Prohibido acostarse con la niñera
Reglas de casa y tentación
Cuando la niñera me llamó a mi trabajo y me dijo que la madre de mi hijo, después de cagarla a palos, se había llevado a Santino de mi casa a la rastra, supe bien profundo que me esperaba un hermoso quilombo de al menos dos años. Además del tiempo que seguro iría a gastar en resolver un asunto semejante, distinguí enseguida que esta vez no lograría evitar pasar por un juzgado de familia. Nunca me gustaron los jueces, mucho menos los abogados, pero delante de un cuadro de tal calibre veía imposible evitarlos a ambos para lograr al fin una solución, además de pacificadora, que retrotrajera un poco los hechos hasta generar cierta estabilidad con la que yo pretendía creciera rodeado mi hijo, que, vale decir, había logrado antes de que todo esto suceda.
Llevaba siete años, lo menos, separado yo de su mamá como pareja. Bien sabía yo que era una mujer loca de atar, y azuzado por esas premisas que describían su personalidad siempre intenté mantener las aguas calmas para evitar pisar el despacho de un juez con intenciones de solucionar nuestros problemas. Es de imaginar que ante un universo tal mi estrategia fue decir la mayor parte de las veces “sí, señorita” para responder a cualquier antojo suyo, desproporcionado incluso, y evitar así confrontaciones mientras hacía lo posible para llevar nuestro hijo adelante. Es muy difícil estar separado cuando los criterios de ambos progenitores son bien distintos. Pero más vale hoy día trazar estrategias ante las separaciones que ante las uniones por los siglos de los siglos, ya que como viene el mundo ahora (por suerte) ya casi ninguna pareja dura mucho tiempo. Hoy día son los hijos de los padres y madres separadas los que se ríen de los niños y niñas que todavía mantienen a sus padres y madres juntas. Imagino que ahora los pibes se codean en el recreo de la escuela y se dicen por lo bajo: “¿Sabías que los papás de Martínez todavía están en pareja? ¡¿Podés creer?! Jejejejeje… ¡Parece que llevan más de ocho años juntos!… ¡Unos extraterrestres!”, y luego ríen hasta llorar o hasta que termine el recreo, lo que ocurra primero.
Por mi parte, mientras estuve en pareja y conviviendo, tanto con la mamá de mi hijo como con la niñera que ella golpeó, nunca pude poner más de dos palabras sobre una hoja en blanco que me satisfagan. A veces creo que eso pasó porque era yo feliz; pero bien sé que no era debido a eso sino a no tener tiempo ni soledad suficientes para dedicarme de lleno a la escritura como lo hice cada vez que no estuve en pareja. El problema era yo, me hago abiertamente cargo del ladrillo que soy en convivencia: porque después de ir a trabajar de cualquier cosa para pagarme los gastos de mi vida, más los de mi hijo, lo primero que yo quería era llegar a casa y llevar a cabo el verdadero trabajo que deseaba confeccionar y que aún se encontraba sin hechura: sentarme a escribir. Y hacer eso con otra persona en la casa a la que uno le dice que le quiere a cada rato no es muy posible, sobretodo porque ejecutar un actividad solitaria se trata más de evitar a esa persona que de encontrarla. Y después está el otro problema: una vez que lográs hacerte un espacio para encerrarte a escribir se vuelve muy difícil salir del cuarto donde uno trabaja para ir al baño, ya que excepto que vivas en una mansión (algo que nunca me ha ocurrido) estás obligado a cruzarte con esa persona que querés, y, en mi caso, cualquier interacción derriba todo tipo de universo que me encuentre construyendo delante de la máquina de escribir. Y así fue que siempre logré juntar bronca en lugar de amor, que imagino es lo que se necesita en esos casos. Hoy día tengo concienzudamente comprendido que mi estado ideal para trabajar debe ser soledoso. Ya lo dijo Chavela Vargas: “el precio que se debe pagar como artista no es otro que la soledad”. Encima de todo, a mí la soledad no me castiga sino que me encanta. ¡Menos mal que mi proyecto de vida nunca fue formar una familia! Supongo habría tomado yo otros caminos en lugar de éste que elegí. Lo indispensable (y más difícil de dilucidar) es saber qué se quiere hacer con uno (quitarse de encima a las personas que molestan en que conquistemos objetivos también es muy difícil), después de eso es sólo remar hacia tal destino. Asido al fin lo más difícil, podés ir hacia babor o estribor por ratos pero nunca hacia atrás porque ya sabés dónde está el norte que obligaste va a iluminarte. ¡Vamos a por el camino!, ¡no a por el destino!
