¡Pintó el quilombo!
Velas, desnudo y el fin de una convivencia
Nuestras peleas eran escandalosas, y en la última etapa se nos había vuelto costumbre usar las manos. En general ella las usaba para tratar de embocarme una cachetada o una piña, y yo las usaba para evitar que ella concretara sus objetivos. Claro, con tanto énfasis de mi parte puesto en la defensa, a veces incurría en la tentadora posibilidad de pasar un poco al ataque. Entonces las cosas solían calmarse un rato. No mucho; porque la bronca invisibiliza nuestros límites físicos, y cuando ella se embroncaba estaba más cerca de la ceguera que de la invisibilidad. Después de tanto tiempo es muy divertido recordar las peleas, pero la verdad es que haberlas vivido estuvo muy lejos de ser un acto de comedia, y yo solía sufrir mucho durante y después de cada encontronazo. Ella, en cambio, se reponía muy rápido de las batallas. Siempre tuve la impresión de que la violencia era su hábitat natural, el entorno común dentro del que le tocó crecer; si no fue así, debió de poner mucho de ella para llegar a poseer una personalidad tan conflictiva y colérica.
Una vez, cuando las cosas no estaban del todo mal pero sí se habían embravecido y enturbiado bastante, entré en casa luego de volver del trabajo y al abrir la puerta del departamento quedé pasmado: velas encendidas por todos los rincones, penumbras solamente a pesar de que afuera era pleno día y, como broche de oro, la señorita se paseaba en pelotas y estaba pintando un cuadro, que yacía sobre el caballete sin ser acabado. Que todo fue un montaje para sorprenderme era muy evidente, aunque yo no me di cuenta de ello hasta unos días después de aquella tarde. De pronto sentí que ingresaba en un hospital siquiátrico a pesar de que no había entrado más que en mi propio departamento. Su actitud, al notar mi presencia, lo advertí, fue de completa evasión. Si las cosas entre nosotros hubiesen estado en su mejor momento, me habría yo tirado sobre ella para conseguir algo de sexo, porque debo aceptar que el montaje era igual de siniestro que de excitante. Pero los últimos días no habían sido muy buenos, así que sólo me limité a dar dos pasos dentro del departamento y sentarme sobre un taburete, pensando con mucha seriedad en cómo me convenía reaccionar. Una parte de mí reconocía perfectamente la exageración de la puesta en escena, pero la otra parte caía en la cuenta de que aunque fuera eso un montaje uno tiene que estar bastante loco para que se le ocurra, y después, peor todavía, llevarlo a la práctica. Y todo con la intención de generar cierta imagen, o quién sabe qué, en mí. Entre esos pensamientos rápidos me debatía mientras miraba a mi alrededor sin poder reconocer que aquel lugar no era más que mi casa. A la vez, no podía dejar de mirarla: estaba desnuda excepto por unas medias negras que le llegaban a la mitad de los muslos. Al resto de su cuerpo (que era muy sexual y hermoso) nada lo cubría excepto su piel, órgano que a mí me volvía loco de remate.
La pintura a medio hacer que estaba sobre el caballete era bastante tétrica. ¡Esa chica tenía mucho para sacar de adentro suyo! Algo que generalmente está muy bien e incluso yo respeto. El único problema se presentaba en que ella estaba jugando a ser artista y yo ya me sentía uno, y había luchado duro para lograr esa sensación y acabar por creerla hasta hacerla carne de mí. Me sentí usado durante mucho tiempo mientras estuvimos juntos. Claro, nunca se lo dije y entonces con mi silencio cometí el peor pecado que un hombre puede cometer: ser un hipócrita. Y la hipocresía cuesta carísima.
A mí me costó la casa entera. Mejor dicho me costó todo lo que estaba dentro, porque al sitio donde vivíamos lo alquilábamos. La mayoría de sus cosas, que eran minoría, acabaron en la casa de su mamá. ¡La vieja se sacó la lotería esa tarde! Todavía me acuerdo de su cara cuando bajamos en su casa el lavarropas del camión de mudanzas. No lloró porque yo todavía me encontraba ahí, pero se adelantó su gesto a su pensamiento y quedó en evidencia todo el descanso que representaba dejar de lavar a mano la ropa de cuatro personas. A mí mucho no me importaba porque estaba cortando una vida que nada me gustaba para intentar encontrar a fin de cuentas una que sí lo hiciera. Dos años después la conseguí. Quizá la moraleja es que todavía, desde aquel día, sigo yo lavando mi ropa a mano. Pero no tengo dudas de que soy ahora más feliz. Y tampoco soy mi abuela a la hora de lavar ropa: si lo blanco no queda muy blanco me conformo enseguida con tener una nueva prenda de color grisácea. Hasta tanto no vuelva a contar yo con un lavarropas en mi casa, compraré ropa oscura.