Cosas de cuarentena

Una forastera a los pies de mi cama

Milanesa, la gata que llegó con hambre

Milanesa, nuestra gata, mía y de mi hijo, llegó a casa por su cuenta y movida por el hambre.

Al hambre y al sexo, el hombre y la mujer, creo yo, sumaron sus oficios y profesiones para tener otra excusa que los sacara de sus casas. En cambio los animales todavía mantienen los dos tópicos históricos; y después de cualquiera de esas dos actividades, duermen a pata abierta sin ningún tipo de culpa ni remordimiento. Si les sobra algo de tiempo, entonces juegan con alguno de sus pares.

A lo que iba: cómo llegó Milanesa a casa.

Recién arribaba yo a Bariloche. Me ganaba la vida vendiendo mis libros arriba de los bondis. La mano iba bastante bien, pero yo sabía que no me podía confiar. Bariloche es una ciudad chica y la gente que usa colectivos es siempre la misma. Tarde o temprano dejarían de comprarme, lo sabía bien. Claro, yo no vendía comida: las probabilidades de que volvieran a comprar aquellos que ya lo habían hecho eran inexistentes; y después estaban los demás, que eran mayoría, esos que no se interesaban en mi trabajo y nunca lo irían a hacer. Así que debía tener cuidado en la intensidad de gastos diarios en función del día que las ventas cayeran a pique, sin remedio que las pudiera mejorar.

Llevado por esa conjetura, además de haber gastado todo el buen dinero que había juntado en las primeras semanas en pagar el alquiler de una casita, el volumen de billetes que yo dedicaba a la alimentación era bastante magro. Trataba de cumplir lo mejor posible con la pirámide alimentaria, pero tirando abajo algunas calidades de los alimentos que la componen para que el dinero rindiera una buena cena para mí y para mi hijo. De las comidas del día no debía preocuparme porque de eso se encargaba la escuela a la que él asistía: era de doble jornada y le suministraban allí las tres primeras comidas del día. Eso hacía que los días que mi hijo estaba conmigo, y no con su mamá, yo debiera solamente garantizar una nutritiva y rica cena que nos dejara satisfechos y felices. Como el almuerzo en la escuela estaba rigurosamente organizado en un menú fijo, unas semanas después de llegar a Bariloche yo sabía bien qué había almorzado mi hijo. En función de esa comida escolar determinaba yo qué variante podía aportar en la cena para, a fin de cuentas, cerrar el círculo nutritivo que permitiera a mi hijo desarrollarse orgánica e intelectualmente con fortaleza. Los desayunos y meriendas no contaban porque la mayor parte de ellos eran a base de pan con mermelada. Sí les daban con estos leche, y uno o dos días a la semana merendaban fruta. Con hacer un aporte inteligente en la cena de los días hábiles y también, claro, los fines de semana y feriados, la alimentación de mi hijo, es decir: lo más importante, era cumplida con éxito.

Ahora que lo pienso, era más o menos como jugar al ajedrez, sólo que en lugar de usar peones, alfiles, caballos y demás, usaba zanahorias, yogur, proteínas rojas y proteínas blancas. Lo bueno era que no me dolía en el ánimo, y hasta puedo decir que disfrutaba mucho el juego de combatir con astucia los equilibrismos de nuestras dietas. Era divertido realmente. Y también serviría un día como objeto de escritura.

¿Cómo hacía para más o menos respetar la pirámide alimentaria?, bueno, tenía mis tácticas.

Además de saber exactamente dónde encontrar los precios más baratos de cada artículo dentro de esta ciudad llamada Bariloche, de a poco empecé a entender también qué días estaban en oferta determinados productos en cada comercio. Me beneficiaba en esta suerte de mapeo comercial el hecho puntual de trabajar arriba de los colectivos, ya que siempre bajaba en barrios distintos. Y si, por azar, durante algunas horas me mantenía en el mismo barrio, casi siempre bajaba en calles diferentes. Si prestaba la justa atención a los carteles de ofertas que ostentaba cada negocio en la vereda, mientras esperaba el siguiente colectivo donde vender mis libros, ya podía tomar entonces alguna decisión de cara a la cena de aquella jornada. A saber: si veía un buen precio en algún alimento difícil de conservar sin frío, fuera éste carne, lácteo, etc., lo que determinaba su compra, en primer lugar, era el clima de ese día, y, en segundo lugar, el tiempo que restaba para terminar la jornada de trabajo y regresar finalmente a casa. A la vez, estas dos variables estaban sujetas al dinero que había ganado (si es que había ganado alguno) al momento de encontrar un artículo conveniente. ¡Era tan extraño vivir así! ¡Tan extraño!

