablar. Soltálo todo de una vez.” “La verdad es que me dan ganas de agarrar esas carnes, romper las bolsas y comérmelas crudas. Así de desesperada estoy. Me hice vegetariana con mi último novio. ¡Un pelotudo que se la pasaba todo el día haciendo ejercicios! Dejé la carne por él. Me recordaba a cada rato lo gorda que estaba yo.” “Pero vos no sos gorda, Flor. Tenés unos kilos de más, sí, pero nada que no se pueda ajustar en corto tiempo. Lo importante es que te alimentes con una dieta balanceada. Proteínas, grasas buenas, pocas y buenas, mucha fruta y mucha verdura, queso, aceite de oliva, pescado una vez por semana. No es tan difícil, Flor. Hacer las compras tiene un sólo truco para ganarle a la industria alimentaria: no comprar nada que esté dentro de un envase de plástico metalizado. Mirá a tu alrededor y decime qué ves.” “¿Qué veo?… ¿Dónde?” “En este gran salón de exposición de alimentos. En este galpón alimentario. ¿No te parece un gran museo en el que uno puede comprar cualquiera de las pinturas que le terminan gustando?… Decime qué ves. Qué impresión te genera ver toda esta gente casi desesperada agarrando una y otra cosa sin fijarse en cuánto daño puede hacerle eso que acaban por comprar. ¿Qué ves? ¿Ves vida o ves muerte, Flor? ¿Qué impresión te genera ahora pensar en cada cosa que te metiste en el cuerpo hasta hoy?” “Me genera una repulsión terrible. ¡Y mucha culpa!” “La culpa ayuda un poco. Pero no es lo mejor para dejarse guiar. Lo ideal es evitarla. Adelantarse a la culpa dando pasos concretos en función de un objetivo, y en lo posible de un sueño. ¿Tenés sueños, Flor? ¿Con qué soñabas antes de sentirte atrapada en estas calzas ajustadas?” “Yo quería ser una mujer independiente. Una mujer a quien nadie le diga qué hacer. Una mujer segura de sí misma y que cada paso que da lo da porque sabe hacia donde se dirige.” “¿Sos esa mujer ahora? ¿O te sentís más una burla?” “¡Vos sos un hijo de puta, ¿sabés?! Pero ya estoy entendiendo el punto.” “¿Y cuál es el punto? Ya que tocaste el tema.” “Que me olvidé de mí. Que dejé que los demás tomaran mis decisiones. Entre familia, relaciones, amistades absurdas y trabajos vacíos me fui dejando llevar hasta una playa desierta. Creo que escuché a la gente que no debía escuchar… Si miro hacia atrás, todas las personas que alguna vez admiré terminaron por ser una más. Todas se dejaron vencer y aceptaron el envase en el que venía metida la supuesta felicidad. La felicidad… Mi mejor verdad es que no he sido feliz nunca. Viví algo más de cuarenta años y la mayor parte del tiempo que crucé lo crucé frustrada, mordiéndome los labios para no gritar la desesperación que me embargaba. No he sido feliz hasta ahora. Ésa es mi mayor verdad. Me da vergüenza decirlo.” “¿Y por qué decís hasta ahora? Parece que sintieras que desde ahora en adelante algo puede llegar a cambiar.” “Porque es la primera vez que siento que puedo llegar a tomar decisiones que impacten directamente en mi modo de vida, en mi modo de ver las cosas. Tengo la impresión de que en este gran museo alimentario, como vos le decís, se toman las decisiones iniciales, las decisiones que nos darán la energía para ser eso que queremos ser. Tengo el presentimiento de que hasta hoy siempre que hice mis compras me violaron, que me hicieron elegir sin que yo pueda decidir si quería o no eso que mis manos agarraban, eso que se me metía en mi cuerpo… ¡Tengo ganas de llorar!” “Llorá tranquila, Flor. Dejá salir el monstruo que quiere gritar. Dejá que grite, que aúlle, que reviente de bronca y que de una buena vez realmente desee cambiar. Cambiar es la revolución personal. Dejar de ser uno mismo si se está inconforme es la voz que jamás debemos dejar de escuchar. ¿Escuchás la voz, Flor? ¿Escuchás la voz que te grita que ya está cansada de decir nada concreto? Tener voz y no decir nada es terrible. Soltá la voz, Flor. Gritá hasta que vengan los empleados de seguridad, la policía, ¡qué importa! Yo estoy acá para defenderte. ¡Dale sitio a tu voz! Tu garganta debe decir algo contundente.” Florencia empezó a llorar, desesperada. Se le hinchó la cara hasta ponerse roja. Quería decir algo, pero aún no se animaba. Husmeaba y husmeaba dentro de ella, pero nada salía. El grito final de su lucha no nacía. Miraba la carne roja, estiraba la mano, pasaba el dedo sobre ella y reprimía el grito. “¡Toda esta carne!” “Toda esta carne, ¿qué?” “¡Tan rica!” “Se puede vivir sin carne, Flor. Tu problema no es la carne. Tu problema es eso qué hacés antes y después de la carne. Tu verdadero futuro está en la verdulería, Flor. Y otro poco en los lácteos. Cuando empieces a hacer ejercicios, entonces sí tenés que ir hacia la carne. Mientras tanto podés seguir siendo vegetariana.” “Es que ya no quiero serlo. No era mía esa idea. A mí la carne me encanta. Un buen asado… Un buen bife de lomo a la plancha… Sólo quiero saber para qué quiero esa energía. Tampoco colaborar en matar vacas sin sentido. No quiero ser una persona así.” “Las vacas se van a morir igual. Para que las comas vos o para que las coman en Europa, se van a morir igual. Es horrible lo que te voy a decir, pero las vacas han nacido para morirse. En India están todos locos.” “Ya sé qué estás haciendo: vos me contradecís en todo. Diga lo que diga, vas a contradecirme.” “Exacto. Y es para eso que me contrataste. Ya estás cansada de tus convicciones. Yo vengo a entregarte convicciones nuevas. A marearte un poco. A invitarte a que escuches canciones nuevas. A que dejes de ser vos por un rato. Es de necios hacer siempre lo mismo y pretender novedades. ¿Nunca escuchaste esa frase?” “Jamás. Y te agradezco. No vayas a creer que no. Pero cobrás muy caro.” “¿Te diste cuenta ya que todavía no compraste nada? Tu carro está vacío, Flor.” Florencia miró el carro de compras y se sintió perdida. Llevaba más de una hora en el supermercado y todavía no elegía nada. Atrás habían quedado esos días en que metía en su casa cada cosa que la tentaba, cada cosa que elegía sin pensar. Le avisé entonces que la esperaría en el estacionamiento. Y le pedí que hiciera sus compras escuchando un poco a su nueva conciencia. Tenía media hora para hacerlo. Al principio se desesperó. La dejé sola y me escondí para observarla. Pude ver que miraba con ojos nuevos al gran museo de alimentos. Ya no se dejaba llevar por la culpa ni la frustración. Cada decisión que tomaba se asemejaba a quien ella quería ser. Atrás había quedado lo que debía quedar atrás: una vida sin futuro, sin sueños y sin preguntarse qué quería hacer consigo misma. Florencia empezó a hacer las compras llorando. Nunca había llorado mientras compraba. Nunca había llorado, Florencia, de felicidad.

Mientras Florencia hacía sus compras, caminé hasta mi auto pensando en que cobrar setecientos dólares por un servicio tan bueno era demasiado barato.