Quizá lo esté comprendiendo ahora: decidir en qué camino uno quiere gastar los créditos que vivir trae consigo. Cuando dejé de soñar con entrevistas y me puse finalmente a escribir acabó por resultar que las entrevistas vinieron solas. ¡Qué locura esto de vivir! ¡Y qué difícil esto de intentar ser sincero! ¡Cuántos años pasé encerrado! ¡Cuántos! Preguntándome siempre por qué elegí lo que elegí en lugar de intentar ser, por caso, veterinario. ¡Años tan oscuros! ¡Tanto preámbulo de mí construí al pedo! ¡Cuántas personas que quise me quieran se alejaron de mí al verme como yo estaba! Desde la escuela secundaria hasta la adultez fui descartado por un montón de mujeres que no veían en mí nada coherente. Solía, en esos tiempos, reírme. Ahora ya no río tanto porque entiendo. Antes cargaba conmigo la risa incómoda de la incomprensión. Ahora sólo río si lo deseo. A veces me siento algo viejo. De pronto se vuelve tedioso mirar hacia atrás sabiendo que hay tanta cosa por recordar. No parece que toda esta vida la haya vivido yo solo. Recuerdos allá, recuerdos acá; asuntos felices para volver a vivir si uno los piensa, asuntos infelices también; una vez hice una cosa, otra vez hice otra; se murió tal persona, nació tal otra; me frustré aquella vez, me superé aquella otra vez; vi las playas de Jamaica, pero también vi las veredas asquerosas de la ciudad de Buenos Aires a las tres de la tarde en enero (¡tan lejos de algún espejo de agua!); me acerqué a objetivos por los que luché, vi alejarse objetivos que creía irían a matarme si no los conquistaba; me enamoré una noche, me abandonaron a la mañana; me cagué de miedo tirado en una cama deseando desaparecer, salí de la cama con las mayores fuerzas que alguna vez sospeché existían; me comí de acompañante dieciséis horas de trabajo de parto para que naciera mi hijo, me separé de su mamá en menos tiempo; recorrí feliz e iluminado Latinoamérica, luego, obscuro yo, caminé el conurbano bonaerense; abrí un bar, cerré un bar; volví a enamorarme, volví a extrañar no tener que estar enamorado; cargué sobre los hombros mandatos de mis ancestros, me sacudí y logré evadirlos; junté almejas con mis manos en Mar de Ajó, comí caracoles vivos en México que me vendieron; me metí la mejor cocaína en Ecuador, dejé la peor cocaína en Buenos Aires; tirité y levité con Pizarnik y con Girondo, supe entonces que yo no era poeta; traté de aprender guitarra, fracasar me acercó a escribir (¡por suerte!); fracasé tantas veces que ya no le temo al fracaso, ¡mentira!, ¡mentira!, ¡mentira!; me criaron para ser el número uno, y sólo llegué, mis disculpas, a ser el número dos; en mi barrio se jugaba sólo a la pelota, a mí me tiró más el básquet; empecé a escribir cuando me di cuenta de que mi viejo y mi vieja no entendían nada de escritura, allí encontré un campo florido donde correr y arrastrarme a mi antojo sin supervisión; todavía escribo, aún nado entre flores a mi antojo.
No había errado en el pronóstico: debieron pasar dos años de luchas, juzgados, jueces y abogados. Me separé de la niñera de mi hijo cuando proscribió el caso, cuando sentí piel adentro que yo no era plausible ya de causas ni enjuiciamientos.