Otra cosa que hacía, una vez que decidía volver a casa, era hacer una última venta en algún colectivo que me dejara en el centro de la ciudad, para pasar finalmente por el supermercado que yo sabía tenía los mejores precios en los artículos que solía consumir. A esa altura del día ya había contado la plata que había ganado, entonces separaba una parte para imprimir las hojas que me permitirían confeccionar los libros para trabajar al día siguiente. Una vez hecho eso, separaba otro tanto para el alojamiento, que lo ahorraba día a día. Con lo que quedaba, entraba en el supermercado y finalmente me abastecía de alimentos; pensando primero, además, qué había almorzado mi hijo en la escuela dicho día, ya que, como dije unas líneas atrás, conocía yo de memoria su menú semanal. Ahora que lo pienso, era yo por esos tiempos un tipo afortunado, porque cuánta gente no puede hacer una sola cuenta, por falta de dinero, claro, para darle de comer a sus hijos. ¡Encima de todo lo lograba vendiendo los libros que yo mismo había escrito! Mi suerte es siempre ajustada, pero es enorme.

Entonces, si mi hijo había almorzado pasta, trataba yo de comprar algo de carne y también algunas verduras. Para esos días que debía comprar carne, si el trabajo no había andado muy bien, la reemplazaba con corazón de vaca. Sé que suena medio asqueroso, pero sabiéndolo cocinar puede llegar a quedar bastante rico. El primer día que compré corazón mi hijo no quiso, al principio, comerlo ni a punta de pistola. Traté de convencerlo de mil formas distintas y no hubo caso. Hasta que lo obligué a hacer memoria y darse cuenta por sí mismo que siempre le habían gustado mis comidas, y si en aquella oportunidad le ofrecía corazón se debía a que realmente es rico, sobre todo si lo había cocinado yo. Mi hijo me miró de costado, incluso con algo de desprecio, pero la información llegó al sitio donde debía llegar. Entonces dijo: “A ver… Dame un pedacito. ¡Pero uno chiquito, eh!” Le di.

Probó.

Aprobó.

“Es rico”, dijo.

“¡Listo!,” pensé enseguida con alivio, “ya cuento con una buena alternativa de proteínas rojas para los días en que las ventas de libros vayan mal”.

A fin de cuentas era cierto eso que pensé, porque el corazón también es un músculo. No es tan tierno ni se ve tan bien como un pedazo de bife de chorizo o una tira de asado, pero no por eso deja de ser carne.

A partir de ese día, metí corazón hasta en los guisos de lentejas. Lo usaba como cualquier corte de carne: a la plancha, a la parrilla, en tiritas para comerlo en sanguchitos, en salsas y en todo lo demás. Creo que lo único que no hice fueron hamburguesas de corazón picado. Y no las hice porque se me acaba de ocurrir. Claro que los días que debíamos comer carne y las ventas de los libros funcionaban bien entonces compraba un par de buenos churrascos.

A lo que iba: cómo llegó Milanesa, nuestra gata, a casa.

Una de esas noches que llegué con un pedazo de corazón de vaca a nuestro hogar, apoyé la bandeja con carne sobre una pared baja que estaba en el patio, apenitas saliendo afuera. Hacía eso porque todavía no tenía yo heladera, y claramente porque también el invierno se mantenía crudo. Santino, mi hijo, estaba haciendo alguna cosa que lo movilizaba, entonces me puse manos a la obra en la cocina. Había trabajado todo el día y me sentía hambriento. Comencé por picar unas cebollas, media calabaza y unas papas para meterlas en el horno. Lavé los platos sucios del día anterior y acomodé la mesa para cenar, mientras dejaba pasar algo de tiempo para que se cocinaran las verduras. Un rato después llegó el momento de cocinar la carne; el músculo, vamos a decirle. Así que abrí la puerta de la casa dispuesto a sacar de mi heladera (Bariloche misma) el corazón y ponerlo en una sartén a fuego bajo. Pero el corazón ya no estaba.

“¡Qué raro!,” pensé, “si yo lo había dejado ahí”.

Entré en la casa y revisé las superficies cercanas a la cocina; podía ser, ¿por qué no?, que sin darme cuenta lo hubiese dejado sobre una.

Tampoco estaba.

“¡Pero la puta madre!”, empezaba a enojarme; tenía hambre.

Volví a salir.

A veces pasa que las cosas están ahí mismo, y uno no las ve. Pero no, no había nada. Me acerqué más a la pared baja para mirar del otro lado. Podía ser que en el apuro, cuando apoyé el corazón sobre el canto de la pared, exagerara la fuerza y cayera éste del otro lado, sobre el jardín.

Esta vez tuve razón: el corazón había caído del otro lado de la pared. Pero no había sido por cuestiones de apuro ni de exageración de fuerza, como yo creí, sino que lo había volteado un gato; el mismo gato, seguramente, que ya había roto el nailon de la bandeja y ahora se lo estaba comiendo con el mismo ahínco que pensaba comerlo yo junto a mi hijo.

¡Pegué un grito! Y dada la desesperación que me atacó salté la pared sin tocarla. El gato rajó y desapareció en el acto como un relámpago; sabía bien lo que se le venía encima si osaba luchar por su presa robada. Junté la bandeja del suelo y entré en la casa, donde había luz: “Bueno,” me dije después de mirar la carne, “nada mal. Apenas le mordisqueó al corazón unas de sus puntas. Si corto a esta altura, lo demás lo podemos comer tranquilos”, agarré la cuchilla.

Corté la punta de carne con la que se había encariñado a mordiscos el gato, lavé el resto y después lo metí dentro de la sartén como si nada hubiese pasado. Por suerte mi hijo no había visto nada de lo que ocurrió. De todas maneras se lo conté, pero después de comer. Al principio me miró con odio, pero después nos reímos juntos.

Con la punta de corazón mordisqueada en la mano, me incliné hacia el tacho de basura. Casi a punto de tirarlo dentro, me quedé estático y tuve un acceso de comprensión: seguramente el gato cabrón que nos había arrebatado la cena tendría más hambre que mi hijo y yo. Me erguí, entonces, y abrí la puerta para permitir que el animal acabara con su fiesta. Resultó que el gato se había ido, sí, pero no muy lejos. Espiaba la situación detrás de un tronco de un árbol, algo asustado pero bien atento a lo que pudiera pasar. Moviendo el pedazo de corazón como si fuera un cascabel, llamé al gato con chistidos para que se acercara. No tenía pensado hacerle daño, realmente quería darle el pedazo de carne que me había arruinado con su dentadura. Como no se acercaba, ya que no era ningún boludo, se lo tiré lo más cerca que pude de él y me metí en la casa. Di vuelta el corazón que estaba en la sartén y volví a poner la tapa para que no se perdiera el vapor. Desde la ventana de la cocina pude ver, minutos después, cómo el gato liquidaba con presteza el pedazo de músculo.

Resultó después que el gato era más bien una gata. Y poco a poco comenzó a venir cada vez más cerca de la casa para tratar de ligar algo de comer.

Al día siguiente de que nos robara el corazón, le puse un poco de fideos con tuco que sobró de la cena dentro de un recipiente y lo dejé afuera convencido de que no los iba a tocar. Otra vez me equivocaba: tanto hambre traía consigo esa gata que se los comió.

Esa fue la primera y última vez que vi a un gato comer fideos.

Poco a poco, la gata se fue metiendo dentro de nuestra casa.

Hoy día, cuando no sale de rumba, duerme a los pies de mi cama.

Es color marrón claro, muy claro, igual de claro que un rebozador. Así que le pusimos de nombre Milanesa.

En realidad se llama Milanesa de Pollo Cruda, pero le decimos Milanesa para que sea más fácil.

Le gusta venir a mi escritorio cuando estoy escribiendo.

Recién estuvo acá.

Pero ahora ya se fue.